Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.
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¡Ay, que ascua!



Nos ponemos en situación, Pancho paseando por Las Palmas. Al lado, van caminando dos mujeres, una mayor, pongamos 65 años, con su pañuelo negro a la cabeza. La otra debe ser su hija, de alrededor de cuarenta. En este momento la está corrigiendo
-¡Ascua,  no se dice madre, se dice:  asco!
-¡Pues a mí me suena más bonito, ascua!
-Pues dígalo como usted quiera madre,  pero no esté hablando tan alto. ¡Se tiene que enterar todo el mundo de lo que estamos hablando, cristiana!
-¡Yo le debo ná a nadie! Porqué tengo que esconderme. ¡Fuera del agua, que bien se ená (1)
Tanto se fue “cabriando” la hija que chascó un murmullo que se entendió clarito:
¡Enaquíqueteamaaarro!, que se traduce al castellano, por :  ¡Ven aquí que te amarro!
Solita la señora mayor, dio la vuelta y  se fue para el coche. La hija que marchaba detrás, lo abrió.
La madre  se sentó, le puso  el cinturón de seguridad, le dió su tapita de pan bizcochado y allí se quedó tranquilita, mirando el panorama;  mientras la hija se iba a comprar a la calle de Triana.
Si les ocurre se ponen hablar de violencia verbal y esas cosas. ¡Esténse, tranquilas!
Aunque ustedes crean que  no, añoro estas cosas. Una vida sin prisas, sin móviles que a la vez nos dejan sin comunicación. Sentarse a comer toda la familia junta, comentando las cosas que pasan, etc., etc.
 O cuando iba a mi pueblo a ver a los abuelos y al pasar por la calle, una señora que no conocía cruzaba y no se cortaba,  preguntando:
-¿Y de quien “sos(2)” tu?
Y yo que  contestaba sin problemas:
-¡De Mariquita, la de Antoñito Francisco, el de la Almatriche!
-¿Y tu padre, Miguelito, cómo está? ¿Siguen viviendo en Las Palmas, verdad?
¡Bien, gracias a Dios! ¡Sí, allí vivimos!
¡Pós(3), le das recuerdos a los dos, de parte mía!
-¡Y quién es usted?
-¡Lorencita, tú se lo dices que ella sabe quién soy!
-¡Pues, muchas gracias, señora!
Saludos.
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(1).-    Se nada (del verbo nadar)   
(2).-    Sos.- Eres    
(3) .-   Pues.

Un gato en Los Cuchillos

Panchito Calderín salió de madrugada para Arucas. Llevaba sobre la burra, la carga de cochinilla. Once kilos. También unos albaricoques para completar la carga. Un dineral porque la cochinilla se pagaba seca a precio de oro. Allí la cambiaría en el almacén de los Rosales, por mercancía variada y dinero. Arucas era en esa época –años 50- el lugar donde mejor la pagaban en toda la isla. Dicho y hecho, negoció a buen precio higos frescos, recién llegados de Moya y también doce kilos pasados, quiero decir higos pasados, que él sabía vendería sin dificultad pues tenía siempre compradores para cualquier tipo de mercancías. No les he dicho -tampoco había hecho falta- que Panchito, el arriero, tenía justa fama de hombre serio. No era corriente, pero a muy pocos como a él, se le dejaba llevar la mercancía tratada y ya la pagaría a la vuelta. Como les decía, desde Arucas cogió rumbo con la burra cargada para Las Palmas capital. A su paso por Tenoya se encontró con mi abuelo Antonio Francisco, al que también conocía por Panchito.
-¿Cómo andamos, tocayo?

