Hace más de veinte años, todavía no había nacido Acoidán, fui con su abuelo Bartolomé Sánchez Santana (Bartolito), buen amigo, a la casa de la Montaña, en San Bartolomé. Estaban regando las flores y observé que debajo de una maceta y con la intención de separarla del piso había una piedra redonda. Al mirarla más detenidamente me pareció una piedra de molino. Levanté la maceta y al intentar cogerla se me deshizo en las manos, partiéndose por la mitad debido a la humedad de tantos años. Un poco más allá y bajo otra maceta, estaba la otra piedra, la superior, ésta en mejor estado. Le pregunté a Bartolito y me contó algunas historias del pequeño molino de mano.
-Mire, Pancho, en esta casa vivíamos mis padres, Bartolo y Josefa, y cinco hermanos, cuatro varones y una hembra. El molino estaba aquí en la entrada y mis hermanos mayores dicen que siempre estuvo en este sitio, que fue de mis abuelos y por tanto tiene, como mínimo 100 años.
Me hizo mucha gracia, cuando prosiguió:
-Cuando venía algún muchacho a “mosiar”a mi hermana Benita, élla que tenía mucha simpatía, les decía: ¿Mira, ya que estás ahí parado porque no te entretienes mientras hablamos y me ayudas a moler un poquito de gofio?. El muchacho queriendo demostrar su fuerza, empezaba a darle vueltas al molino con mucha velocidad y Benita le iba echando grano sin parar. Cuando estaba cansado y se paraba un poco, le decía: Hay que ver que brazo más fuerte tienes y le daba un pequeño apretón en el bíceps para comprobar lo fuerte que estaba. El hombre arrancaba otra vez a moler hinchado de orgullo. ¡Alguno molió mas de tres kilos de gofio en una tarde!, dijo Bartolito.
Me contó también como eran las “descamisadas” (reuniones colectivas de vecinos donde en medio de una habitación grande se ponían las piñas de millo (mazorcas de maíz, les llaman en la península) consistiendo el trabajo en quitarle las hojas que rodean la piña dejando a la vista el precioso color dorado del grano. La broma principal de las descamisadas estaba en tirarse disimuladamente piñas a la cabeza de una persona que estuviera despistada o hablando con otra. Allí se oía la frase: ¡Señores, respeten!
Luego de dejar secar las piñas, se invitaba a la siguiente reunión- fiesta: la desgranada o desgraná. Como su nombre indica consiste en separar el grano del caroso, según el diccionario:
Carozo. Corazón de la mazorca de maíz, pieza que queda tras desgranarla.
Este caroso servía como leña para el fuego aunque no era muy consistente, pero ha habido malas épocas en la economía isleña, especialmente después de la guerra civil. Recuerdo una frase de uso popular que se aplica a una persona que está pasando una mala racha económica, se dice: Está desgranando piñas por los carosos. O sea que hacía el trabajo de desgranar a cambio de que le dejaran la leña. Según me cuentan las desgranadas terminaban con baile de cuerdas o de taifas. Bastantes parejas se conocieron, enamoraron y formaron familia en esas desgranadas y descamisadas.
El millo una vez seco estaba preparado para tostar. En el caso de Bartolito y siendo un molino de mano, se tostaba lo justo para ir consumiendo (dos o tres kilos, cada vez). Lo hacían en una cazuela de barro colocada sobre un par de piedras, donde se hacía el fuego con leña. Un palo, llamado “meneador”, en cuya punta se amarraba un trapo grueso, servía para mover el grano tostándolo de manera uniforme.
Como al principio les expliqué la forma de moler y además tenemos la foto del molino, el proceso completo de hacer el gofio está descrito. Descamisar, desgranar, tostar, moler y…comer.
Bartolito me dijo que me llevara el molino si lo quería, que a usted le gustan esas cosas y que igual tenía arreglo. Se lo agradecí y, al día siguiente como el que lleva un enfermo, envueltos en una manta los dos trozos grandes y varios pequeños en que se quedó convertida la piedra del molino viajó hasta la nave Daniel, el marmolista, hoy tristemente fallecido, persona que me tenía bastante afecto. Aparqué a la puerta de la empresa y le dije: Daniel, mira que cosa más bonita. ¿Me la puedes pegar?. Daniel la miró, fue a buscar una carretilla y con todo mimo se la llevó para adentro. A la semana me llamó y dijo: ¡Esto quedó que da gusto! ¿Quieres que te la pique?. Picar es dejar rugosa la superficie para que parta mejor el grano, porque de tanto moler se queda lisa y el grano resbala y no se parte bien. Fui a recogerla, Daniel no me cobró nada y se veía contento de haberme arreglado la piedra. ¡Era muy buena gente, Dios lo tenga en la gloria!
Más tarde, lo arreglé, de hecho ya hace gofio, le hice su mueble y hoy espera – y el que espera, desespera- junto a otras cosas antiguas, quedar instalado en un lugar que permita su disfrute visual desde mi asiento y que traiga a mi memoria, recuerdos tan lindos como el que dos piedras atesoran.