Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

La mano de plátanos




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Esta historia me la contó un hombre bueno, Manuel Bermúdez, de Agaete. Su oficio: comprar mercancía –comestibles y bebidas, especialmente- en establecimientos de Las Palmas que luego revendía, que así se decía antes, con su furgón en las tiendas de comestibles del Norte de Gran Canaria.
Me decía el Sr. Bermúdez:
¡Mire, Pancho, si era coñona (bromista) mi madre que se reía hasta del hambre! En los tiempos de la guerra había mucha falta de todo.
Un día estábamos en mi casa sentados a la mesa a la hora del almuerzo. El plato: un caldo de papas y cilantro, con su gofito. Cuando estábamos terminando de comer, dice mi madre: ¡Manolillo, saca una manita de plátanos que está ahí debajo de la cama!
Al oír aquello, con las ganas que pasaba de comer plátanos, me lancé de cabeza a cogerla. Estiré la mano, arriba y abajo y allí no había nada. Llorando le dije:
-¡Má, coño, que aquí no hay ná!.
¿Y sabe lo que dijo mi madre con su cara picarona?:
¡Pobrecito inocente! ¿Te lo creíste, mi niño?.
Hoy pienso que lo hizo para que al menos durante un minuto, me olvidara de las penas y fuese feliz.
Comparemos esta historia con el estado de bienestar que poseemos. Nos sobra de todo y siempre estamos quejándonos de lo que nos falta. ¡A mí sí me falta algo: las bromas de mi madre!

Fefita, la de Tenteniguada



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Esta historia me la contó un amigo de Tenteniguada, cuya gracia es Juan Peñate.
Estaban dos mujeres alegando a la puerta de la casa sobre lo bien que vivían los hombres. Que si todo el día fuera de la casa, en los bares, de risas y fiestas. Mientras ellas, que si los niños, la comida, lavar la ropa, los “alimales”, en fin todo el día ocupadas.
Vamos en este momento a ponerles nombre: La joven, Manuela y la señora mayor, digamos setenta y ocho años, que es un número bonito, se llamaba Fefita. ¡Casi nadie Fefita! En eso pasa por delante el "coñón" de Paquito Suárez que al oírlas dice:
- ¡Las mujeres siempre se están quejando!. ¿Ustedes saben lo que sufre un hombre al cabo del día, pá(ra) poder traer el pan de los niños, carajo?.
La respuesta que sigue ahora de Fefita, la tendrán que traducir y entender ustedes. Porque Pancho no va a aclarar nada. Como me lo contaron lo cuento. Y espero me disculpen y no me tomen en cuenta si no les gustara porque se hace con el debido respeto, para nada quiero cambiar la línea tierna, amable y respetuosa que nos distingue. Ahí va lo que dijo Fefita:
-¡Hágame usted el favor, Paquito Suárez!. Mire: ¡Los hombres llegan a la casa, “jartos de callejá” como perros, “pata por cimba y pollarento”!
Era muy inocente cuando me lo contaron. No comprendía lo que significaba pero me extrañaban las risas de todos, especialmente de los hombres, al oir la historia. Hoy día, galletón como soy, tampoco la logro entender. ¿Y ustedes?

Otra de José María, el pastor.

En el mes de Julio escribí una historia denominada El Pastor de Caideros.

Me quedó el gusanillo de conocer más sobre el personaje, José María. Pues bien, el pasado sábado tuve la suerte de tropezar con una persona que le conoció personalmente: Don Arturo Diaz Godoy que regenta el comercio denominado Artesanía Canaria, en Lomo Guillén (Guía).

En su establecimiento -mientras compraba un trozo del estupendo queso de la zona- tuvimos esta conversación que resumida quiero repetir para ustedes:


-Sí, conocí a José María. Era un hombre alto, pelo cargado, con su gran bigote. Muy listo e inteligente, vestido con su traje de lana de oveja negra. Dicen que esos trajes dan mucho calor, pero yo siempre oí que la lana ataja al frío y al calor. Para eso llevaba un forro de raso que mantenía la parte interna fresca en verano y caliente en invierno. Sus botas herradas, hechas a mano en Agaete. Siempre montado a caballo. Tenga en cuenta que en aquella época había pocas carreteras y el mejor (y único) transporte para el mundo rural eran las bestias, por lo que era más una necesidad que un lujo. No obstante, hay que decir que José María, tenía un espléndido caballo, como no podía ser menos para un gran conocedor y amante de los animales como él..

Un día estaba conversando conmigo aquí, donde mismo está usted ahora, esperando al coche de hora” para ir a Las Palmas, a hablar con su abogado. De repente, pasó el coche y no paró. José María, corrió hacia la puerta, gritando:


¡Ah, reniego del diablo, toa la mañana esperando por ti y ahora pasas como un “cuete”, coño! (sic).