-¡Bien, hombre! ¡Ganas tenía de verlo, a ver si hacíamos trato!
Paró y bebieron agüita fresca, primero él –de la talla de mi abuela- y después la bestia, en un balde de cinc al que mi abuelo Antonio añadió un poco de paja y rollón. Doy este detalle -innecesario para el desarrollo de mi historia- del orden a la hora de beber agua, al recordar la canción canaria que dice:
Despacito y con cuidado
Dijo el pastor en la fuente
Primero bebe el ganado
Y después bebe la gente.
Hablando, hablando y observando arriba y abajo una vaca de mi abuelo, terminaron tratándola en 100 duros. Se dieron la mano en señal de que se había cerrado el trato y Calderín le dijo que en una semana vendría para llevársela, que no le dejaba dinero porque no lo tenía. También dijo que ya la tenía vendida en El Toscón, bastante cerca de Tamaraceite y por tanto, sin alejarse mucho del rumbo que seguía. Mi abuelo se empeñó en que se la llevara y él, trancado en que no. Dejemos por un momento el rumbo de Calderín y detengámonos en el cierre final del trato de mi abuelo. ¡Oiga, esto me lo contó él y por tanto no admite ni dudas ni réplica!
Aquel día no se la llevó y, como si fuera una maldición al día siguiente pasó otro tratante. Se empeñó en la vaca de mi abuelo que contestaba
-¡La vaca está vendida!

-¡Oiga, le doy 140 duros por la vaca! ¡ Mire aquí el dinero!

Enseñándole los billetes repetía:

¡ Lo vé!¡ El dinero está oyendo la conversación!

Mi abuelo repetía

-¡La vaca está vendida! ¡ Qué clase de hombre se cree usted que soy yo, carajo! ¡La vaca ya no es mía!
El tratante se fue molesto.Cuando mi abuelo me lo contó, dijo riéndose de sí mismo
-¿Tu sabes Panchillo que estuve dos años pá cobrar la vaca?
-¿Y eso, abuelo?
-¡Pues mira, los asuntos se le dieron mal a Calderín y se enfermó, mandó un par de avisos pá que supiera lo que pasaba y que no podía pagarme!
-¡Un día, pasado dos años, llegó por aquí un sobrino de él y me trajo el dinero! ¡Y lo que no hice en dos años, lo hice a la semana! ¡Alquilé un coche y fui con tu abuela a Tirajana a visitarlo y le llevé su baifito y unas naranjas chinas de La Hoya! ¡Buen amigo Calderín y un señor toda la vida!
Y remachaba
¡Ya no hay gente de ésa. Aquello era pura tea, hoy lo que hay es pinsapo!
¡Lo que jodía un poco era que cuando pasaba por aquí el marchante de los 140 duros, me decía pa calentarme! ¡Como corren las malas noticias!
-¿Qué, Panchito ya cobró la vaca?
A lo que respondía mi abuelo

-¡A usted no se la hubiera vendido ni en mil duros. Así que métase en sus carzones, carajo!
Y terminamos ahora la historia del viaje comercial de Calderín y su burrita rumbo a Las Palmas. Allí vendió y cambió su mercancía en el Mercado de Vegueta y cargado de queso tiró para Tirajana. Lo que sigue ahora me lo contó su nieta Paquita Hernández esta mañana.
Cuando subía por Los Cuchillos y al llegar a terreno llano en Guriete, se subió un rato en la burra para descansar. ¡El, no la bestia!
Era sol puesto y de repente, en esa penumbra un gato que salta y se acurruca detrás de él, sobre el animal. Calderín se azoró y con los pelos de punta aguantó callado casi dos kilómetros. Al llegar a casa de Mariquita Antonia - única casa que aún queda en todo el camino de Los Cuchillos, llegando a Santa Lucía, hoy a punto de caer derribada por el paso de los años- el gato que salta al suelo y desapareció difuminándose en el aire a la vez que se reía a carcajadas con voz de mujer que parecía venir del fondo de los infiernos:
-¡Mentecato, llevo un gran rato montado en la burra y tu medio dormido sin enterarte, ji, ji,ji!
¿Sería una bruja?
Ustedes saben como yo que en aquel tiempo no había luz y también saben que las brujas se acabaron cuando llegó la luz eléctrica. ¿O no lo sabían?
Saludos.

