Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

Otro refrán canario

Lata de gofio. Fotografía tomada de www.fedac.org (1)

Lo oí estos días en el Hospital Insular, departamento de consultas externas, de labios de una enfermera.

Nos situamos para presenciar la escena:

No menos de treinta personas esperando para entrar a la consulta del médico. La enfermera va llamando uno a uno, a través de un altavoz. Acompaña al enfermo hasta el despacho del doctor, con la historia clínica en la mano. Vuelve a la ventanilla, recogiendo papeletas, historias y atendiendo al público con simpatía y diligencia.

Con todo este trajín, un señor mayor –un enterao, le decimos aquí- se le dirigió, tres veces seguidas, para hacerle reclamaciones.

Primero, que si iba a tardar mucho el médico en atenderle, pues tenía que ir a otra consulta a la planta baja.

Al ratito, se levanta otra vez y se acerca a la ventanilla.

-¿Señorita, Vd. me llamó?

-¡No, caballero, pero le llamamos enseguidita, no se ponga nervioso!

Contestó la enfermera, arrastrando las palabras y dejándose dir pál pie.

-¡Es que como fui al baño, a lo mejor me había llamado y yo no la sentí!

-¡Pues no, señor! ¡Pero, tranquilo que ya no tarda mucho!

Pasa un par de minutos y otra vez el hombre en la ventanilla

-¡Mire a ver, mujer que se va a ir la hora de pasarme por la pantalla!

-¿La pantaáalla? ¿No me dijo Vd. que tenía otra consulta en la planta baja?

-¡Mire, señorita, yo tengo de todo!¡Ya usted sabe que cuando uno llega a viejo!

La respuesta me hizo mucha gracia.

-Si, ya he oído decir que: ¡Cacharro viejo, desparramadero de gofio!

¿Descriptiva, verdad? No necesita ninguna aclaración.

Eso si. La palabra que usó (en versión original) fue: esparramaero

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(1) Fundación para la Etnografía y el Desarrollo de la Artesanía Canaria (FEDAC)

Inmigrantes y emigrantes


Cayuco llegado a la isla de La Gomera


Alejándome del objeto del blog, voy a adentrarme en un tema social que creo debo abordar.

La emigración aparece continuamente en los medios de comunicación. Y la calle se hace eco, olvidando como vivimos en Canarias en tiempos no tan lejanos. Pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla. Un emigrante -o inmigrante- es una persona, que siente, padece, tiene padres, hermanos, miedos, deseos... Exactamente igual que nosotros.
Me apena cuando este asunto, es tratado en los ambientes populares por individuos con poca formación. Esos voceros a las que normalmente no hacemos caso, dado que no sirven de ejemplo de nada.

Utilizando frases como:
Nos están quitando la comida. Son la causa de la inseguridad ciudadana, etc. Estos individuos suelen hablar muy alto, porque así creen tener más razón y les ves pontificar en cualquier sitio, muchas veces con el asentimiento cómplice de nuestros paisanos. La última vez que oí a uno de estos “iluminados” fue en el centro de salud. Me costó explicar mi punto de vista y noté poco entusiasmo entre los asistentes por los argumentos que ofrecí.
El canario, por su natural sosiego, aplatanamiento y algunas veces por cobardía, calla cuando oye tales comentarios, olvidando que también fuimos emigrantes.
Es claro que en Canarias no caben todas las personas que huyen del hambre y la miseria, intentando tener un futuro mejor para ellos y sus familias. También que debemos intentar fijar a las personas a su territorio. Pero, para ello, es necesario desarrollar económicamente sus países para que no tengan que emigrar por necesidad. El origen de su pobreza está en los países ricos del primer mundo que les han empobrecido, utilizando métodos de todo tipo: corrompiendo a los dirigentes, cambiando materias primas por armas, controlando los mercados.
Nuestras multinacionales son propietarias de la riqueza de esos países y les controlan desde los grandes centros económicos situados fuera de sus fronteras. No somos capaces de invertir allí para evitar su emigración. Prefieren, por el contrario, pagar a otros países para que hagan de centinelas impidiéndoles acercarse a nuestras fronteras.

