
Juanito, el de la tienda de Tejeda

Los tapiceros de Guanarteme

A finales de los años sesenta y casi toda la década de los setenta, del siglo pasado, los talones bancarios – y las letras de cambio- se devolvían apayó –que quiere decir a montones- por carecer de fondos en las entidades bancarias.
Ahí va un caso de pago por talón a unos tapiceros (dos socios) de Guanarteme, hoy zona de nuevos ricos y que antes se conocía como “la barriada”.
Y ahora me desplazo sigilosamente detrás de la puerta para oír el negocio:
Llega un señor muy bien trajeado, chaqueta azul marino cruzada con sus botones plateados y a bordo de su Mercedes al taller con un corte en el tapizado exterior del techo.
Ustedes dirán ¿se tapizaban los coches por fuera? ¡Bueno, vamos a aclararnos! Antes y ahora hay aficionados a tener los coches bonitos. Hoy a esa práctica se le dice tunear. Son esa buena gente que el sábado le dan cera a la pintura de su auto, le ponen pegatinas y alguno le instala un perrito que cabecea en la parte de atrás. El señor de mi historia le había puesto un vinilo de color negro al techo para embellecerlo. ¡Como una tela, vaya!. Dejemos las aclaraciones y sigamos con el negocio.
El cliente del Mercedes Benz pide presupuesto para poner otro vinilo al techo y el tapicero contesta:
- ¡6.500 pesetas!.
- ¡Rebájeme usted algo, hombre!.
– ¡Vale, se lo dejo en 5.500, pero no me pida más descuento, porque no me gano nada. La tela cuesta 3500, los hilos para coser, la electricidad, los seguros autónomos, etc.. Sin contar las 100 pesetas que le damos al niño que va por ahí cortando los techos de vinilo y metiendo la tarjeta de la tapicería en el corte. No le queda a uno nada pá comer!.
La cara del cliente era de asombro. ¡Un niño que corta los tapizados!¿Sería verdad lo que estaba oyendo o eran bromas de este hombre?. Seguro que son bromas.
- ¡Vale, arréglemelo!.
- ¡No, mi niño. Me tiene que dar 3000 pesetas ahora y el resto cuando venga a retirar el coche!.
El cliente se pone a extender un cheque y el tapicero echa una mirada al cheque y otro a un cartel que Pancho les había confeccionado y que estaba situado en lugar bien visible del taller. ¡Vamos, aparatosamente visible!. El cartel decía:
y se mantenía adherido a la pared mediante un montón de talones bancarios devueltos (ver dibujo) cuyo impago les tenían al borde de la suspensión de pagos o el cierre por defunción empresarial.
Mirada al cheque, mirada al cartel, otra mirada al cheque, otra mirada al cartel, hasta que el cliente le dice:
- ¿Qué, no me va a coger el cheque?
- ¡Vamos a ver, el poblema no es que le cojamos el cheque!. ¡Yo sé que Vd. me va decir ahora que tiene fondos y todo eso!. ¡El poblema es que mi socio y yo nos pasamos el día riéndonos y diciendo: chacho, como nos la pegó el tío y lo serio que parecía el hombre, con su chaqueta cruzada y todo!. ¡En fin vamos a cogerle el cheque y pá que lo sepa, usted se lleva su coche ahora y a la tarde vuelve cuando yo haya cobrado el cheque y se lo reparamos!. ¡Eso sí, el último pago lo quiero en efectivo o no saca el coche de aquí!.
Y dirigiéndose a Pancho dijo:
-¿Panchito, usted va a ir ahora p´abajo pal Parque Santa Catalina?
-¡Si, Nito, pero primero tengo que ir al Lugo a dejar un encargo!
-¡Vale y así pasamos por Comercial Cid si a usted no le importa y compro el vinilo!.
Dicho y hecho. Al Lugo. A Comercial Cid que le negó dos veces la mercancía porque “había excedido el crédito” y bajo palabra de: ¡Ahora mismo vengo y le pago que voy a cobrar un cheque”! se la dieron.
Mercancía al coche de Pancho y para el Banco de Canarias, en el Parque. Estaba justo en el edificio donde hoy está la biblioteca de la Consejería de Hacienda del Gobierno de Canarias.
Pancho acompañó al tapicero. Entraron en el banco y entregaron el cheque al empleado de la entidad bancaria. Este, tras unas consultas telefónicas se levantó y haciendo señas de que se acercara por detrás de una columna que estaba al otro lado del mostrador, le dice:
-¡Perdone señor pero el talón no tiene fondos!.
La respuesta del tapicero fue la que motivó que les haya traído esta historia:
-¿Qué dice usted que el cheque no tiene fondos?. ¡Fondo, lo que se dice fondo, sí tiene!. ¡Lo que no tendrá es altura!.
Recogió su talón y al salir a la calle me dijo:
-¡Ya coñoooo, Pancho! y ¿quién le paga ahora a Comercial Cid?.
Dedicado a mi amigo Domingo Armas Barrera, “El zurdo”
Los perros calientes

