
-->

Hoy quiero mostrarles la fotografía de una piedra, situada a la orilla de la carretera de Los Cuchillos, entre los kilómetros 12 y 13 de la misma, en dirección Santa Lucía de Tirajana. Está cerca del letrero que indica la máxima altitud de Los Cuchillos (
Su forma me recuerda el contorno de
-¿Cómo estás, español?
Seguro que a ustedes les pasará lo mismo y tendrán sus propias piedras, lomas, roques, montañas… Paisajes en fin, que les recordarán alguna figura humana o animal cuya visión les retrotrae a su niñez o juventud.
No crean por ello que son ustedes unos débiles, como rápidamente alguien intentará catalogarles, significa por el contrario que algunos vamos por la vida con la cabeza levantada, por eso vemos más que los demás y disfrutamos con la observación de las cosas, porque mantenemos intacta la curiosidad del niño.
Hay determinadas formas que se han incorporado a nuestra vida y figuran en nuestro imaginario colectivo: El Nublo, Bentaiga, Fraile, Dedo de Dios (después de la caída: El Dios sin dedo),
La vida no solo puede ser trabajar y trabajar, también debemos dar alguna vez rienda suelta a la imaginación y para ello, nada mejor que levantar la cabeza, especialmente las personas que viven en ciudad. Lo más alto que ven es la segunda planta de los edificios, siempre con la vista baja, sinónimo de tristeza.
Quiero terminar con la letra de una canción canaria, que dice:
Y me preguntas a mí
De qué color es el cielo
Como lo voy a saber
Si dende el amanecer
Me encuentro cavando el suelo.
Adiós.

Hace poco tiempo subí una historia titulada: Otro refrán canario. La frase central fue Cacharro viejo, esparramaero de gofio.
Pues bien, este fin de semana, en mi caminar por las cumbres de Gran Canaria, me he topado con otro que tiene el mismo significado: Zurrón viejo, todo son botanas. Llevado de su curiosidad, enseguida Pancho preguntó que es una botana. El señor que empleó el refrán contestó que siempre lo había oído y creía que era un nudo en un zurrón para tapar un agujero y así no se saliera el contenido. Me interesé por la dichosa palabra y vean lo que dice el diccionario de las palabras, botana, odre y zurrón, que están relacionadas:
botana.
odre.
zurrón.

Para saber más sobre las botanas me fui a ver a Pepito Guedes, el pastor, residente en Casa Pastores, término municipal de Santa Lucía de Tirajana. El origen del nombre de este barrio pujante donde viven no menos de 4.000 vecinos, está en una casa, precisamente la de los pastores, única existente en su día y que dió su nombre a esta entidad de población. Las fiestas tienen también como advocación al Buen Pastor, su patrono.
Embelleciendo la entrada al lugar existe una escultura donde un pastor acompañado de su perro, cuida cabras y ovejas, respetando y recordando los orígenes e importancia de la ganadería caprina y ovina en esta zona. El pastor se parece muy, mucho a Pepito. Yo diría que fue el modelo del escultor.
Sigamos con nuestro hombre. Cuando le dije que estaba intentando saber lo que era una botana, me miró extrañado por la pregunta y con la tranquilidad que le define, me dio la explicación sencilla que quiero trasladarles a ustedes.
-¡Hombre, si un zurrón se pica, hay que ponerle un parche para que no se salga el contenido ya sea agua, leche, gofio o cualquier cosa!
Y cogiendo un saco que tenía a sus pies, lleno de zurrones de diferentes tamaños, eligió uno de ellos y señalando un amarre situado en el cuello del baifo, dijo: ¡Esto es una botana!
Siguió buscando entre los otros para ver si encontraba algún parche. ¡Aquí no tengo, pero en mi casa si los hay con botanas pequeñas! A veces, se me pica alguno y le pongo una botana¡ ¡Cuando el agujero es más grande se le mete un palito de madera, ajustadito a la picada. Luego se le hace un tope a la madera por delante y por detrás para que no pueda salirse y con la propia piel se cierra de forma tan segura que ya no se vuelve a soltar! Vean lo coincidencia con la segunda acepción de la palabra botana.
En fin, el refrán viene a recordar que cuando una persona es ya mayor, aparecen las ”botanas” en forma de tensión alta, pastillas para los nervios, pérdidas leves, jaquecas, presbicia, etc. etc.. Ya tenemos otra palabra, para utilizar en el lenguaje diario. Empleémosla con propiedad.

