Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

La burra Perica y los sacos de gofio.



Mientras me vayan quedando en la recámara, no pienso dejar de escribir estas historias de burritos. Así que ¡ahí va otra!
¡Hombre bruto Federico! Piensa que los animales son como las personas y así les habla, les reprende y se “calienta” cuando no le hacen caso. No es violento,  quiero decir que no les castiga, su forma de demostrar el enfado es subiendo la voz.  Aquí va una prueba de lo que digo.

Tiene una burrita, de esas chiquitas “de la tierra”, de nombre Perica.  Acaba de ponerle la albarda y se dirige al molino a recoger el gofio que le den por los cuatro sacos de millo que llevó. Como todos ustedes saben, y si no lo saben para eso estoy yo, tiene que dejar la maquila(1), porcentaje que se queda el molinero por su trabajo.

Hace tres días llevó en la misma burrita al molino, seis sacos de aprox. 40 kilos de millo tostado, cada uno. Lo hizo en dos viajes (tres y tres).   En conjunto y en la báscula pesaron 238 kilos, una vez descontado medio kilo por cada saco.
 Ahora, el molinero le acaba de dar 210 kilos en tres sacos, o sea 70 kilos por saco. Haciendo cálculos, el molinero se quedó con el 10% por ciento, lo normal.  Miren la cuenta, se la voy a detallar:

238 de millo  -4 de mermas = 234 kilos netos;
(10% de maquila 23,4) - Redondeo 0,4  = 210, la cuenta está bien.

Ahora estamos en el momento de cargar a Perica. Federico monta un saco a la izquierda del animal, bien  amarrado a la albarda. Como está descompensada, le ayuda levantando el saco hasta que, cargando el otro a la derecha se equilibre el peso. Y ahí está mi hombre levantando el de la izquierda con una mano, cargando el de la derecha en la otra, la soga en la boca… Hasta que consigue amarrar los dos. El animalito se escarrancha y Federico empieza a levantar la voz
-         ¿Qué, ya te estás quejando? ¡Qué fina, carajo! ¡Póoos, entérate que todavía te falta otro!

Carga a sus hombros el saco que falta y lo deposita en la parte alta de la albarda. El animal rebuzna fuertemente, alertando del exceso.
Federico se rasca la cabeza, pensando y dice
            -¡La verdad que tienes razón, va a ser mucho peso! ¡Tendré que echarte una mano!

Y ¡eureka! diciendo para sí para sus adentros, encuentra la solución.
Federico baja el saco y  se sube (él) a la grupa. Vuelve a cargar el saco sobre sus hombros y dice gritando

            - ¡A ver si ahora te quejas que el saco lo llevo yo!  
Le da un golpito  y grita
      
            - ¡Parta, burra!

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado. Saludos…
Dedicado a mi amigo Pepe Armas, de San Bartolomé de Tirajana, hombre al que le gustan estas cosas.
Revisado por Laly Ramírez. Gracias.                        
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(1) maquila es la 'porción de lo molido, que corresponde al molinero'

La navaja está buena.


Antes de comenzar esta historia, conviene que le quitemos hierro a la palabra vómito o vomitona, pues de ello depende en buena parte el éxito final. ¿Se lo quitamos? Con lo que se descansa al hacerlo después de una buena comida y/o borrachera, incluso después de una mala noche.  ¡Pues, ya está!  Comienza la narración.
A Manolo, el de Gervasio, le pierden las copas. Pero ¡oiga! Hombre simpático cuando las lleva. Hay otros que son todo lo contario. De éstos, se dice que:  ¡Borracho cochino, no pierde tino!.
Tarde del sábado en la barbería de Francisquito. Establecimiento lleno. Entra Manolo y pregunta
       -          ¿Me quedan muchos delante, Francisquito?
       -          ¡Tres, con el que estoy pelando!
       -          ¡Pues voy aquí al bar de al lado, a echarme una copita!
No fue una copita, lo menos fueron seis. El caso es que a la hora y media, entra de nuevo en la barbería y dice
       -          ¿Qué, me toca el turno ya?
       -          ¡Ya se te pasó, Manolo. Ahora te quedan cinco!   dijo Francisquito sin inmutarse
       -          ¡Pues voy aquí al bar, a echarme una copita!

Este episodio se repitió otras dos veces y Manolo se volvía siempre  al bar “a echarse su copita”.

A la última vez, se encontró con la barbería cerrada. Tranquilo, se echó a caminar agarrado a la pared, tropezó con algo y cayó al suelo. Y allí quedó “botado”,  en medio de una vomitada.

Cuando despertó un perro estaba comiendo  y lamiéndole la cara. Manolo, sabe Dios en que estaría pensando, acertó a mascullar estas palabras

-         ¡Maestro, la navaja está buena, pero el bigote no me lo quite!