Jambre o Gazuza



Fotografías tomadas de la red

Ahora que estamos en crisis, vamos a recordar otros tiempos en los que también el canario las pasó canutas. Fueron esos años después de la guerra civil, en los que no había nada que llevarse a la boca. La gente del campo tenía alguna ventaja pues los alimentos (pocos) los sacaban de la tierra. La labranza daba legumbres, verduras, el millo para el gofio y los animales: leche, queso y carne. Quien vivía en el campo y no tenía tierras, ese sí que lo pasó mal. Si cogía leña para hacer el fuego, lo denunciaban y menuda era la guardia civil de entonces. Alguno estuvo más de seis meses en la cárcel por robar una gallina para dar de comer a sus hijos.
De ese tiempo, dos décadas siguientes al fin de la guerra civil, les cuento dos historias de niños que me parecen tiernas y reveladoras.
La primera ocurrió cuando la abuela –una abuela cualquiera, que bien pudiera ser la mía- dijo a sus nietos que invitaran a merendar a los dos niños gemelos del vecino.
Llegada la hora de la comida, la abuelita puso bien ordenaditos sobre la mesa ocho vasos de leche, a uno por cabeza. Seis para los nietos, más dos para los gemelos. Al término, uno de los nietos se dirigió a la abuelita en estos términos:
-¡Abuela! ¿Y mi vaso de leche?
-¿No te lo bebiste?
-¡No hay!
Uno de los gemelos, contestó con la mayor naturalidad:
-¡Pós, yo me comí dos!
Fíjense bien que no dijo, me bebí, sino me comí. Mi abuela, con una sonrisa en su cara al ver la naturalidad del niño, se dirigió a la cocina y trajo un vaso de leche más para mi hermano.

La siguiente, es una estampa que tengo en la memoria.

Cuando mis padres nos dejaban en casa de los abuelos, todas las tardes nos reuníamos en la puerta de la cueva, a la sombrita. Entonces salía mi abuela a contarnos cuentos.
Nos sentábamos a su alrededor y ella, metiendo la mano en el bolsillo derecho del delantal, iba sacando un trozo de pan bizcochado para cada uno. Cuando terminaba con el último de mis hermanos, empezaba con el bolsillo izquierdo y de él, iba sacando un higo pasado, para cada niño. Al día siguiente, cambiaba y repartía el bizcocho y del otro bolsillo, un tuno pasado, o unas almendras. Un día hubo reparto extraordinario: una pastilla con forma de limón, además de la tapa de bizcocho.
¡Por si no lo sabían, un tuno o un higo pasado, eran golosinas! ¡No les digo nada de la pastilla de limón! ¡Exquisiteces!
Saludos
...o0O0o...
Gazuza: Hambre
Sinónimos: hambre, apetito, apetencia, carpanta, gana, gusa