Mariquita tenía una tienda de aceite y vinagre, de esas que ibas sin dinero y traías para la casa lo que necesitabas. Se apuntaba en la libreta y a final de mes –aquel que podía- liquidaba su deuda y el que no se escondía hasta el mes siguiente. Ella tenía un temperamento fuerte pero era muy buena persona.
El alcalde conocía la gran afición de los muchachos del pueblo a jugar al fútbol. Algunos habían pasado de la pelota de trapo -hecha con calcetines viejos y trambojos (1) bien apretados y cosidos- al balón reglamentario que había aparecido ultimamente en el parque. Este tenía una parte ajardinada, donde había unas flores preciosas y otra parte enlosada para el paseo. Ahí es donde jugaban los niños a la pelota, con graves consecuencias para las plantas.
Para evitarlo, el regidor municipal propuso alquilar un terreno colindante con el parque para que los muchachos jugaran allí, evitando el daño a las plantas y así lo aprobó la corporación. Uno de los lados del terreno lindaba con la casa y tienda de Mariquita, una pared de piedra y barro.
En principio, el cambio de campo le vino bien a la tendera. Cuando no le liquidaban la “droga” (interprétese como deuda) del mes, localizaba al hijo de los deudores y le decía:
-¡Mi niño, dile a tu padre que Mariquita tiene la cuenta preparada!
Cuando había pasado un tiempo del cambio de terreno, a Mariquita “se le fue llenando la cachimba” -quiere decir: se fue cabreando- porque a cada momento la pelota o el balón caían dentro del patio de la casa o en el tejado y los niños a pedírselo y ella a entregarlo.
Harta de tanta colaboración, un día decidió no devolverlas y las iba acumulando en la casa vieja. Mientras los niños tenían otras pelotas de repuesto, no reclamaron.
Cuando se acabaron los balones, decidieron hacer un hueco en la pared de la casa de Mariquita para entrar a buscarlas. Arrancaron con las pelotas y disimularon el agujero tapándolo con piedras.
Una de las veces el agujero se quedó abierto. Cuando la tendera se dio cuenta, toda alarmada fue en busca del alcalde y enseñándole la pared gritaba:
-¡Señor Alcalde, mire el machinal (2) que me abrieron en la pared! ¡Mire el machinal! ¡Mire el machinal!
Ustedes saben como son los pueblos y claro, a partir de ese día a la tienda se le conoció como la de Mariquita Machinal.
---o0O0o---
(1) tramojo. (Que no trambojos)
(2) mechinal. (Que no machinal)

En la época de la posguerra había un zapatero en Santa Brígida (Gran Canaria) llamado Felipe, al que todo el mundo conocía por Felipito.
Un vecino del pueblo, Narciso (también conocido por Siso), persona muy seria, decidió llevar el único par de zapatos que tenía para que le pusiera suelas. Los pobres estaban ya muy gastados y necesitaban una reparación urgente. Lo peor es que Siso solo tenía ese par de zapatos para ir los domingos a misa. El resto de la semana se remediaba con unas alpargatas de esparto, incluso para andar alrededor de los animales. Por esta razón en el momento de entregar los zapatos le pidió encarecidamente a Felipito que los tuviese preparados para el próximo fin de semana. El zapatero le dijo que no se preocupara, porque el sábado los tendría. ¡Vamos, mande usted a su hijo a buscarlos el sábado sin problemas!.
Llegado el día, se presenta el hijo de Narciso en la zapatería. La respuesta del zapatero fue
-¡Dígale a su padre que me perdone, pero no pudo ser, estarán con seguridad para la semana que viene! ¡Tuve que ir a Las Palmas a buscar suela y material para la zapatería y no se pudieron arreglar a tiempo!.
El niño se fue sin los zapatos a casa contándole lo sucedido al padre. Sin más remedio, tuvo que ir a misa al siguiente día con las alpargatas.
El caso es que el zapatero, sí que había arreglado los zapatos a tiempo, les puso suelas y unos cordones nuevos, y después de darles una mano de grasa de caballo y dejarlos bien lustrados quedaron como nuevos. Después de quedarse mirando para ellos un rato, recreándose en su trabajo, haciendo gala de la picaresca por la que era conocido en todo el pueblo, Felipito pensó para sí, para sus adentros
-¡Ya que los arreglé tan bien, para estrenar los zapatos primero estoy yo!.
Ya se los devolvería a su dueño. Así que se presentó en la misa con los zapatos de Narciso puestos. Le quedaban como anillo al dedo.
El zapatero era pícaro y un poco sinvergüenza. Pero a cada uno lo suyo, lo que tenía de bandío lo tenía también de buen artesano. Los zapatos quedaron tan nuevos que ni el dueño los conoció cuando lo saludó a la salida de misa, con estas palabras
-¡Hombre, Felipito! ¿qué pasó con mis zapatos?. ¡No me los arregló usted a tiempo, y mire como tuve que venir al pueblo, con las alpargatas! ¡por el amor de Dios!
A lo que Felipito, haciendo gala de su ingenio contestó
-¡No se preocupe usted por sus zapatos que.. "en ellos ando Narciso, en ellos ando".
Mi agradecimiento a Jesus Quintana Alvarado
Lo oí estos días en el Hospital Insular, departamento de consultas externas, de labios de una enfermera.
Nos situamos para presenciar la escena:
No menos de treinta personas esperando para entrar a la consulta del médico. La enfermera va llamando uno a uno, a través de un altavoz. Acompaña al enfermo hasta el despacho del doctor, con la historia clínica en la mano. Vuelve a la ventanilla, recogiendo papeletas, historias y atendiendo al público con simpatía y diligencia.
Con todo este trajín, un señor mayor –un enterao, le decimos aquí- se le dirigió, tres veces seguidas, para hacerle reclamaciones.
Primero, que si iba a tardar mucho el médico en atenderle, pues tenía que ir a otra consulta a la planta baja.
Al ratito, se levanta otra vez y se acerca a la ventanilla.
-¿Señorita, Vd. me llamó?
-¡No, caballero, pero le llamamos enseguidita, no se ponga nervioso!
Contestó la enfermera, arrastrando las palabras y dejándose dir pál pie.
-¡Es que como fui al baño, a lo mejor me había llamado y yo no la sentí!
-¡Pues no, señor! ¡Pero, tranquilo que ya no tarda mucho!
Pasa un par de minutos y otra vez el hombre en la ventanilla
-¡Mire a ver, mujer que se va a ir la hora de pasarme por la pantalla!
-¿La pantaáalla? ¿No me dijo Vd. que tenía otra consulta en la planta baja?
-¡Mire, señorita, yo tengo de todo!¡Ya usted sabe que cuando uno llega a viejo!
La respuesta me hizo mucha gracia.
-Si, ya he oído decir que: ¡Cacharro viejo, desparramadero de gofio!
¿Descriptiva, verdad? No necesita ninguna aclaración.
Eso si. La palabra que usó (en versión original) fue: esparramaero
-----------------o0O0o----------------------