Este José María no es el pastor de Caideros. Es otro, este era de Tirajana. Hombre poco hablador, alto, seco, solterón, vivía solo.
Su casa, en esquina, estaba totalmente rozada en un costado por los vehículos que entraban a la calle lateral. El motivo del acercamiento a la pared estaba en que en la otra parte de la calle, corría el agua por una acequia a cielo abierto y el personal huía de meterse dentro del agua.
Para defender su casa, José María estableció una estrategia. Primero puso unas piedras pintadas con cal como “mojones” y como se las quitaban –él las ponía por el día y los vecinos se las quitaban por la noche- terminó haciendo un cercado de un metro de ancho pegado a largo de toda la casa y allí plantaba sus verduritas ¡conste que no he dicho hortalizas! , millo y alguna parra. Gracias que no le dio por plantar matos.
La calle se estrechó de mala manera y el problema es que había que hacer muchas maniobras para poder pasar los coches.
A Pancho, que en ese entonces era concejal, lo tenían amargo los vecinos para que les quitara el “cercado” de la entrada de la carretera y poder entrar sin dificultades con sus vehículos hasta sus casas. No termino de explicarles como se consiguió resolver el problema porque no es el motivo de la historia. Se resolvió y punto, que diría el demócrata.
Pues ahí voy con la historia. José María fue al hospital porque se encontraba “jodido” de la barriga. A los quince días de estar ingresado Pancho fue a visitarlo. Le preguntó como estaba, como le trataban y entre otras cosas, que si le gustaba la comida. Su respuesta me hizo tanta gracia que me costó mantener la postura. Es esta que hoy les cuento a ustedes:
-¡Mire Pancho, “ajitito” (ahíto) me tienen!. Me estaban dando unos choricillos como de carne que ¡Oiga, hasta me gustaban!
Pero un día la enfermera me dijo:
-¡José María, mucho le gustan a usted los perros calientes!
-Y… ¡me cago en la madre que me parió! ¡Comer yo “pinguillas”(sic) (1) de perro! ¡Me vomité todo! ¡Y la mayor parte de los días me pregunto, pá(ra) mi, pá mis adentros; que de donde coño sacarán tanto animalito. Estarán en granjas o algo, porque igual hasta los crían pá (ra) después hacerles esa herejía, de cortarles sus partes!
Y claro: la salchicha de un perro caliente ¿Qué otra cosa podía ser?
(1). Como me lo contaron, lo cuento.
Un premio. Gracias.
Hemos recibido el premio Blogs Gran Canaria. ¿Qué podemos decir? No era la pretensión. Gracias, amigos.
Juan, el niño de Artenara
Juan nació y vivió en una casa-cueva de Artenara. Hoy vive en el sur, añorando tiempos pasados. Huérfano de padre a los siete años. Siendo el hijo mayor, a los catorce años iba a trabajar a las plataneras en Gáldar, para ayudar al sustento de su familia. Caminando iba y venía al trabajo. Salía de su casa los domingos al mediodía.
La distancia es enorme, cerca de ocho horas la ida y no menos de doce la vuelta. Bajaba por Tamadaba a la Vecindad de Enfrente, en Agaete y desde allí hasta la finca en el Agujero (Gáldar). La vuelta la hacía subiendo por Caideros. A veces tenía suerte y le transportaba algún carro o camión agrícola aliviándole algo el camino. ¡Qué sufrimientos aquellos! Hoy vamos en coche hasta para ir a comprar a la esquina.
Cuando llegó el sábado al mediodía, el encargado le pagó el jornal y le dijo que si quería podía llevar plátanos para su casa. A Juan se le pusieron los ojos como platos. Preguntó:
-¿Cuantos me puedo llevar, don Agapito?
- ¡Los que usted pueda cargar, Juan!
Juan buscó dos sacos de arpillera –de los de papas- y en uno puso los más verdes y en el otro, los maduros. Los anudó por la parte superior y los cargó sobre su hombro. Llevaba alrededor de veinte y cinco kilos de plátanos.
Cogió el camino de la cumbre –todo cuesta arriba, claro-, y cuanto más avanzaba más sufría el peso de la carga. Iba cambiando de hombro pero se le clavaba más y más en su carne. Ponía las manos bajo el nudo para separarle de su piel pero entonces se le iban “endurmiendo” las manos.
A eso de las tres horas de camino descansó y aprovechó para comer. Cogió un plátano maduro, lo peló y cuando iba a comérselo pensó en su madre, en sus hermanos y en el manjar que les llevaba. ¿Saben lo que hizo?
Abrió el plátano –lo peló- y se comió ¡las cáscaras! guardando la pulpa para llevarla para su casa.
Las cáscaras solo sirvieron para quitarle las ganas de comer hasta que llegó a su casa.
Según me contó, llegó a la medianoche. Estaban todos dormidos, solo su madre le estaba esperando. Cuando le vió llegar cargado de aquella manera y Juan le contó la odisea, a la madre se le saltaron las lágrimas y los dos juntos estuvieron un rato llorando. Al día siguiente por la mañana, todo el mundo a la mesa. En el centro de la misma, una hermosa “pella” de gofio y plátanos. Sus hermanos comían con avidez. Juan se levantó y miró con orgullo a su familia. El había cumplido como un hombre y en ese momento se acordó de su padre. Se me ocurre que aquí fué donde se inventó la letra de la folía que dice:
Padre mío, padre mío
no te debes preocupar
la mujer que tu dejaste
yo te la voy a cuidar
aunque me cueste la vida.
Hoy tenían comida especial y él no tenía ganas. ¡Todavía estaba lleno de la “jartada” de cáscaras que comió por el camino!.
La historia es real y me la contó el protagonista con lágrimas en los ojos.
¿No les parece bonita y enternecedora?
El cura de Tunte