Los eucaliptos caminaban por Navidad



Ahora que han pasado las fiestas de Reyes Magos, quiero narrarles una vivencia relacionada con esta fiesta de los más pequeños, con el fin de que ustedes vean hasta donde llega la inocencia, en este caso la de aquel niño que yo fui.
Como les he dicho alguna vez nací en Tenoya, ese pueblo del norte de la Isla de Gran Canaria que se distingue de los demás lugares, entre otras cosas, por tener un túnel. A escasos 200 metros del mismo, tenía Pancho su domicilio a la orilla de la carretera general.
En lo alto de dicho túnel, mirando desde Tenoya hacia Las Palmas, existían y aún existen en lo alto de la montaña unos hermosos eucaliptos, árboles de enorme porte. De pequeño, siempre ví que había tres, aunque estos días he ido a hacerles una foto y son más. Se ve que mi ilusión trastornaba también mis sentidos, en este caso el de la vista. Como es lógico los árboles no se mueven, pero no así en mi historia. Cuando llegaban las Navidades y en mi casa se hacía el belén los eucaliptos ¡se transformaban en Reyes Magos! .
El día 13 de diciembre, Santa Lucía, se plantaba el alpiste en cajitas de madera ( el envase de la conserva de membrillo). Se ponía un papel dentro , se cubría con tierra, se sembraba la semilla y se regaba. En once días estaba nacido y teníamos las finquitas de los labradores o la hierba verde del pasto de los animales.
Vamos a recordar como se hacía el belén. Se ponía una mesa, cubierta con papel de envolver. Se cubría el fondo con corcho- eran las montañas-, piedras pequeñas, tierra, musgo, etc. Entonces, mi madre ponía las figuritas: ovejitas, patos, pastores, la mujer con la talla en la cabeza y lo principal: el niño Jesús, María y José, la mula y el buey. ¡Se me olvidaba, el ángel y la estrella! Eran figuras de las más baratas, de barro basto y mala calidad. La pintura era más bien, deficiente. ¡La economía mandaba, como hoy!
En la hierba del alpiste, poníamos al pastor con sus ovejas. Un espejo de mano hacía de fondo de lago, bien disimulados sus bordes con arena fina. Allí nadaban dos o tres patitos blancos, que se reflejaban en el espejo. El río, era de platina –hoy le llamaríamos papel de aluminio- y lo cruzaba un puente pequeño de corcho.
El encargado de la instalación eléctrica era mi padre. Ponía estratégicamente las luces: en el portal, dentro de alguna casa, en el molino, etc… Recuerdo el susto que le dí un día cuando al probar la instalación y en el momento de enchufar a la corriente, Pancho ese niño que soy y fui, le hizo un ruido como de cortocircuito. Asustado, levantó las manos como si se hubiera quemado. Casi le da un soponcio. Se reía de mi gracia, pero el corazón le latió a doscientos por hora.
En este nuestro Nacimiento, mi madre tenía por costumbre acercar -a partir del día de Navidad- un poco cada día los camellos con los Reyes, al niño Jesús. Y como reflejo, les juro que yo miraba a los eucaliptos del túnel y notaba en mi inocencia que cada día estaban más cerca de mi casa. En esos momentos, mi mente de niño o mi ilusión me hacía confundir los eucaliptos con los Reyes Magos de Oriente. El día 5 de enero, ya estaban encima mismo del túnel, y yo sabía que esa noche llegaban los Reyes con los regalos.
¿Los regalos de esa época? En la carta les pedía una bicicleta y lápices de colores -se ponía un plumier-. Yo no sabía lo que era ese artilugio de nombre raro, pero me lo hicieron poner en la carta.
Sus Majestades, en su deseo de traer lo más conveniente y mejor para mí me obsequiaban con: un trompo marino, un tambor y un saxofón, de cartón y con las teclas de lata. Las teclas se rompían enseguida. Se doblaban hacia atrás y dejaban pasar el aire. Al querer arreglarlas se partían y ¡adiós, saxofón!.
Alguna vez me trajeron una pistola de “mixtos” o un rifle de madera que disparaba tapones de corcho, amarrados convenientemente para que no se perdieran ni dañaran a nadie. Los “mixtos” de las pistolas “–también llamados “saltapericos”- venían en una tira enrollada que se vendía en la tienda y sonaban como disparos de repetición. Todavía no se había inventado el plástico.
Hoy, al llegar el día de Reyes veo la cantidad de juguetes que los Reyes traen a los niños. Debe ser que se portan todos muy bien. Pienso en los millones de niños a los que no les regalan nada y en lo mal repartido que está el mundo.
Y ese día, a Pancho se le nublan los ojos recordando con nostalgia la ilusión perdida.

El mentidero de las Cuatro Esquinas. De mentiras y paraguas.