La llegada a Venezuela
Con el afán de rescatar decires antiguos, les ofrezco hoy éste referido a la cacería. Entiendo que significa: ¡A cada persona, el trato que merece!
La gente de nuestra isla ha sido siempre muy aficionada a tener sus perritos, hurones, la escopeta, pasar la revista ante la Guardia Civil, el permiso, el seguro, etc. etc.
Las molestias de los perros, ladrando fijo, especialmente por las noches y las enemistades que se producen en la vecindad, no han logrado hacer desaparecer este deporte. Es conocido que esta afición se transmite especialmente de padres a hijos. De padre cazador, hijos cazadores.
Vamos ahora con la historia
Hace muchos años llegó un peninsular a la zona de San Mateo y al ver la afición que allí existe, el hombre se la quiso echar de gran cazador. Era marido de doña Constanza, la maestra de escuela. Su nombre Carlos, pero le gustaba que le dijeran don Carlos. Cuando lo oyó, Zacarías dijo para sus adentros
-¡Don Carlos, nóoo! ¡Don leches!
El marido de la maestra mandó a traer un perro cazador de su tierra. ¡Sus perritas, le costaría! Y un día apareció por el pueblo con un ejemplar precioso de cacería, brillando (cuando nuestra costumbre es dejarlos con poca comida para que cazaran)
Zacarías, cuando lo vió suzurronaba (susurraba) en voz baja con el personal
-¡Ese perro no caza náa, igual me equivoco, pero no lo creo!
Carlos volvió loco a todo el mundo con su perro, no tenía otro tema de conversación. Siempre que había gente en la plaza, lo sacaba a pasear. Yo creo que era para presumir.
Una noche en el bar y en medio de una partida a las cartas, tanta lata dió a todos con su perrito que al final se preparó una salida a cazar.
Llegado el domingo, estaban todos a primera hora en el punto convenido. Cuando llegó Carlos (don Carlos, don leches, el peninsular) empezó la fiesta. Sepan que el canario es muy burletero con los fachentos (presuntuosos, presumidos) y siempre están intentando cogerles la vuelta.
Empezaron a dividirse en el campo y a Zacarías ¡qué suerte! le tocó de compañero a don Carlos. ¡Oiga, vaya guineo que tenía el pinsular con su perro! Para no cansarles y así lograr que lleguen ustedes a conocer el final de la historia, les diré que a la vuelta todos regresaron con algo (conejo, paloma, perdiz) y el peninsular, sin ná.
Zacarías comentó en voz alta
-¡Yo se los (sic) había dicho, ese perro ve a los conejos y todo lo que hace es saludarlos y darles los buenos días!
El hombre mosqueado contestó
-¡Es que mi perrito no está acondicionado a la zona, porque le traje de la península!
- Caballero ¿Que le echa Vd. de comer al perro?
-¡Hombre, mi perro come muy bien, lo mejor que se pueda atender.
Zacarías remató de esta manera
-¡Ya sé porque no caza el perro! ¡Al perrito ahora, no hay que echarle de comer! Usted no ha oído decir aquello de A perro macho, gofio en polvo. ¡Pues eso, cristiano! La próxima vez que salgamos a cazar, yo le dejo un par de perros de los míos. Y este se lo deja a la señora como compañía. ¡Un perro tan bonito, no está para estropearse en el campo. ¡Y menos aún, si es vegetariano!