Dedicado con mi agradecimiento a don Domingo Corujo Tejera, amigo y admirable narrador de historias.

La Aceituna, también.


Paquito González está  arando allá arriba en Ariñez con su “yuntita” de vacas, -de nombres Blanca y Aceituna- al peso del mediodía. Pasan unos muchachos de ciudad en su cochito nuevo y al ver la estampa, dicen
-          ¡Vamos a sentarnos un ratito ahí a la orilla de la carretera y le tomamos el pelo al mago ese!
Dicho y hecho. Ya están los jóvenes sentados y Panchito que viene virando el surco a su altura.
-          ¡Maestro, buenos días: Una preguntita, si me lo permite!
Paquito para, clava el aguijón en la tierra, saca su pañuelo, se seca la frente y  exclama pausadamente
-          ¡Diga, hombre, si se le puede atender, aquí estamos!

-          Esas vacas ¿son del país?
Responde Paquito con tranquilidad
-          ¡La Blanca, sí!

-          ¿Y la otra?

-          ¿La Aceituna? ¡La Aceituna, también!
Los dos se quedan pensando: ¡Este hombre es “atrasao”!  Y cuando vuelve a pasar por delante de ellos el agricultor-ganadero, repregunta el otro joven
-          Mire señor ¿Y dan mucha leche esas vacas?
A lo que contesta Paquito, con cara de querer  enseñar
       -          ¡La blanca, sí!

-          ¿Y la otra?

-          ¿La Aceituna? ¡La Aceituna, también!

El otro  jovenzuelo le dice a su compañero
        -     ¡Coño, que bien te jodió el maúro! ¡Y parecía bobo!
 Con ganas de “recuperarse” vuelve a la carga y a la siguiente vuelta, cuando se acercó de nuevo la yunta a ellos, volvió a la carga
       -          Perdone, señor. ¿Porqué cuando le preguntamos  usted contesta que la blanca sí y la otra también? ¡Nos está tomando el pelo, señor!
       -          No.  Es porque  la blanca es mía.

-          ¿Y la otra?

-          ¿La Aceituna? ¡La Aceituna, también!

Arrancaron cabreados y con el color un poco subido. Ya de lejos, oyen a Paquito que hablaba con sus vacas:

¡Los viste, Blanquita: Otros dos bobos de Las Palmas!

Y yo me digo: ¡Cómo ha cambiado el panorama, antes los magos eran motivo de chistes y risas. ¿Y ahora?

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Aclaración innecesaria, creo yo, pero como soy así, la hago.
Aquí en las islas, a  los campesinos los "urbanitas" les llaman magos, maúros, gente bruta, etc. Y por eso, tienden a reírse de ellos. Acaban de ver la muestra. ¡No se deben permitir esos abusos, jajaja!

Saludos.

El robo del cochino


Era la posguerra, época de “jambre” y dificultades sin cuento.  La acción se sitúa en Lanzarote, pues allí mismo me la contaron.

Está llegando el día de San Martín, fecha en que se hace la matanza de los cerdos. Marcial es un pobrecito agricultor que solo tiene como capital un cochinito. La costumbre en el pueblo es matar al animal y regalar a los vecinos un poquito de  tocino,  algo de carne para salar, y algún huesito para la sopa.
Marcial comenta con su compadre y vecino Fefo que el año ha sido muy malo, que lo único que tiene es el cochino y si viene todo el mundo a la fiesta  sus hijos se van a quedar sin comer. Fefo dice que le comprende y le aconseja que venda el cochino y diga que se lo robaron. Que él es una tumba y no dirá nada.

Dicho y hecho. La noche anterior a la muerte del cerdo,  Fefo, a oscuras, se mete en el chiquero de Marcial y le roba el cochino.
Poquito más tarde,  Marcial se levanta sigiloso, para que nadie le vea cuando nota sorprendido    la ausencia del animalito.

Desesperado va corriendo a casa de Fefo y le dice llorando:
       -          ¡Compadre, me robaron la cochina!

-          ¡Coño, compadre, que bien lo hace! Si no fuera por lo que hablamos diría que es verdad, cristiano!

-          ¡Qué no, carajo, que me lo robaron de verdad!

-          ¡Qué bueeeno,  compadre! ¡Manténgase así! ¡A usted le robaron la cochina!

 
 
Mi agradecimiento a don Domingo Corujo, de San Bartolomé de Lanzarote, hombre sabio.