 Hace al menos cincuenta años, todo pueblo agrícola que se preciara tenía su mentidero, allí se reunía la gente mayor para hablar de la vida diaria y contar historias reales o inventadas. Se trataba de pasar el rato y, claro, son los momentos en que aparece en plenitud la socarronería y el sentido del humor de nuestra gente. 
Hoy, Tenoya, mi pueblo de nacimiento, ha pasado de ser totalmente agrícola -aunque quedan algunas fincas de plataneras- a casi urbano. Y, con ese cambio Las Cuatro Esquinas, nombre del citado “mentidero”, en el Lomo de San Pedro, ha perdido parte de su encanto.
Entre los muchos participantes de esa tertulia estaba mi abuelo y el amigo Macías. Su nieto Manolo, al que conocí esta semana nos relató dos historias breves del repertorio del mentidero que tienen la gracia suficiente, o al menos así me lo parece, para contarlas.
Ahí va la primera:
Está nuestro cazador en el campo descansando a la sombra, tomándose su "roncito" con aceitunas. Medio “endormilado” por el calor, de repente, se le para justo enfrente un conejo. Mi hombre tira de su escopeta. Se da cuenta de que no le quedan cartuchos. Más rápido que un avión coge una aceituna y con ella carga el arma. Dispara, está seguro de haberle dado pero el conejo echa a correr y desaparece.
Año siguiente. El abuelo de Manolo está otra vez cazando en el mismo sitio. Delante de él, ve moverse las ramas de un olivo. Lo observa con la escopeta preparada esperando que salga un conejo y ¡oh, sorpresa! El olivo sale corriendo. Extrañado mira fijamente y entonces se da cuenta ¿saben de qué? ¡era el conejo del año pasado! ¡ La aceituna había germinado en la piel del animalito! ¡Y, cacho olivo, hermano! No le disparó y pensó, como el amigo José María, para sí, para sus adentros:
¡Si yo estaba seguro de haberle dado!
 
¿Se la creyeron? ¿Noooó? Pues ahí va la otra:
 
Está oscureciendo. El personaje de la historia va caminando hacia el pago de El Toscón. La vereda es intransitable. En un mal paso, resbala con una piedra suelta y tras varios trompicones, fue a dar al fondo de un hoyo profundo a la orilla del camino. Intenta subir por las paredes, no encuentra donde agarrarse con las manos. La tierra que desprende intentando subir va cayendo sobre el fondo. Los dedos los tiene en carne viva. Así sigue durante un buen rato hasta que llegó el oscuro. Cansado, se sienta en el suelo y va acurrucándose para pasar la noche lo mejor que pueda.

Al alba, aterido de frío por el sereno y el rocío, va llegando la claridad. Al ratito, un rayo de sol finito, finito penetra en el agujero. Mi hombre, raudo se agarra del rayo con las escasas fuerzas que le quedan y trepando por él, escapó de la trampa.
¡Esta sí que se la creyeron! ¿Verdad?
 
Mi agradecimiento a Manolo Macías por el rato que nos hizo pasar mientras colaboraba con su pueblo en la romería de la Encarnación. ¡Y que siga cultivando esa claridad y precisión narrativa con que nos deleitó!

La Fotografía se denomina TENOYA. Ha sido tomada del Archivo de Fotografía Histórica de la FEDAC (http://fotosantiguascanarias.org)

El paquete de picadura


Pancho nació y vivió su primera infancia en Tenoya, en Las Palmas de Gran Canaria, a mediados del siglo XX. Era un chico moreno, vivaracho, despierto al que le gustó estar siempre con su abuelo Antoñito Francisco quien le gastaba sus grandes “quintadas”. Pero eso, al fin y al cabo fue bueno para él, pues le fue modelando el carácter. Aquí va una anécdota de la socarronería del abuelo:
En la bajada desde la carretera general al pueblo de Tenoya, había y hay una casa cuyos propietarios eran de apellido Torón. Frente a esa casa y hacia la derecha, sale un camino que va al Almatriche, donde estaba la finca del abuelo. Allí en el cruce de caminos, había una piedra grande donde se sentaba el abuelo con sus amigos a conversar. Una de las veces que Pancho se acercó por allí, le dijo el abuelo:
           