He leído últimamente un libro de José Naranjo, titulado Los Invisibles de Kolda, en el que se describen los efectos causados a las familias por la muerte en el mar de más de 160 jóvenes, la mayoría senegaleses, pasajeros de un cayuco que zozobró en la costa africana cuando venían con destino a Canarias.
Conocí que los familiares de cada uno de ellos, habían vendido hasta cinco vacas o pedido dinero prestado; o ambas cosas a la vez, para pagar su plaza en el cayuco. Ya lo devolverían cuando su hijo llegara a Europa y empezara a enviar dinero. Entonces tendrían casa en condiciones, comerían todos los días e incluso les llegaría para algún signo externo de riqueza, como un televisor o una bicicleta.
Me entristecí con el caso de un inmigrante que llegado a Europa fue detenido y después de seis meses en la cárcel, deportado a su país. No pudo trabajar y por tanto enviar dinero a su familia. La presión social sobre él, a la vuelta al pueblo con comentarios como:
Por tu culpa, no tenemos animales, debemos dinero, etc…, mientras que fulanito mira como viven sus padres, terminaron abocándole al suicidio.

Ahora sigue la segunda parte de una misma historia. El suceso fue publicado en la primera página del diario Agencia Comercial, dice así:

Un velero destartalado ha llegado a la costa con 106 inmigrantes irregulares a bordo. Los sin papeles detenidos, entre los que había diez mujeres y una niña de cuatro años, se hallaban en condiciones lamentables: famélicos, sucios y con las ropas hechas jirones. La bodega del barco, que sólo mide 19 metros de eslora, parecía un vomitorio y despedía un hedor insoportable.

Ésta podría ser una historia de hoy. Pero la noticia se produjo el 25 de mayo de 1949, los emigrantes eran canarios y el puerto al que habían arribado, venezolano. Espero que sirva para ayudar a comprender el fenómeno de la inmigración irregular que ahora llega a nuestras playas.
La salida

Cuando aquellas 106 personas desembarcaron en Latinoamérica, España estaba hundida en la miseria, mientras que Venezuela era una nación emergente. Aunque la diferencia entre ambos estados era menor de la que hoy existe, por ejemplo, entre Nigeria y nuestro país, los españoles experimentaban el mismo efecto salida que empuja a los inmigrantes subsaharianos que llegan a las islas.

La historia comenzó el Sábado de Gloria de 1949. Un centenar de personas se deslizaron por el muelle de Las Palmas y embarcaron en varias falúas. La mayoría eran campesinos de Gran Canaria que ganaban 20 pesetas por trabajar de sol a sol y que habían tenido que vender sus cabras para pagar las 4.000 pesetas del billete, una pequeña fortuna para la época. Durante varios días habían permanecido ocultos en casas particulares. Uno de los organizadores del viaje, ha declarado que alojó en su vivienda a más de 20. Si le hubieran aplicado la actual Ley de Extranjería habría pasado una buena temporada a la sombra por tráfico de personas. De ese mismo delito habría podido ser acusado el propietario del barco, que un mes antes había pagado 250.000 pesetas por una goleta llamada La Elvira, que durante 96 años había sido dedicada a la pesca en las costas de África. Pensaba amortizar la compra con el precio de los pasajes y con la venta del lastre de sal que llevaba el barco.
Las falúas pusieron proa hacia la península de Jandía, al sur de Fuerteventura, donde les esperaba La Elvira. Los pasajeros acababan de abordarla cuando oyeron dos tiros y vieron acercarse vertiginosamente la lucecita verde de una patrullera. Huían con todas las velas desplegadas, pero la lancha ganaba terreno.
‘¡Deténganse en nombre de España!’, ordenó la Guardia Civil por el altavoz. Los agentes se colocaron en paralelo a la goleta: ‘¡Entréguense!’, volvieron a ordenar. ‘¡Que se entregue tu madre!’, les respondió una voz en la oscuridad. Un golpe de viento feliz lanzó al velero hasta aguas internacionales. La Elvira tardó 36 días en cruzar el Atlántico, empujada por los alisios. Durante ese tiempo sus pasajeros se alimentaron de papas podridas, garbanzos con gorgojos y gofio picado. El agua estaba racionada. Pasaban casi todo el día en la bodega, donde sólo cabían tumbados y apretados como sardinas en lata. ‘No podíamos ni darnos la vuelta’. Hacían sus necesidades tras unos tablones. Vomitaban unos sobre otros y pronto se llenaron de piojos. El ácido de los vómitos y el salitre del mar desgastaron sus ropas, que se convirtieron en harapos. Con aquellos jirones, las mujeres hicieron compresas cuando se les presentó la regla. La Elvira hedía como una cloaca. Antonio Domínguez, apodado El Puro por su afición al tabaco, era el capitán costero encargado de sacar el barco de las islas. Luego debía pasarle el mando a Antonio Cruz Elórtegui, capitán de altura. Pero Elórtegui había mentido: ‘Soy un perseguido político vasco. No tengo dinero y presentarme como capitán era la única forma de embarcar’, confesó. Intentaron lincharlo, pero el armador, el costero y los cinco marineros lo evitaron. ‘Tenemos que volver a Canarias’, anunció El Puro al ver que carecían de capitán. Pero un pasajero, que antes de la guerra civil había sido acusado de asesinato, armó un motín y, pistola en mano, le persuadió de que se hiciera cargo de la nave. No era el único homicida que viajaba en el barco, ni el suyo el único revólver a bordo. Al final de la travesía las autoridades venezolanas intervinieron tres armas de fuego en el barco.
La Elvira navegó contra la salida del sol. Sólo se auxiliaba con el cronómetro del armador, que le permitía calcular cómo se reducía la diferencia horaria entre Canarias y Venezuela. En el medio del Atlántico un huracán rompió el timón y estuvo a punto de enviarlos a pique.