Amor porcino

Vamos a situarnos primero que nada. La historia que sigue ocurrió   –y si no ocurrió, lo mismo me da-  entre  Fataga y Arteara (los vecinos le dicen Artedara) y ¿quién soy yo para cambiarles el nombre? ¡Artedara, se queda!  Ambos  lugares, pertenecen  al municipio de San Bartolomé de Tirajana, allá en Canarias. Dicho esto para el que lea la historia y no viva aquí en las Islas Afortunadas...
Pues bien, empezamos a desenredar la madeja.

Fernandito, hombre que vive en Fataga tiene una cochina paridera. Desde hace unos días, se encuentra “descompuesta”,  término que significa que está en estado fértil y es el momento de cruzarla con “varón”. No les voy a explicar los detalles porque no es el objeto de esta historia/cuento.

Sigamos. En todo el pueblo  no se encuentra ningún  “barraco”,  nombre con el que se conoce al semental porcino.  Preguntando y preguntando, se entera que en Artedara, unos tres kilómetros barranco abajo,  existe un cochino negro del país propiedad de un tal Bienvenido. Mi hombre tira pa’ bajo y se sienta a negociar con el dueño los detalles del “enlace”.  

Al final trataron,  o sea se pusieron de acuerdo,  que el dueño del cochino se llevará tres crías, a elegir por él, a  los diez días del parto. Hasta aquí todo bien, los problemas empiezan cuando  hay que llevar la cochina a ver a su “galán”.

La cochina, ¿porqué no aprovechamos y le ponemos un nombre?  ¡A mí me gusta Andrea y como el cuento es mío, Andrea se queda!

Fernandito no sabe qué hacer para sacar a Andrea –recuerden, la cochina- del chiquero. Amarrada por la pata y tras “denodados” esfuerzos entre él, la mujer y sus dos niños, logra ponerla a la orilla del camino.

Después de estrujarse la cabeza para ver como la llevaba al “doctor”, se le iluminó con una gran idea. La llevará en la carretilla, ¡Yo siempre le he dicho “carrucha”!
Con múltiples trabajos ya tenemos a la cochina subida en la carrucha y amarradita convenientemente con unas “tomisas” (1) de palma.

Llegados a Artedara  y una vez consumado el encuentro amoroso, se vuelve con Andreíta para Fataga. Pasan 20 días y Fernandito llega a la conclusión que la cochina “está vacía”. ¡Esto es que no se ha quedado embarazada!
Para no serles cansino,  les diré que este viaje se repitió dos veces más con resultado infructuoso.

Esta mañana, Fernandito está hablando con la mujer. Le dice que hoy toca llevar otra vez a la cochina a Artedara. Mientras bebe su  taza de leche con gofio, con su cachito de queso  “de conduto” entra la mujer y dice: ¡Fernando, ahí  fuera hay un ruido grande mira a ver quién es, hombre!
Fernandito sale a la puerta y se queda asombrado ante el espectáculo.  ¡La cochina Andrea está sentadita sobre la carrucha esperando! ¡Y se subió ella sola!

El jodío  animal les estuvo oyendo!   Y Fernandito a voz en grito exclama:
¡Me cago en la madre que  fue y  la parió! Usted lo que es una viciosa, carajo!

Y digo yo, para mí, para mis adentros:  ¡Yo diría que le estaban sentado  bien las visitas al doctor! ¡Para su equilibrio psicológico y elevación de la autoestima, se dirá hoy.
¿O se habría enamorado?

Saludos.

P.D.: Terminada la historia, pienso que quedaría más graciosa con este añadido: La cochina estaba sobre la carrucha con sus labios pintados y un pañuelo rojo en la cabeza. ¡Me parece poco creible,  pero me gusta!. Así que aquí lo pongo.

En Las Nieves, te espero.


A mí me gustan las historias en las que aparece la burrita, medio de transporte ahora en desuso pero que fue imprescindible en otros tiempos. También las mulas, pero eran más para cargas de tipo profesional:  las de los arrieros.
Mi historia de hoy  tiene como protagonista a la burrita y ahí empieza

Principios de Agosto en la cumbre, allá por Artenara.  Sol de justicia. Candelarita camina junto a su burra que va “cargada hasta los topes” de esteras, sombreros, escobas, cestos, bolsos, etc. Todo hecho con palma que se hace allá abajo en el Ingenio Blanco de Santa Lucía de Tirajana.
Su destino, las Fiestas de Las Nieves, en Agaete. De repente, el animalito que se para. No hay Dios que la mueva, ni pa’ lante, ni pa’ trás. Venga a tirar, a tirar y suculúm. Que la burra no quiere andar.

Pasaban otros arrieros siguiendo su camino y el último le preguntó
      - ¿Qué pasó, Candelarita?

      - ¡Mire usted, Juan Gregorio, que la burra no quiere andar!
Juan Gregorio para, se baja de la mula y dice

      - Haga lo que le digo. Vamos a darle agua y un pizco paja, si tiene. Cuando esté fresca, le damos el remedio de la gasolina.
      - ¿Gasolina? ¿Qué remedio es ese?.