E introduciéndose los dedos en la boca, al estilo de los pastores, soltó un agudo silbido que llegó perfectamente al chófer y paró enseguida.

Don Arturo, a quien acompañaba su esposa, doña Rosa Benítez Hernández, -más de cincuenta años casados- me siguió contando:

José María tenía una finca muy grande, con muchos linderos.

Quiero advertir al lector el sentido de la frase: Tener muchos linderos, es tener muchos problemas con las lindes, porque en el campo, como es sabido y casi siempre por la noche: caminan los mojones, avanzan cañas y tuneras cerrando caminos, se cambia la torna del agua, etc.


Por ventura, estas cosas apenas suceden hoy pero en aquellos tiempos, en el mundo rural tenía plena vigencia la máxima: Herencias y lindes, mondongo de abogados.


Por una cualquiera de esas causas, iba el pastor a hablar con el picapleitos.


Para abreviar la historia nos situamos -de golpe- en el bufete del letrado, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.


-¿Cómo va la cosa, don Ifigenio?.


-Bien. Vamos escapando, José María.


-¿Y mi asunto?


-Ahí va. Al golpito. Tu sabes que las cosas de palacio, van despacio.


-Aquí le traigo un quesito.


Está claro que era "pá tenerlo más a la mano". Así un día llevaba queso, otro un saco de papas, un "puñito" –medio saco- de millo, etc. Hoy no se entiende que se llevara millo a un abogado, pero era época de miseria y hambre, con escasez de todo, especialmente de alimentos.

Siguiendo con la historia, José María perdía todos los pleitos. Y la respuesta de hoy de don Ifigenio fue diferente:


-¡La cosa está jodida, José María. Se perdió el pleito. ¿Que le vamos a hacer?. Vamos a hablar de los honorarios, porque yo también tengo que comer.


-¿Y cuanto es la cuenta, señor?


-¡Seiscientas cincuenta pesetas! ¡Pero te lo voy a dejar en quinientas por ser tu y no te gano nada, porque eres como de la familia!.


- ¿Quinientas pesetas? ¡Pues muchas gracias, por cobrarme solo los gastos! Mire, las cuentas mías son éstas: Cuatro quesos, un baifo, tres sacos de papas y uno de millo, hacen un poquito más de quinientas pesetas. Y , como familia no le cuento los gastos de transporte.


¡Así que cuenta con pago. Ni le debo ni me debe. Buenas tardes, Don Ifigenio!


Mi agradecimiento a Alberto Soto por su dibujo. Vean el artículo de finales de Septiembre denominado: Los dibujos de Alberto

Manolo, el de Gáldar

Mi personaje de hoy se llama Manolo, muy conocido en Gáldar, en los alrededores de la calle Larga, con su cara de niño. Lo recuerdo siempre igual, es de esa gente que no envejece nunca.

Por su popularidad Arístides Moreno le dedicó, en su primer disco, un tema: "La bondadosa sonrisa de la vida (a Manolillo el "sunomá")", donde el desaparecido José Antonio Ramos, colaboró tocando su timple. También aparece Manolo en un vídeo clip que se exhibió durante un tiempo en la televisión.
Este chico siempre ha sido muy querido en Gáldar, y acostumbraba, no sé si lo sigue haciendo, a acompañar a los camioneros en sus viajes por la isla.¡ A Manolo lo que le gusta son los camiones!. ¡Ahí si que disfruta!.

Pues bien, un día, Manolo venía de acompañante en un camión que bajaba de Montaña Alta. (ver croquis). Al llegar al cruce con la carretera general en Guía, a la altura del Albercón de la Vírgen, y para girar a la izquierda e ir hacia Gáldar, el chófer le dice:

- Manolo mira a ver si viene alguien de Las Palmas.

- ¡No, sigue!. -contesta Manolo.


El camionero reanuda la marcha, fiándose del copiloto y en ese momento el camión impacta con un coche que venía desde Las Palmas.
El camionero, cabreado, le dice:

- Manolo. ¿No te dije que miraras a ver si venía alguien de Las Palmas?

- ¡Y no venía nadie, ése es de Gáldar, que lo conozco yo de toda la vida, coño!.



Agradecimiento a a Rosi Rivero, de Aider Gran Canaria.