Al amanecer del 22 de mayo, tras 36 días de viaje, alcanzaron el puerto de Carúpano, en Venezuela.
La llegada a Venezuela

Fueron remolcados hasta La Guaira por una lancha de la Guardia Nacional. Las autoridades les reseñaron como inmigrantes voluntarios. Luego les trasladaron hasta un centro de inmigración de Caracas. De ahí les llevaron al estado de Yaracuy, a una central azucarera llamada Matilde, donde estuvieron limpiando surcos y abonando los cañaverales.
Extracto tomado de TOMÁS BÁRBULO –EL PAÍS – España – 16-07-2001.

No fue La Elvira el único barco que salió de Canarias. Les doy otros nombres y número de personas que iban a bordo.

La expedición del velero «Nuevo Teide" con 285 inmigrantes a bordo, salió de la costa de Fuencaliente (La Palma) el 7 de abril de 1950, llegaron a La Guaira el 6 de mayo, después de 29 días de viaje, las autoridades venezolanas han retenido a los inmigrantes ilegales canarios durante doce días, posteriormente han sido puestos en libertad; el patrón y la tripulación han sido repatriados.
El 8 de agosto de 1946 salió el velero Emilio comprado en Santa Cruz de La Palma por un grupo de republicanos, llevando a catorce inmigrantes a bordo.

El velero «Delfina Nova» también conocido como «el barco de Serrano» zarpó de La Gaiga, en Puntallana el 20 de mayo de 1950, llevó a 228 hombres a bordo, destino: Venezuela.
El viaje más corto de un barco fantasma, la goleta «Benhovare» que cruzó el océano Atlántico en solo 21 días, al mando del patrón Esteban Medina Jiménez. Más de doce expediciones clandestinas salieron de La Palma, entre los años 1946 y 1950.
Y muchas, muchas embarcaciones más.


Aquí termina este relato. Espero que hayan tenido la paciencia de llegar al final.

¿Podemos obligar a una persona a pasar hambre y miseria, sin intentar mejorar su situación para comer todos los días? Máxime cuando a través de la televisión ve como vivimos en este primer mundo. Somos capaces de destinar medios –bomberos incluidos- para salvar un gatito y nos parece mal que dediquemos ayudas estatales al desarrollo de esos países.

¡Para pensar! ¿ verdad?

Personajes. Maestro Manuel Robencino y Pepe El Negro.



A Pancho le gusta que le corten el pelo en la barbería de Tunte. Aprovecha esos momentos para hablar de otros tiempos con los dos hermanos barberos, Francisquito y Manolito, buenos conversadores ambos.
En la última charla que sostuvo se nombraron personajes, desaparecidos hace muchos, muuuchos años, cuya historia quiero contarles.