Cuentan que un señor de Ayagaures se puso “malito”. El hombre, “estaba más pallá que pacá”. La familia mandó al hijo que fuera de prisa a San Bartolomé de Tirajana a buscar al cura , para que le diera los Santos Óleos. También se dice
En honor a la verdad, hay que decir que el hombre ya había fallecido. Pero al hijo no le dijeron nada por la creencia de que “si le rezaba el cura, iba al cielo, sino se quedaba dando tumbos en el purgatorio”.
Ya anocheciendo llegó mi hombre al pueblo. Preguntó por el cura y le dijeron que estaba echando una manita a la baraja en el bar de Martín. Allí se personó, esperó a que terminara la partida, le explicó al cura a lo que vino y, los dos se fueron para la iglesia.
El cura se puso la estola, cogió los elementos religiosos y partieron a pie hacia
-¡No. No mucho! ¡Allí detrás de esa montaña es!
-¡No mucho! ¡Allí detrás de esa montaña es!
-¡Estamos llegando. Detrás de esa montaña está la casa!
- ¿Como se llama tu padre?
- ¡Juan García!
De forma ostentosa y solemne el cura hace la señal de la cruz, para bendecir al enfermo. Mano a la cabeza, al pecho y de un hombro, al otro hombro. A la vez que, con la vista perdida en el horizonte, recitó con voz alta y grave esta letanía que ha quedado para la posteridad:

Chanito en el Hospital Insular

Chanito anda mal de la próstata. Lleva en el hospital catorce días y se ha vuelto una especie de cónsul de su pueblo en la capital. Todo el que baja para Las Palmas va a visitarle y, si tenemos en cuenta
a) que la gente del campo es muy “visitona”,
b) que tiene ocho hermanos; todos casados, con sus respectivos cuñados y cuñadas, concuños, sobrinos, primos, amigos y demás familia, y
c) que todo el que tiene hora para consultas externas sube a las plantas para visitar a la gente del pueblo internada.
¡No vaya a ser que se entere que estuvieron en el hospital y no fueron a visitarlo!. Por todo ello su habitación parece el mercadillo de San Mateo en domingo.
Como hombre preocupado por su comunidad le gusta “bastante” estar informado de lo que pasa en el centro hospitalario: quien está ingresado, qué dolencia padece, quien viene a acompañar a los enfermos, quien se queda por las noches, etc, etc. Vaya esto por delante para que puedan entender mejor la conversación que escuché a la puerta de su habitación, mientras esperaba haciendo cola para preguntarle por su salud.
Chanito estaba comentando a la visita que tenía dentro: Julita la viuda, mujer de las que llevan y traen de lo lindo, las novedades:
-¡ No señora!. ¡Juana vino porque está jodida de la vista!. Está abajo en la consulta del “doctor mólogo” (1)
- Chano, ¿tu sabes si también está también ingresado Minguín?.
- Sí. Pero ese es porque tiene mal los “ritmicos”(2) del corazón, está arriba en la 508, haciéndole las "prebas". Otro que ingresó ayer, por la tarde, fué Manolo, el de Jacintita, está en la 745 por algo de “médulas” (3) en la garganta. ¡Lo trajo ayer la ambulancia!
(1) Oftalmólogo
(2) Arritmia
(3) Nódulos
Creo que Chanito siempre soñó con ser médico. El problema es que antes no teníamos Universidad en Gran Canaria y que su hándicap - y no es flojo el argumento- está en no saber más que las cuatro reglas. Así que toca admirar su facilidad para traducir palabras tan técnicas al lenguaje popular, para que............ ¿ se entiendan?.
Recuerdos al amigo lagunero, Pedro Molina.
La mano de plátanos

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Fefita, la de Tenteniguada

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Otra de José María, el pastor.
En el mes de Julio escribí una historia denominada El Pastor de Caideros.
Me quedó el gusanillo de conocer más sobre el personaje, José María. Pues bien, el pasado sábado tuve la suerte de tropezar con una persona que le conoció personalmente: Don Arturo Diaz Godoy que regenta el comercio denominado Artesanía Canaria, en Lomo Guillén (Guía).
En su establecimiento -mientras compraba un trozo del estupendo queso de la zona- tuvimos esta conversación que resumida quiero repetir para ustedes:
-Sí, conocí a José María. Era un hombre alto, pelo cargado, con su gran bigote. Muy listo e inteligente, vestido con su traje de lana de oveja negra. Dicen que esos trajes dan mucho calor, pero yo siempre oí que la lana ataja al frío y al calor. Para eso llevaba un forro de raso que mantenía la parte interna fresca en verano y caliente en invierno. Sus botas herradas, hechas a mano en Agaete. Siempre montado a caballo. Tenga en cuenta que en aquella época había pocas carreteras y el mejor (y único) transporte para el mundo rural eran las bestias, por lo que era más una necesidad que un lujo. No obstante, hay que decir que José María, tenía un espléndido caballo, como no podía ser menos para un gran conocedor y amante de los animales como él..
Un día estaba conversando conmigo aquí, donde mismo está usted ahora, esperando al “coche de hora” para ir a Las Palmas, a hablar con su abogado. De repente, pasó el coche y no paró. José María, corrió hacia la puerta, gritando:
¡Ah, reniego del diablo, toa la mañana esperando por ti y ahora pasas como un “cuete”, coño! (sic).
E introduciéndose los dedos en la boca, al estilo de los pastores, soltó un agudo silbido que llegó perfectamente al chófer y paró enseguida.
Don Arturo, a quien acompañaba su esposa, doña Rosa Benítez Hernández, -más de cincuenta años casados- me siguió contando:
José María tenía una finca muy grande, con muchos linderos.
Quiero advertir al lector el sentido de la frase: Tener muchos linderos, es tener muchos problemas con las lindes, porque en el campo, como es sabido y casi siempre por la noche: caminan los mojones, avanzan cañas y tuneras cerrando caminos, se cambia la torna del agua, etc.
Por ventura, estas cosas apenas suceden hoy pero en aquellos tiempos, en el mundo rural tenía plena vigencia la máxima: Herencias y lindes, mondongo de abogados.
Por una cualquiera de esas causas, iba el pastor a hablar con el picapleitos.
Para abreviar la historia nos situamos -de golpe- en el bufete del letrado, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria.
-¿Cómo va la cosa, don Ifigenio?.
-Bien. Vamos escapando, José María.
-¿Y mi asunto?
-Ahí va. Al golpito. Tu sabes que las cosas de palacio, van despacio.
-Aquí le traigo un quesito.
Está claro que era "pá tenerlo más a la mano". Así un día llevaba queso, otro un saco de papas, un "puñito" –medio saco- de millo, etc. Hoy no se entiende que se llevara millo a un abogado, pero era época de miseria y hambre, con escasez de todo, especialmente de alimentos.
Siguiendo con la historia, José María perdía todos los pleitos. Y la respuesta de hoy de don Ifigenio fue diferente:
-¡La cosa está jodida, José María. Se perdió el pleito. ¿Que le vamos a hacer?. Vamos a hablar de los honorarios, porque yo también tengo que comer.
-¿Y cuanto es la cuenta, señor?
-¡Seiscientas cincuenta pesetas! ¡Pero te lo voy a dejar en quinientas por ser tu y no te gano nada, porque eres como de la familia!.
- ¿Quinientas pesetas? ¡Pues muchas gracias, por cobrarme solo los gastos! Mire, las cuentas mías son éstas: Cuatro quesos, un baifo, tres sacos de papas y uno de millo, hacen un poquito más de quinientas pesetas. Y , como familia no le cuento los gastos de transporte.
¡Así que cuenta con pago. Ni le debo ni me debe. Buenas tardes, Don Ifigenio!
Mi agradecimiento a Alberto Soto por su dibujo. Vean el artículo de finales de Septiembre denominado: Los dibujos de Alberto
Manolo, el de Gáldar