Los dibujos de Alberto


Alberto Soto Martín dibuja primorosamente. Especialmente la gente del campo. De vez en cuando, va a colaborar con el blog haciendo algún dibujo a plumilla que servirá para enriquecer la página aportando graciosamente un toque de canariedad. Me ha hecho uno, referido a José María, el pastor de Caideros, que verán Vds. la próxima semana. Hoy quiero que vean este maúro en romería, ¿o en "ronería"?,"jarto de copas". Observen los ojillos -uno un poco "cliko"-, con su palillo en la boca, y el cigarro en la oreja. En la mano un "botellín" de tropical -¡hacía un calor, cristiano!-, sobre la mesa la copita de ron y la "ropavieja" en su plato de usar y tirar. ¿Y que me dicen, del cachorro, la corbata el chaleco y el fajín?. En fin, que está guapísimo ¿no?. ¡El hombre estaba vestido así el día del Pino, en el ventorrillo de Suso! ¿ O fue en el de Feluco?. Gracias, Alberto.

la máquina de "solfatar"


Cuando llegaron las primeras máquinas de "solfatar", Mastro Juan, el zapatero, el del Palmar de Teror compró una. Metálica, de latón y bronce, de esas de 16 litros, mientras estuvo nueva brillaba que daba gusto.
Como diría con sorna el historiador, la llegada de la máquina fue un importante avance en las tareas agrícolas de la comunidad. El problema se planteó cuando todos los vecinos se la pedían prestada. Los menos se la devolvían limpia y en buen estado, los más eran poco cuidadosos con lo ajeno. A los dos meses parecía un cacharro viejo.
Mastro Juan se iba "calentando" más y más conforme se la pedían. Les decía:
-Señooores, cómprense una máquinita que me la están rompieeendo.
Isidrito era uno de los que entre bromas, decía:
- ¡Teniéndola tu, la tenemos todos, Juan!. ¡Tu no eres malo!
Un buen día Isidrito mandó a su hijo a pedirle prestada la máquina y...
- Mastro Juan, dice mi padre que si le presta la máquina de solfatar.
- Le dice Vd. a su padre que la máquina no se presta más a nadie. Que el otro día la dejé y me la trajeron con el pitorro "tupío". Juan, el mío, la llevó a arreglar y ahora no se presta. ¿Vale?.
Isidrito se tuvo que fastidiar y "solfatar" con una escoba de albeo. ¡Para que se hagan una idea, como el cura cuando en la procesión tira el agua bendita con el hisopo! Así mismo.
Un mes más tarde, Mastro Juan vió pasar por delante de la puerta de la zapatería al chiquillo de Isidrito que se llamaba como su padre:
-¿Vas pa tu casa, Isidrillo? ¡Díle a tu padre que me deje el macho que tengo la cabra "descompuesta" y me lo traes tu mismo! ¡Corre que te doy una peseta por el favor!
El chiquillo corrió a la casa privado. Se iba a ganar una peseta nada más por llevar el macho. Se lo pidió a su padre y esta fué su respuesta:
- Vaya Vd. a la zapatería y le dice a Mastro Juan que el pitorro del macho mío lo quiero pá solfatar las papas. ¡Mucho estaba tardando el caballero en pedir el favor! ¡ Donde las dan, las toman!

Las alpargatas

Años 50 y 60 del siglo pasado en el campo. ¿Qué niño llevaba zapatos a diario? Alguno habría, digo yo. Los hijos de los ricos. Los demás, es decir, nosotros, teníamos solamente unos de salir. Los días laborables, ibamos descalzos, o con zapatos viejos, raídos. Para ir al colegio, llevábamos alpargatas. Las había de varios tipos:
Con la tela blanca reforzada, en la punta y el talón y piso de esparto. Muy caras. Como las de la foto.
Con la tela blanca reforzada, en la punta y el talón y piso de goma. Precio medio.
Con la tela blanca sin reforzar y piso de goma. Baratas.
Vamos a detenernos en estas últimas que eran las que yo llevaba. Al poco tiempo de estrenarlas, empezaban a estirarse y se salían por la parte del talón. Si se te mojaban por causa de la lluvia o al cruzar una acequia, adiós alpargatas, porque se estiraban de tal manera que no había quien las mantuviera dentro de la pierna. Para evitarlo, hacíamos un nudo en la parte trasera de la tela, junto al talón para que no se salieran, pero el “dichoso”nudo producía dolor al roce con la piel.
Las alpargatas solo nos las poníamos para ir al colegio. Si se armaba un partido de fútbol –con pelotas hechas de tiras de plataneras- lo primero que hacíamos era quitárnoslas y meterlas en el pantalón a la altura del cinto. Cualquiera las dejaba sueltas. Porque como se decía antes, si me las llegan a quitar, mi madre me mata.
La duración de un par de alpargatas está perfectamente definida en esta frase de la época:

Las alpargatas,
30 días sanas, 30 días rotas
30 días esperando por otras.