El primero, llamado Maestro Manuel Robencino, de profesión herrero, aunque también ejercía de estelero (1). Son esa gente que trata el pomo, los esguinces, que te manipula los huesos y que saben hasta de la ciática y la lumbalgia.
Su fama le llegó por esta última tarea. Al parecer, cuando alguien se acercaba a la herrería para que le colocara algún hueso, le rezara para un dolor, etc. etc. Su respuesta era una miradita arriba y abajo, haciéndose el doctor, y sobre la marcha, un encargo:
-¡Vaya y traiga una cuarta de ron! ¡Esto va con ron “bajiao”! (2)
Bajiar consistía en meterse un buen buche de ron en la boca, darle unas vueltitas dentro de la misma. Un mucho escapaba “pá bajo” y un poquito era lanzado en forma de nube sobre la zona afectada, restregando, mientras decía un rezado contra la enfermedad o el dolor. El tratamiento se acababa con el ron de la botella.
¡Como ven, mi hombre tenía un buen truco para echar copas gratis!
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El otro personaje, no menos interesante, es Pepe, el Negro. Su mujer se dedicaba a echar las cartas. ¡Vamos, Una adivina que echaba sus rezados! Eran tiempos en que no había llegado aún la luz eléctrica y los campos estaban llenos de brujas.
Pepe se inventó –no sé si la patentó- una forma de ganarse el pan, un tanto peculiar. Vean si no este caso que ahora describo.
Un día, iba por un camino alejado cuando se dió de bruces con una mula suelta con su albarda encima. Sin encomendarse a Dios ni al diablo, desamarró la albarda y con ella a cuestas, fue a esconderla en una cueva a unos cien metros del lugar.
Según llegó a la casa se lo contó a su mujer -ya se habrán dado cuenta que formaban buen tándem- con todo lujo de detalles.
Cuando el dueño de la mula, notó la falta de la albarda empezó a gritar buscándola por todas partes. Pasaron los días y al no encontrarla, creyeron –él y su mujer- que lo mejor sería ir a casa de la mujer de Pepe, porque tenía poderes. ¡Era sajorina!
Cuando llegaron, la mujer -de nombre Ludivina- les hizo pasar y
-¡Cuéntenme! ¿Qué les pasa?
-¡Ay, mire, Ludivinita, que el miércoles estaba cogiendo higos con mi mula y cuando fui a cargarla, resulta que no estaba la albarda! ¡Me volví loco buscándola y ..... seguro que algún demonio estaba suelto, porque no apareció! ¡Venía a ver si usted me puede dar alguna noticia de ella!
La adivina les pidió que si habían traído alguna cosa de la mula para rezarle
-¡Sí! ¡Aquí le traje una herradura vieja, a ver si le vale!
La bruja empezó a cuchichear en voz baja, tocando las caras y manos al matrimonio y de repente empezó a decir
-¡Veo una cueva en un sito alto! ¿Por donde usted estaba hay alguna cueva?
-¡Arriba en el solapón hay una!
-¿Hay dos pinos cerca de la puerta?
-¡Claro que hay pinos!
-¡Pues allí está. La veo clarita, clarita!
-¡ Pues iré a ver si está! ¿Se le debe algo, Ludivinita?
-¡A mi no se me debe nada! ¡Pero si está donde le digo, la próxima vez que me vea, me trae una cesta de higos y una botellita de ron para mi marido! ¡En caso de que no esté donde les digo, vengan de vuelta por aquí y vemos donde está esa cueva de los demonios!

¡Lo que está claro es que la albarda apareció! ¿Como no? ¡Para eso era adivina!
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(1) Estelero.- Según la Academia Canaria de la Lengua.
m. GC. Curandero que se dedica a arreglar dislocamientos de huesos y articulaciones.
(2) Bajiao. (De bajear .República Dominicana: echar el aliento)
Bajiao.-Que le echaron el aliento encima. Que lo embrujaron. Que le dieron bola negra. Que lo rechazaron.
(2.1.) En español, lo más parecido
vaharada f. Exhalación de vaho o respiración: las vaharadas de la mula le calentaron.
Golpe de vaho, olor o calor: nos llegó una vaharada a fritanga.
Sinónimos: aliento, hálito, soplo, bocanada

A perro macho, gofio en polvo

Con el afán de rescatar decires antiguos, les ofrezco hoy éste referido a la cacería. Entiendo que significa: ¡A cada persona, el trato que merece!

La gente de nuestra isla ha sido siempre muy aficionada a tener sus perritos, hurones, la escopeta, pasar la revista ante la Guardia Civil, el permiso, el seguro, etc. etc.

Las molestias de los perros, ladrando fijo, especialmente por las noches y las enemistades que se producen en la vecindad, no han logrado hacer desaparecer este deporte. Es conocido que esta afición se transmite especialmente de padres a hijos. De padre cazador, hijos cazadores.

Vamos ahora con la historia


Hace muchos años llegó un peninsular a la zona de San Mateo y al ver la afición que allí existe, el hombre se la quiso echar de gran cazador. Era marido de doña Constanza, la maestra de escuela. Su nombre Carlos, pero le gustaba que le dijeran don Carlos. Cuando lo oyó, Zacarías dijo para sus adentros

-¡Don Carlos, nóoo! ¡Don leches!

El marido de la maestra mandó a traer un perro cazador de su tierra. ¡Sus perritas, le costaría! Y un día apareció por el pueblo con un ejemplar precioso de cacería, brillando (cuando nuestra costumbre es dejarlos con poca comida para que cazaran)

Zacarías, cuando lo vió suzurronaba (susurraba) en voz baja con el personal

-¡Ese perro no caza náa, igual me equivoco, pero no lo creo!

Carlos volvió loco a todo el mundo con su perro, no tenía otro tema de conversación. Siempre que había gente en la plaza, lo sacaba a pasear. Yo creo que era para presumir.

Una noche en el bar y en medio de una partida a las cartas, tanta lata dió a todos con su perrito que al final se preparó una salida a cazar.