Mi personaje de hoy se llama Manolo, muy conocido en Gáldar, en los alrededores de la calle Larga, con su cara de niño. Lo recuerdo siempre igual, es de esa gente que no envejece nunca.
Por su popularidad Arístides Moreno le dedicó, en su primer disco, un tema: "La bondadosa sonrisa de la vida (a Manolillo el "sunomá")", donde el desaparecido José Antonio Ramos, colaboró tocando su timple. También aparece Manolo en un vídeo clip que se exhibió durante un tiempo en la televisión.
Este chico siempre ha sido muy querido en Gáldar, y acostumbraba, no sé si lo sigue haciendo, a acompañar a los camioneros en sus viajes por la isla.¡ A Manolo lo que le gusta son los camiones!. ¡Ahí si que disfruta!.
Pues bien, un día, Manolo venía de acompañante en un camión que bajaba de Montaña Alta. (ver croquis). Al llegar al cruce con la carretera general en Guía, a la altura del Albercón de la Vírgen, y para girar a la izquierda e ir hacia Gáldar, el chófer le dice:
- Manolo mira a ver si viene alguien de Las Palmas.
- ¡No, sigue!. -contesta Manolo.
El camionero reanuda la marcha, fiándose del copiloto y en ese momento el camión impacta con un coche que venía desde Las Palmas.
El camionero, cabreado, le dice:
- Manolo. ¿No te dije que miraras a ver si venía alguien de Las Palmas?
- ¡Y no venía nadie, ése es de Gáldar, que lo conozco yo de toda la vida, coño!.
Los dibujos de Alberto

la máquina de "solfatar"