Para las niñas, las alpargatas eran como las de los niños en cuanto a materiales: de tela, piso de esparto o de goma, pero con una diferencia fundamental. Eran de dos colores: rojo y azul, indistintamente la parte delantera y trasera. No se amarraban delante como las de los niños, sino que tenían unas cintas muy largas en la parte trasera y se ajustaban trenzando en la pantorrilla.
Como verán, los canarios también hemos pasado estrecheces a lo largo de nuestra historia. Cuando nos quejamos de "lo mal que está todo", debemos reflexionar sobre el uso consumista que hacemos de las cosas, y como un ejemplo claro: ¡Qué diferencia entre las alpargatas rotas de antes y las zapatillas deportivas de hoy!. Muchos pueblos -las 2/3 partes del mundo- viven aún en esa situación o peor. Y los canarios lo sabemos bien. ¡Cuántas personas están muriendo por intentar llegar a este mundo de lujo y despilfarro!


la oveja de Margot



Tengo un amigo del campo que es amante de las palabras nuevas. Su nombre, Francisco Bordón (iniciales FB). El hombre está al día, como diría el fino, de los anglicismos, galicismos y otros extranjerismos que se incorporan a nuestra lengua. Cuando una palabra empieza a ponerse de moda, por ejemplo puenting, piercing…etc. rapidamente él lo incorpora a la conversación cotidiana. El problema es que no pronuncia muy bien el inglés y lo traduce de oídas. Hace algún tiempo tuve con él esta corta conversación. Me paró en la carretera y dijo:

-Pancho, quisiera regalarle a mi nieto unas canciones para Reyes. Mi mujer me apuntó el nombre de un grupo de música que le gusta al niño. Usted que va todos los días pá Las Palmas porque no me trae, que yo se lo pago, un compartir de la oveja de margó. Aquí se lo tengo apuntado.

Cogí el papel, lo leí y dije:

-Perdone, ¿como me dijo usted?

Listo como el hambre, al notar que mi respuesta era socarrona, inmediatamente contestó:

-¿Está mal dicho? Seguro. ¿Cómo se dice, eh?


Para que Vds. lo comprendan mejor les traduzco con imágenes lo que me pidió:

¿No lo entendieron?. Pues va por escrito.


Un compact-disc de la Oreja de Van Gogh. ¿Vale?


El cuadro

A Pancho le han gustado siempre las caminatas, esas que hoy se dicen “pateos”; en el franquismo, se decían marchas. Al término de una de esas caminatas se encontró sin agua para beber. A lo lejos se divisaba una casita de campo antigua, con techo de tejas a dos aguas. Hasta allí se dirigió mi hombre. Al llegar, dos perros “satos”- chicos, ratoneros - empezaron a ladrar sin tino, detrás de la cancela que cerraba la entrada a un patio lleno de flores.

Panchillo los calmaba hablándoles bajito, hasta que apareció una señora mayor, muy bien arreglada. Aprovechemos ahora para ponerle el nombre: Nonita.

-Señora ¿Me da Vd. un poco de agua?

-¡Sí hombre!. El agua no se le niega a nadie y mire ¿de quien es Vd.?

Empezó a darle explicaciones y ella sin abrir la puerta, observando recelosa. Cuando ya ganó su confianza, porque le nombró “ amigos comunes y conocidos varios”, abrió y dijo que pasara, conduciéndole hasta un “tallero” de agua fresca. También se le llama destiladera o la talla del agua.

Pancho calmó la sed y al rato de estar hablando de lo divino y lo humano, Nonita quiso enseñarle la casa. Estaba limpita como el oro. Cuando entraron en el dormitorio había una fotografía enmarcada de dos personas mayores. Pancho preguntó.

-Nonita, ¿Quienes son esos señores? ¿Sus padres?

-Ella sí, él no.

La respuesta le dejó perplejo. Siguió enseñando el dormitorio. La cama de hierro, pintada de negro y oro; una cómoda tallada de seis cajones en madera, preciosa. Pero la cabeza de Pancho seguía dando vueltas con la respuesta del cuadro.

-Perdone, Nonita. Me dijo Vd. que ella era su madre y él ¿Quién es?.

-Mire. Lo que pasó fue esto. Tenía dos fotos chicas, de esas de carnet, una de mi padre y otra de mi madre. Un día que tenía que ir al médico me las llevé pá Las Palmas. Fui a un fotógrafo, allí en la calle de León y Castillo y le encargué que hiciera una foto grande con los dos y le pusiera un marco con su cristal y todo.

Cuando fui a buscarlo, el hombre me lo enseñó. Su marco tan bonito, pero ¡se habia equivocado de foto! ¡Aquel no era mi padre!.

Se lo dije al señor y buscando, buscando, no encontramos la foto por ningún sitio. Seguro que se la puso a otro. Miramos los cuadros ya hechos y mi padre no estaba en ninguno.

Como no podía devolverme mi foto - la única que tenía de mi padre- el hombre me pedía perdón y se empeñó en regalarme el cuadro, diciendo que me lo trajera, que no me lo cobraba.