Llegado el domingo, estaban todos a primera hora en el punto convenido. Cuando llegó Carlos (don Carlos, don leches, el peninsular) empezó la fiesta. Sepan que el canario es muy burletero con los fachentos (presuntuosos, presumidos) y siempre están intentando cogerles la vuelta.

Empezaron a dividirse en el campo y a Zacarías ¡qué suerte! le tocó de compañero a don Carlos. ¡Oiga, vaya guineo que tenía el pinsular con su perro! Para no cansarles y así lograr que lleguen ustedes a conocer el final de la historia, les diré que a la vuelta todos regresaron con algo (conejo, paloma, perdiz) y el peninsular, sin.

Zacarías comentó en voz alta

-¡Yo se los (sic) había dicho, ese perro ve a los conejos y todo lo que hace es saludarlos y darles los buenos días!

El hombre mosqueado contestó

-¡Es que mi perrito no está acondicionado a la zona, porque le traje de la península!

- Caballero ¿Que le echa Vd. de comer al perro?

-¡Hombre, mi perro come muy bien, lo mejor que se pueda atender.

Zacarías remató de esta manera

-¡Ya sé porque no caza el perro! ¡Al perrito ahora, no hay que echarle de comer! Usted no ha oído decir aquello de A perro macho, gofio en polvo. ¡Pues eso, cristiano! La próxima vez que salgamos a cazar, yo le dejo un par de perros de los míos. Y este se lo deja a la señora como compañía. ¡Un perro tan bonito, no está para estropearse en el campo. ¡Y menos aún, si es vegetariano!

Vendedor en bicicleta


Vamos a recrear hoy una estampa rural de mediados del siglo XX en el que aparece un oficio -vendedor ambulante en bicicleta- . Se completa con una anécdota relacionada con el mismo.
El oficio es revendedor. El personaje se llama Laureano. Compra la mercancía en casa de su tío, la pone bien colocadita en su cereta (1) de caña. Sube la cereta a la bicicleta, la ata bien y.... ¡a vender!
¿Qué mercancía lleva en la cereta?

Toda la que cree poder vender. Llevaba: Jabón en barras, de las marcas Lagarto y La Jirafa(2), agujas, alfileres,carretillas y madejas de hilo (marca la Cadena), café, cebada en paquetes, azúcar, cigarros, picadura, etc... También dos artículos ya en desuso, destupidores para cocinillas de petróleo y mechas de quinqué.