- Panchillo, vete a casa de Pepito, el carero (1) y me traes un paquete de picadura. Mira, voy a poner una marca de saliva aquí en la piedra, si vienes antes de que se seque, te doy un perrillo (2).
Pancho salió como un loco –antes se decía “las patas le llegaban al culo”- para llegar a la tienda que estaba aproximadamente a un kilómetro de allí. Compró “fiado” la picadura: Apúnteselo a mi abuelo. Y partió a correr de vuelta. Desagallado, llegó a la piedra para ver la marca de la saliva. ¡Estaba seca!. Y fue entonces cuando habló el abuelo:
- ¡Ya coooño, Panchillo! ¡Se secó! Pero, porqué poquito perdites el perrillo. Pá la próxima vez lo consigues.
Y no le dió moneda alguna. Lo que le fastidió a Pancho fueron las risitas de los amigos de su abuelo. Buscando como cobrárselas, solo llegó a decir llorando:
- Yo me voy pá mi casa y a mí no me mandes más, porque no voy.
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1.- Propietario de la tienda de comestibles.
2.- Moneda de 5 céntimos de peseta, llamada también “perra chica”.

Mi abuelo

 
Hoy toca hablar de mi abuelo. Se llamaba Antoñito Francisco. Era agricultor platanero y tenía también vacas que le proporcionaban leche y estiércol. Me parece verlo picándoles la comida (los “rolos” y las piñas de plataneras) a las vacas.
Era socarrón, bromista y muy amante de los niños. Parece que le estoy viendo. Muy alto, moreno, calvo, siempre tocado con su cachorro gris.
Había estado en Cuba y me contaba historias muy bonitas de Cubita la bella, como él la llamaba.
Tendría seis o siete años, cuando iba por la mañana con mi lecherita - y aparte una escudilla pequeña, un poco de gofio envuelto en un papel y la cuchara - a casa de mis abuelos para traer la leche para mi casa y beber mi tacita de gofio y leche con la espuma caliente.
Mi abuelo cogía el banquillo, se sentaba junto al ubre de la vaca y me decía: “ven aquí, para que la ordeñes tú”. Quería que me acercara para cuando me tuviera a tiro, “chingarme” la cara con la leche y reirse del pobre chiquillo. Siempre me cogía y luego decía: “ya coño, ya te manchaste otra vez la cara de leche. Tienes que estar atento porque la vaca se vira”.
Otra cosa que recuerdo con cariño es esta. En la finca había una mina de agua. Para llegar a la boca de la cueva había que pasar por un tablón de madera sin ninguna medida de protección que pasaba sobre el agua del estanque. Era muy peligroso, máxime cuando en esa época yo tendría alrededor de 10 años. La cueva es muy profunda. No exagero si digo que tenía una profundidad de entre cincuenta y setenta metros. Por su suelo discurría un hilito de agua que al salir se precipitaba al estanque. Mi abuelo me llevó de mano un día para enseñármela. En su mano un candil para darnos luz. Después de llegar al sitio donde nacía el agua, mi abuelo me dijo: “Puedes ir a donde quieras en la finca o al barranco; a todos sitios menos a la mina porque te puedes caer al estanque y ahogarte”.
Ya sabemos como son los niños, el único lugar que me interesaba desde ese momento era ir a la mina. Cuando me metía dentro, mi abuelo se acercaba por la entrada y me llamaba. Yo me quedaba en silencio creyendo que tenía que estar oyendo los enormes latidos de mi corazón. Según se marchaba salía corriendo por el otro lado y llegaba antes que él a la casa. Al verme tan asfixiado me decía: ¿De donde vienes? ¿Sabes que me tenías preocupado y fui por si acaso a ver si estabas en la mina y te había pasado algo?
Su cara decía de verdad lo que estaba pensando. Que sabía claramente que venía de la cueva.
También estuve delante el día que dejó el tabaco. Entró tosiendo a la casa y mi abuela le dijo que dejara el tabaco que se iba a enfermar. Él, en un gesto de ira que nunca más le ví, tiró la cachimba por la ventana a las plataneras. Fui a buscarla para cogerla para mí y nunca la encontré. Solo puedo decir que él no fumó nunca más.
También recuerdo, cuando hablamos que el hombre iba a ir a la luna. Se reía y decía que como va a ser eso, tú no hagas caso de la televisión, que es un engañabobos. Murió el 19 de Julio, al día siguiente (20/07/1969) el hombre llegó a la Luna, o al menos, eso dijo la televisión.
Recuerdos, abuelo.
Nota: La imagen obtenida del Archivo de Fotografía Histórica de FEDAC -Cabildo de Gran Canaria- a quien muestro mi agradecimiento, no es en realidad de mi abuelo, pero su sola observación me inspira ternura.