-Me dije para mí, para mis adentros: ¿Qué vas a hacer, Nona?. Si la foto se perdió, suculum. No me puedo detener más tiempo que se me va el coche de hora. Ni tampoco voy a cortar a mi madre. Así que lo cogí, le dejé al hombre doce duros por sus gastos y arranqué con el cuadro.

Cada vez que voy a mi casa y veo el retrato de mis padres me acuerdo de Nonita y sin querer, miro de reojo la cara de mi padre por si me lo han cambiado.

Esta es una historia que ocurrió realmente. O dicho como antes se decía: Te lo juro por mi madre que es verdad. ..


El martillo hueco


Estaba un día Pancho arreglando una antigua cama de hierro y necesitó un martillo para ajustar las piezas. Se dirigió a uno de esos comercios tan comunes que antes se llamaban Noventa y Nueve porque la mayor parte de sus productos –chinos, sobre todo- se vendían a 99 pesetas. Hoy, con la llegada del euro se pasaron a denominar: Euro Económico, Todo a 1 Euro, Boutique del Regalo, etc.

Compró Pancho su martillo, tal como el de la figura y con sus prisas de siempre corrió a terminar de montar la cama. Armado de su martillo nuevo, dió un golpe suave y seco al larguero de hierro para encajarlo en la cabecera y se le rompió el martillo. Fue a recogerlo para arreglarlo y ¡qué sorpresa!. Como verán en la imagen el martillo está compuesto por dos elementos, el metálico de hierro y el cabo de madera. ¿A que no saben ustedes por donde se rompió el martillo?. Seguro que la respuesta de todos es la misma: Se partió el mango de madera y habrá que rebajarlo con un cuchillo para encajarlo otra vez en el hierro. Pues no. ¡Se rompió por el hierro!. ¿Cómo se puede romper el hierro? Había en el suelo dos trozos – dos mitades- y por dentro era hueco. El mango de madera , ileso. ¿Cómo puede haber un martillo de hierro hueco?.

Pancho se reía de sí mismo. Al día siguiente acudió con su coña y su martillo a la tienda donde lo compró. ¡Vaya ganas de fiestas! ¡El martillo había costado un euro!. Para hacer la reclamación fue acompañado por su amigo Antonio para que le sirviera de testigo. Llegados a la tienda, Pancho mostró a la empleada delante de varios clientes, el martillo roto, enseñando los trozos y pidió que se lo cambiara por otro producto. La empleada dijo que esperara pues tenía que consultarlo con su jefe. Llamó por teléfono y después de mantener con alguien una larga charla –no menos de 3 minutos- contestó que “el jefe dice que no se cambiaba porque son productos de baja calidad y no tienen garantía”. Pancho se dirigió a Antonio que estaba atendiendo la conversación y en voz baja le hizo algún comentario. Acto seguido le indicó a la señorita que quería hablar con el jefe. Ella volvió a coger el teléfono, la persona que había al otro lado del hilo debió echarle su bronca y todo, pero no quiso ponerse. Insistí en hablar con el señor, la chica azorada ya no sabía que hacer. Los clientes disimulaban, interesados en la solución del tema. Para quedar como un gallo, Pancho pidió el libro de reclamaciones. Otra vez el teléfono y otra vez el sufrimiento de la chica. Que si no tenían el libro, que si lo traían ahora. En resumen y para no cansarles, Pancho dejó la herramienta rota, mejor los tres elementos del martillo –mango nuevo y dos mitades del hierro hueco- en una bolsa a la empleada, diciendo que volvían más tarde cuando llegaran los impresos para hacer la reclamación.

Ni Pancho ni Antonio volvieron más. La conversación que tuvieron al salir se puede resumir asi. ¡Pobre muchacha, lo siento por ella, pero el jefe que no quiso devolver se ha gastado más de un euro en llamadas! ¡Y ahora debe estar pensando mucho si volveremos o no, porque estoy seguro que la chica llama otra vez para decirle que dejamos el martillo y volveremos a hacer la reclamación!.

Hoy, varios años después, recordé:

¿Antonio, te acuerdas del martillo hueco? ¡Devolvernos el martillo, es verdad que no nos lo devolvieron pero mire, no me dolió mucho porque a mí me costó un euro el martillo y él le pagó mas de cinco en llamadas a la telefónica!

El pastor de Caideros


Cuentan hermosas historias de José María, pastor ya desaparecido. Inteligente natural, dotado de una rapidez mental extraordinaria a la que unía la graciosa agudeza de sus respuestas, le han convertido en leyenda en esas cumbres del norte de Gran Canaria. Si tuviéramos que hacer una descripción física de José María, diríamos que destacaba por su fortaleza, el color de su piel más bien blanca, la que se corresponde con el frío de esa zona de la isla. El pelo largo, de un color parecido al de la lana de sus ovejas, cargado y revuelto, le caía sobre los hombros. Lucía además con orgullo un gran bigote.