Subido en su bicicleta va recorriendo en los barrios: casas, fincas, cuarterías, etc.. Sitios alejados del pueblo y de las tiendas. Llegado al lugar, aparca su bicicleta, carga sobre sus hombros o al brazo la cereta y se llega hasta el posible cliente. A la vuelta viene cargado con la cereta y además lleva una caña donde van los cueros de baifo colgados.
Un artesano del Ingenio de Santa Lucía, llamado Juan Ramos, hacía las ceretas a la medida. Rectangulares, con un asa central, de unas dimensiones aproximadas de 80 x 50 centímetros. Similares a la de la foto. Claro que no tan nueva y además de caña, no de mimbre.
¿Cual era la forma de pago?
Al haber muy poco dinero en esta época, la forma mayoritaria es el trueque, en el campo aún se dice: “turre pacá, turre pallá”. Toma y dame. Do ut des, que diría el fino. Se cambiaba mercancía, preferentemente, por huevos y cueros de baifo, también fruta si se terciaba.
Algunas fortunas de hoy se iniciaron comerciando de esta forma.
Y ahora, la anécdota en la que se cita al comerciante y su bicicleta
Se la traslado como siempre sin añadidos, y tal como me la contaron:
Mi padre, mi hermano y yo trabajábamos en la Era del Cardón, despedregando, armando tierra, desturronando (3)….
Donde está hoy el cementerio de Sardina, en el municipio de Santa Lucía de Tirajana se plantaban tomateros. Nosotros plantábamos todos los años allí.
El día de la historia, Laureano venía con una cereta encima de la bicicleta, vendía tabaco de picadura, cigarros, huevos y cositas pequeñas,
Mi padre tenía una relojera de cuero –se abría y se miraba la hora- parecida a esas que lleva hoy al cinto la gente para llevar el móvil. Y dentro tenía algún dinero escondido, veinte duros, quince duros….- apretuñados (4), todos llenos de azufre, porque ese día estábamos azufrando los tomateros.
- ¡Bartolito, no me compra tabaco hoy! ¡Cómpreme algo hombre, que no he vendido nada! ¡Cómpreme aunque sea un paquete de cigarros!
-¡Bastante ganas que tengo de fumar, pero no tengo un duro!
-¡Mire, si quiere le vendo la bicicleta con cereta y todo, en 20 duros!
Y mi padre, acercándose pa fuera, pa(ra) donde estaba él.
-¡Venga, hombre, si tiene 20 duros ahí le vendo la cereta y la bicicleta!.
Mi padre tenía un fecho que dá miedo. Trancó la bicicleta. Sacó la relojera, toda llena de azufre, abre la relojera y le pone los 20 duros llenos de azufre en la mano.
Laureano se queda mirando pá(ra) mi padre
-¡ Oiga, es una broma!
-¿Una broooma? ¡Usted me ha vendido y yo le he comprado!
Y mi padre no se bajaba de la burra
-¡Era una broma! decía Laureano
Mi padre cogió la bicicleta la echó pá(ra) la parte de allá.
Allí se quedó Laureano repitiendo su cantar. ¡Era una broma, hombre! Y mi padre en su trabajo. Al rato, le dice
-¿A usted le interesa la bicicleta?
-¡Claro, hombre déjemela ya y tenga sus cien pesetas!
-¡Si tanto le interesa, se la vendo! ¡Doscientas pesetas vale la bicicleta!
-¿Y me va a cobrar cien pesetas más?
-¡Si a usted le interesa déme 200 pesetas y si no la deja ahí quieta!
Después mucho ruego, Laureano sacó las 200 pesetas, se las entregó a mi padre, cogió la bicicleta con la cereta llena y se fue con las orejas coloradas.
Y terminó así de contarme la historia
¡Hace poco tiempo estaba por la costa y pasó Laureano por delante!. Se paró y dijo sonriendo: ¡Qué bien me la pegó tu padre con la bicicleta!
Pancho preguntó:
-¿Y su padre se quedó al final con las doscientas pesetas?
-¡Sí señor, para que fuera aprendiendo! ¿Se iba a reir de mi padre?
Fin
Esta historia me produce dos sentimientos: el primero, parece un abuso del señor mayor hacia el joven. Vamos, que se aprovechó de la broma para quedarse con parte del fruto de su trabajo.
El segundo, parece que Laureano tenía fama de burletero (5) y siempre se estaba riendo de los demás, como se dice por aquí: “dando quintadas” (6) y en ese aspecto parece que estuvo bien como corrección.

Saludos y hasta la próxima
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(1) Cereta.- Cesta de caña. La de nuestra historia es similar a la de la foto, con una sola asa.
(2) Según Enrique, de Aldea Blanca: el jabón Jirafa era azul, y se hacía una parte con tomates tiernos (¿?) Curioso.
(3) Desturronar.-Romper las pelotas de barro seco, que levanta el arado, para convertirlas en tierra. Definición del autor.
(3.1) Ver página: http://teror.es/cronica4.php, dice:
12 peones van detrás de la yunta desturronando
Crónicas de Teror, por José Luis Yánez Rodríguez, Cronista Oficial de la Villa de Teror. Publicado en el Programa de la Fiesta del Agua 2007
(4) Apretuñado.- Arrugado hasta la exageración de tanto apretar
(5) Burletero.- Burlón.
(6) Quintada.- Bromas que se daban a los quintos (reclutas). Por extensión: bromista
Quinto m. Joven que ha sido sorteado pero todavía no se ha incorporado al servicio militar o lo ha hecho recientemente: los quintos del pueblo organizaron una fiesta.
Quinta.- Reemplazo anual de soldados: mi hermano es de la quinta del 78. Quiere decir que nació 21 años antes, en 1957.
Conjunto de personas que nacieron en el mismo año: ese señor es de la quinta de mi padre.
Dedico esta historia a Enrique, cama 1190, deseando su pronta recuperación. ¡Vaya semana dura, compadre!

Zapatos de domingo


Hace algún tiempo, concretamente el viernes 26 de septiembre de 2008, escribí una historia que se tituló: la máquina de "solfatar". El personaje central es mastro Juan, el zapatero, ya desaparecido en el Palmar de Teror. Me ha llegado una anécdota del mismo señor que espero les guste. Ahí va

En los tiempos de antes, era costumbre entre los habitantes de los barrios alejados del pueblo, -lejíos se denominan aún en lenguaje campesino- salir de las casas con las alpargatas puestas. Al llegar a los aledaños del pueblo se sentaban en alguna acera y se las cambiaban por los zapatos de domingo que llevaban bien guardados en su cartucho de papel. Piensen que no se habían inventado las bolsas de plástico y... ¡qué bien se vivía sin ellas!.

La visita al pueblo se dejaba para el domingo, así se gozaba la misa y de paso aprovechar para comprar algo en las tiendas de aceite y vinagre de entonces.