La abuela Frasquita

Siempre recordaré la carta que me envió mi abuela describiendo lo que pasó el día de mi jura de bandera. Entonces estaba de moda, hacer la “mili” en Aviación, en Gando y así se evitaba que le mandaran a uno a la Península.
Lamentablemente, la carta se quemó en un incendio ocurrido en mi casa hace más de 30 años. Se quejaba en la misma –con su socarronería- que fue a verme al cuartel y yo, según me dijo, no le hice caso, que solo tenía ojos para mi chica.
Tenía en aquel tiempo, 19 años y una novia que me tenía loco. Y sin darme mucha cuenta cuando vino a saludarme, la besé, le pedí la bendición –cosa ya perdida hoy- y seguí “embebío” con ella.
La carta que me mandó ocupaba un pliego entero, es decir dos folios a doble cara. Estaba toda escrita en verso y, de verdad, me entró “sentimiento”. Me reprochaba, como si ella fuera en verdad mi novia.
Recuerdo de mi abuela sus manos largas, como de pianista y su sonrisa infinita, sus cuentos para entretener a los niños, sus bromas… Uno de los cuentos aún seguimos diciéndoselo a los nietos:
¿Quieres que te cuente el cuento del gallo morón?.
Sí.
¡Yo no te digo ni que si ni que no, sino que si quieres que te cuente el cuento del gallo morón!
No.
La misma respuesta y así hasta cansarnos.
Siempre haciendo labores: punto cruz, bordados, calados, etc. En su casa enseñaba a las niñas del pueblo a coser y bordar. Se llama la costura.
También los dulces que hacía: queques, buñuelos, bollos, dulce de calabaza, truchas de batata y dulce de angel, etc.. Nuestra ayuda consistía en partir almendras, yendo a comprar la harina o a coger leña, amasando.. Eso sí, su gran preocupación era que nos laváramos las manos y siempre nos lo estaba recordando. ¿Se lavaron las manos?.
En todas las casas había uno o dos abuelos. Antes acababan su vida en sus casas o en las de sus hijos y, a los niños nos gustaba escuchar sus historias, hacerles preguntas, en fin, estar con ellos. Ya hoy no tenemos la misma referencia de los abuelos.
Los tiempos modernos, las prisas, el trabajo, el dinero, el ocio, nos han cambiado tanto que hoy parece que sobran y solo se les utiliza para cuidar niños u otras tareas simples. El cambio en nuestra sociedad es total. Creo que tendríamos que aprovechar mucho más su experiencia.
En este aspecto, quiero mencionar aquí la hermosa y enorme tarea realizada en La Aldea de San Nicolás por el Grupo de Desarrollo Comunitario de dar valor a las personas mayores de ese municipio, mediante el fomento de la convivencia entre tres generaciones,- padres, hijos, abuelos - manteniendo fresca, al revivirla, la cultura popular. Se sienten valorados, son alegres, bromistas, participativos y siempre están preparados para contribuir a cualquier tarea que realce su historia y costumbres.