Un día nuestro personaje bajó para Gáldar a hacer algunas gestiones y a cortarse el pelo, como se decía antes a “arreglarse”. A esa hora no había clientes en la barbería, entró, saludó, se sentó directamente en el sillón y dijo

- Pelao y afeitao.

- Pós la verdad es que aquí hay tela que cortar, dijo el fígaro, buscando las cosquillas.

Estando en la labor de desmoche entró otro cliente de la calle y al maestro no se le ocurre otra cosa que coger por el cuello la cabeza del pastor girándola y mostrándosela en plan de burla al recién llegado

-Oye, Mateo ¿que te parece el carnero que me vino hoy de arriba de la cumbre?.

José María no dijo ni mú. El silencio se hizo eterno, mientras el esquilador seguía cortando el pelo que, poco a poco, iba llenando, el suelo de la barbería. Cuando terminó de “arreglarlo”, incluida su colonia y masaje para la cara, el peluquero lo peinó apresurándose a sacudir con el cepillo los cabellos que le habían caído sobre la ropa. José María se puso en pie ceremoniosamente, se acercó a la puerta despidiéndose

-Buenas tardes, señores.

El barbero sobre la marcha le gritó

-José María, ¿no me pagas?

El pastor contestó señalando al cabello esparcido por el suelo y arrastrando las palabras, con esta frase que ha pasado a la historia

Amigo, en mi tierra los carneros pagan con la lana! ¡Así que ahí la tiene!


El cartel de Tunte

El sábado pasado Bartolito y Pancho fueron en sus motos a la romería de Tunte. Después de echarse unos botellines, con sus tapitas de chochos y pata de cerdo respectivas en el Bar Martín, fueron a darse una vuelta por el pueblo. Delante de la iglesia se encontraron un cuadro grande con la figura de una mujer sonriente que portaba una talega sobre su cabeza. (foto 1).

Al preguntar si la conocía, dijo Bartolito: ¿No la vió sentada aquí atrás, en la terraza del bar, con otras mujeres?. Nos acercamos hasta allí y entre las personas sentadas, además de la protagonista, estaba Carla, a la que conozco desde hace años. Recuerdo que era una especie de cónsul de la gente de Tirajana en el Hospital Insular. Buena gente Carla. Siempre dispuesta a ayudar y servir a los demás, con el problema que resulta, pues es sabido que la gente de campo tiene un “conocido” en todos sitios. Le pedimos fotografiar a la señora y enseguida se prepararon. A la izquierda de la mesa se sentó Bartolito que también quería salir en la foto. Foto 2.

Le pregunté a Carla por la señora del cuadro. Dijo que se llamaba María Luisa Guerra Sarmiento, que el cartel es el de la romería y además un homenaje por ser una mujer muy participativa - junto al grupo de mujeres mayores-, en todos las actividades del pueblo. Al saludarla se me quedaron plasmadas en mi memoria dos cosas: pese a la sencillez de la vestimenta lo bien arreglada que estaba, con sus labios pintados, su pañuelo, pañoleta, sombrero de palma y especialmente la cara de satisfacción que puso cuando le pregunté que si era la señora del cartel.

Recordé entonces haberla visto en la Ofrenda a la Virgen del Pino, en Teror. Iniciativas como ésta de la Comisión de Fiestas de Tunte deben ser aplaudidas pues representan un estímulo, reconocimiento y orgullo para estas mujeres que lo van dando todo en la vida y aún les queda tiempo para alegrar a los demás.

Más tarde las vimos, no menos de una docena de mujeres ataviadas con sus sencillos y a la vez hermosos vestidos, participando con alegría en una romería que cada vez destaca más por pregonar las virtudes de la gente tirajanera.

¡Felicidades!.

La barbería

Vamos a recordar la barbería de mi niñez, digo barbería –término casi en desuso- porque hoy somos más finos y decimos peluquería. Cuando mi padre estimaba que tenía el pelo demasiado largo y se me enrizaba”, decía:
-Vaya a casa de Mastro Pepe a cortarse el pelo.
Había que presentarse al maestro indicando que tenías permiso pues era un “fiado” y el que pagaba   era tu padre. Entrabas a la barbería y    decías:
- Mi padre dijo que viniera a pelarme.
- Espere y vaya leyéndose el periódico o una revistita que tiene dos personas alante.
Descripción de la barbería: dos sillas de barbero, una a cada lado de la puerta. Una para el maestro y otra para el aprendiz. En la pared del fondo un mueble-mostrador ocupaba, de lado a lado, toda la pared. Sobre el mismo, detallado de manera exhaustiva -he puesto a trabajar duramente a mi memoria en la búsqueda de recuerdos- había:

3 tijeras, 
varias navajas
máquinas de pelar de distintos tamaños, 
la colonia (Varón Dandy), 
el fijador, 
la brillantina, 
la polvera con sus polvos talcos, 
el cepillo y el peine, 
el jabón de afeitar, 
la brocha, 
la piedra pequeña translúcida con forma de lápiz (1) que se usaba para cerrar y desinfectar los cortes que hacía la navaja; 
trozos de papel de periódico cortado a tamaño octavilla, que se usaban para limpiar el filo de la navaja, quitando el jabón   durante el afeitado, 
una piedra de amolar, para afilar las navajas; 
y por último, un espejo de mano.
En los cajones, los paños grandes y pequeños doblados y las toallas. En un cajón lateral las barajas, el dominó, y en una latita de sardinas vacía, las piedras de la zanga.
Sobre ese mueble, un espejo también largo y estrecho, colocado en alto e inclinado de tal manera que mirando hacia él, desde cualquier sitio de la barbería veías la calle y las personas que pasaban. A un lado y colgando de la pared una correa de cuero para asentar las navajas y otro espejo grande y viejo en el que se veían las figuras algo cóncavas. En la pared de la izquierda varios almanaques con imágenes de mujeres ligeras de ropa -seguro que era verano- y una fotografía enmarcada de un equipo de fútbol. En la pared de la derecha, dos jaulones grandes con forma de catedral. Dos hermosos capirotes eran sus inquilinos, excelentes cantadores que nos volvían loquitos de la cabeza.
Las conversaciones en la barbería giraban en torno a dos temas: la política y el fútbol. El barbero empezaba a hablar de fútbol, si los clientes no entraban en la conversación, pasaba a la política y si tampoco daba fruto el intento, entonces el tema se centraba criticando al último cliente que se marchó o de cualquier persona que pasara por la calle. Mastro Pepe, además de su profesión, prestaba también servicios de practicante -ver foto de parte del instrumental- y sacamuelas, incluso a domicilio.
Sigamos con la historia, cuando me llegó el turno, el maestro le dijo al aprendiz:
-Vaya poniéndole el peinador (2) al muchacho y súbalo a la silla.
A la hora de sentarme, como era pequeño, el aprendiz sacó un pequeño banco que puso sobre la silla para elevarme y que el trabajo fuera más cómodo. Mastro Pepe me cogió la cabeza y preguntó como quería que me cortara el pelo. Yo le dije solemnemente:
-A la moda.
Cuando terminó, miré al espejo y ví que me dejó como a mi me gustaba con la raya a un lado y peinado hacia atrás. Salí contento para mi casa y  de repente, mi gozo en un pozo. Tuve la mala suerte de encontrarme con mi padre que me soltó:
- Oiga, quien le dijo a Vd. que se pelara así.
- El barbero. Yo no dije nada y me peló como él quiso..
- Vaya Vd. otra vez y le dice a Mastro Pepe que lo pele al     dos con la moña.
Este estilo era rapando toda la cabeza a dos milímetros y dejando solo el flequillo cortado horizontalmente sobre la frente. A todos los niños nos cortaban así el pelo, parecíamos militares, y está claro que fracasé en mi intento de parecer diferente.
. Fui otra vez a la barbería, le conté lo que pasaba y me dijo:
-Usted me dijo a la moda.
Le contesté, mintiendo, con la cara ruborizada por la vergüenza.
-Yo a usted no le dije nada.
Me volvió a cortar el pelo, la maquinilla me daba escalofríos cuando entraba rapando la cabeza y de vez en cuando Mastro Pepe caliente refunfuñando:
-¡Carajo con el níííño! ¿Que no me dijo que lo pelara a la moooda!. ¿Usted cree que me bebo el tino (3) o qué?. ¡Yo ahora,  pelo dos, cobro una y a reclamar al maestro armero!
-o-oOo-o-

(1) Piedra Alumbre.-La piedra de Alumbre es un sulfato mineral natural, de alúmina y potasio, que actúa increíblemente bien como desodorante y cicatrizante. Ha sido muy utilizada en las barberías como elemento desinfectante, después del afeitado.


(2) Peinador.- Ese paño grande cubridor que evita la caída del cabello cortado sobre la ropa, así como la introducción del mismo por el cogote, según mi amigo barbero, Benjamín Castro (+, tristemente fallecido), se llama
peinador.



(3)
Beberse el tino, en el campo, significa: Tu te crees que me olvidé o qué.


Molino de gofio con historia

Hace más de veinte años, todavía no había nacido Acoidán, fui con su abuelo Bartolomé Sánchez Santana (Bartolito), buen amigo, a la casa de la Montaña, en San Bartolomé.