La señora de mi historia, tuvo la mala suerte de que el dichoso zapato eligió para su defunción ese día, después de salir de la iglesia. Se partió por la mitad sin llegar a desprenderse las dos partes. A trancas y barrancas, disimulando, aguantó con ellos puestos. Al llegar a un lugar fuera de la vista de los vecinos, se cambió otra vez a las alpargatas y se marchó para su casa por que no estaba presentable.

El día siguiente, lunes. Recuerden que se dice: lunes zapatero, pues los lunes no abrían zapateros ni barberos, éstos últimos porque trabajaban los domingos, día que aprovechaban los vecinos de los pagos lejanos para arreglarse (pelarse y afeitarse).

Continúo….

Les decía que el lunes no pudo llevar a arreglar los zapatos por el motivo expuesto -cierre patronal-. El martes a primera hora, llegó mi vecina al zapatero y enseñándole los zapatos, suplicó que hiciera lo que pudiera para arreglarlos, pues no tenía otros y lo caro que costaban unos nuevos.

El zapatero cogiendo el zapato roto por el tacón –tal y como se ve en la figura- pregunta a la señora:

-¿Y cuando dice usted que le pasó esto?

-¡El domingo por la mañana, Juanito!

El zapatero, poniendo cara de pena y moviendo la cabeza de un lado a otro, soltó esta prenda para la historia

-¡Si me lo hubiera traído en sangre caliente, a lo mejor hubiera escapado, pero dos días después ya no hay nada que hacer! ¡Descansen en paz!. Y los botó pallá.

Aminatu

Entre los meses de Noviembre y Diciembre pasados fué noticia de alcance mundial la huelga de hambre protagonizada por la activista Aminatu Haidar, conocida como la 'Gandhi saharaui'. En los primeros momentos y saliéndome del objeto de este blog quise hacer una aportación al conocimiento de Aminatu y de la justa causa del pueblo saharaui. Desistí, dado que en la fotografía Pancho hace la señal de victoria y podía inducir al error haciendo creer erroneamente que había terminado su lucha en Lanzarote.
Hoy, una vez terminados felizmente los hechos, con la publicidad que aportó al conocimiento mundial de la causa saharaui, resulta innecesario hablar de ello.
No obstante, quiero dedicar esta fotografía a Ana María Rey - luchadora incansable por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres-, así como a su esposo Fernando, residentes en Guadix (Granada) que aportaron el 17 de diciembre información y apoyo a la causa saharaui, publicando varias fotografías. Sé que les alegrará saber que uno de sus amigos - el canario del campo- lleva muchos años militando en esa lucha, la de los derechos humanos, apoyando causas justas y la igualdad de todas las personas, intentando en la medida de sus fuerzas remover los obstáculos
a la libertad, especialmente de los más débiles.

La metamorfosis de Los Abeites



El último escrito que he subido al blog se titula: Los Abeites. Una vez terminado he tenido conocimiento de algunas cosas que quiero transmitirles.

Se trata del método que utilizamos para, sin darnos cuenta, ir transformando las palabras.

Para intentar descubrirlo, he estado por Ayacata, Tejeda, San Bartolomé de Tirajana y preguntando, preguntando, vean a la conclusión que he llegado.

Tengan en cuenta que no se trata, en absoluto, de hacer ningún trabajo académico de investigación, simplemente descubrir las cosas a través de la transmisión oral.

Empiezo aquí

Cuando Bartolito me contó la historia, noté que al decir Los Abeites, tuvo una pequeña duda. Por eso le pregunté de nuevo y, me pareció que había dicho fonéticamente: Lojabeites.

Alguien, en San Bartolomé, me dice que el nombre es Laja beitia porque había una laja (piedra) grande, otros me dieron como nombre correcto: Las Abeitia, Las Abeites, carretera de La Bestia, etc…

Al final, después de muchas preguntas y respuestas, estimo que la versión correcta me la proporcionó un vecino de Tejeda que trabajó en dicha carretera. Me dijo lo siguiente

-¡En aquellos tiempos había mucha falta de todo y necesitábamos un sueldo porque la tierra daba un puño de millo, la leche, las papas, alguna verdura, pero nada más. Teniendo un sueldo se podía comprar alguna ropa, un mueble…! ¡Todos trabajábamos en la agricultura pero cuando se fue a abrir la carretera a Mogán , fuimos a buscar trabajo!¡ En aquellos tiempos se decía: A ver si nos daban pega.! La empresa se llamaba Elejabeitia. Nos contó alguna cosa más, sobre la muerte en esa carretera del Ingeniero de Caminos que diseñó la Presa de Las Niñas, también la muerte de un “fueguista”, así le llamó a un experto que trabajaba con explosivos, etc..