Como diría con sorna el historiador, la llegada de la máquina fue un importante avance en las tareas agrícolas de la comunidad. El problema se planteó cuando todos los vecinos se la pedían prestada. Los menos se la devolvían limpia y en buen estado, los más eran poco cuidadosos con lo ajeno. A los dos meses parecía un cacharro viejo.
Mastro Juan se iba "calentando" más y más conforme se la pedían. Les decía:
-Señooores, cómprense una máquinita que me la están rompieeendo.
Isidrito era uno de los que entre bromas, decía:
- ¡Teniéndola tu, la tenemos todos, Juan!. ¡Tu no eres malo!
Un buen día Isidrito mandó a su hijo a pedirle prestada la máquina y...
- Mastro Juan, dice mi padre que si le presta la máquina de solfatar.
- Le dice Vd. a su padre que la máquina no se presta más a nadie. Que el otro día la dejé y me la trajeron con el pitorro "tupío". Juan, el mío, la llevó a arreglar y ahora no se presta. ¿Vale?.
Isidrito se tuvo que fastidiar y "solfatar" con una escoba de albeo. ¡Para que se hagan una idea, como el cura cuando en la procesión tira el agua bendita con el hisopo! Así mismo.
Un mes más tarde, Mastro Juan vió pasar por delante de la puerta de la zapatería al chiquillo de Isidrito que se llamaba como su padre:
-¿Vas pa tu casa, Isidrillo? ¡Díle a tu padre que me deje el macho que tengo la cabra "descompuesta" y me lo traes tu mismo! ¡Corre que te doy una peseta por el favor!
El chiquillo corrió a la casa privado. Se iba a ganar una peseta nada más por llevar el macho. Se lo pidió a su padre y esta fué su respuesta:
- Vaya Vd. a la zapatería y le dice a Mastro Juan que el pitorro del macho mío lo quiero pá solfatar las papas. ¡Mucho estaba tardando el caballero en pedir el favor! ¡ Donde las dan, las toman!
Las alpargatas
Años 50 y 60 del siglo pasado en el campo. ¿Qué niño llevaba zapatos a diario? Alguno habría, digo yo. Los hijos de los ricos. Los demás, es decir, nosotros, teníamos solamente unos de salir. Los días laborables, ibamos descalzos, o con zapatos viejos, raídos. Para ir al colegio, llevábamos alpargatas. Las había de varios tipos:Con la tela blanca reforzada, en la punta y el talón y piso de esparto. Muy caras. Como las de la foto.
Con la tela blanca reforzada, en la punta y el talón y piso de goma. Precio medio.
Con la tela blanca sin reforzar y piso de goma. Baratas.
Vamos a detenernos en estas últimas que eran las que yo llevaba. Al poco tiempo de estrenarlas, empezaban a estirarse y se salían por la parte del talón. Si se te mojaban por causa de la lluvia o al cruzar una acequia, adiós alpargatas, porque se estiraban de tal manera que no había quien las mantuviera dentro de la pierna. Para evitarlo, hacíamos un nudo en la parte trasera de la tela, junto al talón para que no se salieran, pero el “dichoso”nudo producía dolor al roce con la piel.
Las alpargatas solo nos las poníamos para ir al colegio. Si se armaba un partido de fútbol –con pelotas hechas de tiras de plataneras- lo primero que hacíamos era quitárnoslas y meterlas en el pantalón a la altura del cinto. Cualquiera las dejaba sueltas. Porque como se decía antes, si me las llegan a quitar, mi madre me mata.
La duración de un par de alpargatas está perfectamente definida en esta frase de la época:
30 días sanas, 30 días rotas
30 días esperando por otras.
Para las niñas, las alpargatas eran como las de los niños en cuanto a materiales: de tela, piso de esparto o de goma, pero con una diferencia fundamental. Eran de dos colores: rojo y azul, indistintamente la parte delantera y trasera. No se amarraban delante como las de los niños, sino que tenían unas cintas muy largas en la parte trasera y se ajustaban trenzando en la pantorrilla.
Como verán, los canarios también hemos pasado estrecheces a lo largo de nuestra historia. Cuando nos quejamos de "lo mal que está todo", debemos reflexionar sobre el uso consumista que hacemos de las cosas, y como un ejemplo claro: ¡Qué diferencia entre las alpargatas rotas de antes y las zapatillas deportivas de hoy!. Muchos pueblos -las 2/3 partes del mundo- viven aún en esa situación o peor. Y los canarios lo sabemos bien. ¡Cuántas personas están muriendo por intentar llegar a este mundo de lujo y despilfarro!
la oveja de Margot

Tengo un amigo del campo que es amante de las palabras nuevas. Su nombre, Francisco Bordón (iniciales FB). El hombre está al día, como diría el fino, de los anglicismos, galicismos y otros extranjerismos que se incorporan a nuestra lengua. Cuando una palabra empieza a ponerse de moda, por ejemplo puenting, piercing…etc. rapidamente él lo incorpora a la conversación cotidiana. El problema es que no pronuncia muy bien el inglés y lo traduce de oídas. Hace algún tiempo tuve con él esta corta conversación. Me paró en la carretera y dijo:
-Pancho, quisiera regalarle a mi nieto unas canciones para Reyes. Mi mujer me apuntó el nombre de un grupo de música que le gusta al niño. Usted que va todos los días pá Las Palmas porque no me trae, que yo se lo pago, un compartir de la oveja de margó. Aquí se lo tengo apuntado.
Cogí el papel, lo leí y dije:
-Perdone, ¿como me dijo usted?
Listo como el hambre, al notar que mi respuesta era socarrona, inmediatamente contestó:
-¿Está mal dicho? Seguro. ¿Cómo se dice, eh?
¿No lo entendieron?. Pues va por escrito.
Un compact-disc de la Oreja de Van Gogh. ¿Vale?