Estaban regando las flores y observé que debajo de una maceta y con la intención de separarla del piso había una piedra redonda. Al mirarla más detenidamente me pareció una piedra de molino. Levanté la maceta y al intentar cogerla se me deshizo en las manos, partiéndose por la mitad debido a la humedad de tantos años. Un poco más allá y bajo otra maceta, estaba la otra piedra, la superior, ésta en mejor estado. Le pregunté a Bartolito y me contó algunas historias del pequeño molino de mano.

-Mire, Pancho, en esta casa vivíamos mis padres, Bartolo y Josefa, y cinco hermanos, cuatro varones y una hembra. El molino estaba aquí en la entrada y mis hermanos mayores dicen que siempre estuvo en este sitio, que fue de mis abuelos y por tanto tiene, como mínimo 100 años.

Me hizo mucha gracia, cuando prosiguió:

-Cuando venía algún muchacho a “mosiar”a mi hermana Benita, élla que tenía mucha simpatía, les decía: ¿Mira, ya que estás ahí parado porque no te entretienes mientras hablamos y me ayudas a moler un poquito de gofio?. El muchacho queriendo demostrar su fuerza, empezaba a darle vueltas al molino con mucha velocidad y Benita le iba echando grano sin parar. Cuando estaba cansado y se paraba un poco, le decía: Hay que ver que brazo más fuerte tienes y le daba un pequeño apretón en el bíceps para comprobar lo fuerte que estaba. El hombre arrancaba otra vez a moler hinchado de orgullo. ¡Alguno molió mas de tres kilos de gofio en una tarde!, dijo Bartolito.

Me contó también como eran las “descamisadas” (reuniones colectivas de vecinos donde en medio de una habitación grande se ponían las piñas de millo (mazorcas de maíz, les llaman en la península) consistiendo el trabajo en quitarle las hojas que rodean la piña dejando a la vista el precioso color dorado del grano. La broma principal de las descamisadas estaba en tirarse disimuladamente piñas a la cabeza de una persona que estuviera despistada o hablando con otra. Allí se oía la frase: ¡Señores, respeten!

Luego de dejar secar las piñas, se invitaba a la siguiente reunión- fiesta: la desgranada o desgraná. Como su nombre indica consiste en separar el grano del caroso, según el diccionario:

Carozo. Corazón de la mazorca de maíz, pieza que queda tras desgranarla.

Este caroso servía como leña para el fuego aunque no era muy consistente, pero ha habido malas épocas en la economía isleña, especialmente después de la guerra civil. Recuerdo una frase de uso popular que se aplica a una persona que está pasando una mala racha económica, se dice: Está desgranando piñas por los carosos. O sea que hacía el trabajo de desgranar a cambio de que le dejaran la leña. Según me cuentan las desgranadas terminaban con baile de cuerdas o de taifas. Bastantes parejas se conocieron, enamoraron y formaron familia en esas desgranadas y descamisadas.

El millo una vez seco estaba preparado para tostar. En el caso de Bartolito y siendo un molino de mano, se tostaba lo justo para ir consumiendo (dos o tres kilos, cada vez). Lo hacían en una cazuela de barro colocada sobre un par de piedras, donde se hacía el fuego con leña. Un palo, llamado “meneador”, en cuya punta se amarraba un trapo grueso, servía para mover el grano tostándolo de manera uniforme.

Como al principio les expliqué la forma de moler y además tenemos la foto del molino, el proceso completo de hacer el gofio está descrito. Descamisar, desgranar, tostar, moler y…comer.

Bartolito me dijo que me llevara el molino si lo quería, que a usted le gustan esas cosas y que igual tenía arreglo. Se lo agradecí y, al día siguiente como el que lleva un enfermo, envueltos en una manta los dos trozos grandes y varios pequeños en que se quedó convertida la piedra del molino viajó hasta la nave Daniel, el marmolista, hoy tristemente fallecido, persona que me tenía bastante afecto. Aparqué a la puerta de la empresa y le dije: Daniel, mira que cosa más bonita. ¿Me la puedes pegar?. Daniel la miró, fue a buscar una carretilla y con todo mimo se la llevó para adentro. A la semana me llamó y dijo: ¡Esto quedó que da gusto! ¿Quieres que te la pique?. Picar es dejar rugosa la superficie para que parta mejor el grano, porque de tanto moler se queda lisa y el grano resbala y no se parte bien. Fui a recogerla, Daniel no me cobró nada y se veía contento de haberme arreglado la piedra. ¡Era muy buena gente, Dios lo tenga en la gloria!

Más tarde, lo arreglé, de hecho ya hace gofio, le hice su mueble y hoy espera – y el que espera, desespera- junto a otras cosas antiguas, quedar instalado en un lugar que permita su disfrute visual desde mi asiento y que traiga a mi memoria, recuerdos tan lindos como el que dos piedras atesoran.