Les muestro ya la conclusión: la empresa constructora se llamaba Pedro Elejabeitia “Contratas, S.A”. He visto en Internet y muchas carreteras de esa época le fueron adjudicadas a la misma. Les muestro foto de un BOE para su comprobación.

Al final, el pueblo la bautizó como de carretera de Elejabeitia por ser ese el nombre de la empresa constructora y en cuyo nombre se contrataba a los trabajadores.

¡Poco a poco, con el paso de los años y desapareciendo las personas que allí trabajaron, el nombre se fue “endulzando” hasta transformarse en Los Abeites!

Saludos.

Los Abeites


Esta semana estuve charlando con Bartolito Sánchez y su hermano Rosendo.

Me contaron una historia de cuando su padre trabajaba abriendo una carretera y las penas que pasó.. Aquí va, intentando no añadir nada ni corregir estilo.

Empieza la historia

-¡Mi padre trabajaba en la carretera de Los Abeites!

-¿Los Abeites? ¿Y eso donde está?

-¡Los Abeites es la carretera que baja desde Ayacata a Mogán , por la presa de Las Niñas!.

Y siguió

-Mire, yo cada vez que cuento esto, se me pega una cosa aquí (señalando al pecho)… Mi padre estaba trabajando con mi tío Eulogio. Y el viernes, se le acabó la comida, pero… ¡total. Con un potajito cenaron aquella noche. Se acabó totalmente la comida aquella noche. ¡El morral vacío!. Pegan a trabajar, a trabajar por la mañana. A las doce, a comer. Una hora.

Y mi padre y mi tío Eulogio como no tenían nada que echarse a la boca, se sentaron encima de una piedra a echarse un cachimbazo. ¡Una cachimba!

El encargado que los vió, se les acercó y dijo

-¿Que pasa? ¿ustedes no comen que vamos a trabajar ya?.

-¡No, no, es que se nos acabó la comida anoche!

Rosendo aclaró:

Tenían que trabajar una quincena completa por un subsidio, los puntos o algo. Tenían que trabajar los quince días completos. Se trabajaban los sábados y no podían faltar un día porque perdían el subsidio.

Siguió Bartolito:

-Y dice el capataz. Y eso que era malo como una cangrena (gangrena). ¡Pero aquel día se portó bien!

-¡Se marchan caminando y esperan en San Bartolomé para cobrar en casa de doña María Claret!

De nuevo, aclaró el hermano:

-Se llamaba doña Concha, pero le decían María Claret porque en el sitio donde tenía la tienda - hoy hay un garage- durmió el santo cuando pasó por Tunte.

Prosiguió Bartolito

-¿Y que pasa? Tira pá(ra) bajo mi padre viendo a ver donde había un almendrero, pá(ra) ver si conseguía un almendra pá(ra) comersela y seguir para el pueblo. Y no vieron una. Llegando al puente de la Barca, les alcanzó el camión con los trabajadores. Se subieron y llegaron a San Bartolomé.

Añadió: Esto que le voy a decir es verdad. En el fondo, estaba diciendo, esto es lo que quería contarle (lo principal).

Cobraron sus perritas. Doña Concha intentaba que le compraran algo porque sabía que tenían dinero. Y mi padre y mi tío compraron cada uno un paquete de galletas, de esas que llamaban queque. Son los galletones Tamarán. Recordarán que echabas uno al café con leche y desaparecía todo el líquido.

Tira mi padre pá(ra) bajo, por el Calvario abajo, abre el paquete de galletas, coge una, se la echa a la boca y no le bajaba pá(ra) bajo. ¡Es porque se acordaba de los hijos que también estaban muertos de hambre en la casa!

Bajó la Hoya y llegó a mi casa en la Montaña, le dio una galleta a mi madre, a cada uno de mis hermanos y a mí. ¡Y ahora sí que le bajó la galleta!

Fin.

Recuerdo que siendo niño si encontramos un trozo de pan en el suelo,la costumbre era recogerlo, darle un beso y ponerlo en un lugar alto, por ejemplo en una ventana. Era por si pasaba un mendigo o persona necesitada lo cogiera y dejárselo a los animales.

A nuestros hijos hay que contarles, de vez en cuando, historias verdaderas como ésta, para que sepan que también aquí en este primer mundo de la abundancia, hemos padecido tiempos peores que esperemos no vuelvan. Con las sobras que tiramos en esta isla a la basura, podría subsistir en el tercer mundo una población igual a la que vive aquí, en Gran Canaria.

¡Dicen que el que no conoce su historia, está condenado a repetirla!

Saludos.