      - ¡Cogemos  un chispero que tenga gasolina, levantamos  el rabo a la burra, le raspamos  el culo (1)  con una piedra,  se le echa un pisco de gasolina en lo raspado y ya verá como la burra camina.
Dicho y hecho. La burra se quejaba un poco al rasparla con la piedra, pero  cuando le echaron la gasolina, brincó y salió como un tiro con la carga arriba, perdiéndose de vista.

Candelarita se quedó sorprendida al quedarse sin su animal y le pregunta a Juan Gregorio
       -          ¿Y ahora que hacemos, Juanito? ¡Me quedé sin burra!

-          ¡Si usted quiere Candelarita, le doy el mismo remedio y así seguro que la alcanza!

-          ¡Bueno, cristiano y que vamos a hacer! ¡Todo sea por Dios! ¿Usted me la pone?
Juan Gregorio le hace el correspondiente raspado en dicha sea la zona y cuando le echa la gasolina, ocurrió lo esperado, pero en grado superlativo porque, o le echaron mucha o rasparon demasiado  y  Candelarita salió a más de cien por hora en  la misma dirección por la que  se fue el animal.

Dicen que cuando Candelarita llegó a la altura de la burra, no pudo frenar  adelantándola  y que chillando a voz en grito, dijo
          -¡En Las Nieveees, te esperooooo!

 Saludos y gracias a un  confidente de Armas tomar.

(1).- Sé que a algunos les parecerá una procacidad o una zafiedad, aclaro que sé también otras palabras sinónimas, pero a la historia hay que darle lo que lleva. Y esto fue en la cumbre, mis hermanos. ¡No sean tan finos!

Dos hombres arando



Fotografía tomada de la red
Panchito estaba en su Tirajana del alma, arando el cercadito para plantar unas papitas del ojo rosado.
Araba con su "burrita de la tierra", chiquitita y cuando iba por la mitad del trabajo el animalito se le murió.  Tiraba y  tiraba del animal y no podía él solo, los sudores le caían al suelo.

El hombre  fue a buscar a su vecino Indalecio pidiéndole ayuda para sacarla del terreno. Entre los dos y a duras penas, la pusieron fuera cargándola en el carro de Indalecio para ir a enterrarla.

Cuando ya partía el cortejo fúnebre para el barranco a enterrarla,  Panchito cambió de opinión y le dijo a Indalecio

-¡Estaba pensando, Indalecio, que  porque no te enyugas   y terminamos de arar lo poco que queda del cercado, luego vamos y enterramos a la burra!
Indalecio, hombre sencillo y bueno “de por demás” que  siempre está pensando en ayudar, accedió. Se enyugó y ahí vemos a la pareja arando. Panchito al grito de ¡Arre! empezó  el marcado de los surcos, llevando las riendas con sabiduría y soltura.  

La mala suerte -que ese día estaba presente- quiso que al terminar un surco, Indalecio se despeñara  pared abajo con el arado detrás. A los gritos de socorro, se asomó Panchito que  viendo la imagen, dijo
-¡Cristiano, que le pasó! ¿Usted no se dio cuenta  que se acababa el cercado?

La respuesta de Indalecio fue digna de aparecer en la historia de la insular agricultura
-¡Usted no me dijo: Sooooooó!

Saludos.


Mi agradecimiento al amigo Pepe Armas.

Nos pasamos al Timple



Acabo de mirar el contador del blog y tiene CIEN MIL seis visitas. Como no es cuestión de engañar a nadie, tengo que aclarar y declaro que por lo menos el 20% son mías, pero así y todo, son bastantes ¡oiga! y eso que hace un "tiempito que no publico". Quiero que sepan que tengo un arsenal de historias escritas y casi preparadas. Pero, no me gusta hacerlo con prisas y tengo que tener la serenidad suficiente para disfrutar terminándolas.
Como no podía ser de otra forma, le digo a mi sombra: ¡Felicidades, Pancho, el canariodelcampo!  
Al fin y al cabo, solo pretendía dejar mis recuerdos en escritos por si algún día, como se dice en mi pueblo, "se me fuera el baifo". Y ¡cristianos!,  poquito a poco, llegué  hasta 192 historias que a mí, me gustaron recordar. O sea, que volveremos cuando acabemos el trabajo nuevo.
 
La “culpa” de ese parón la tiene el Timple, nuestro "camellito sonoro" al que quiero ofrecer un regalo que pueda ser disfrutado por todos. Se trata de mostrar la situación de los intérpretes de nuestro instrumento identitario en un período concreto: Años 2013/2014 en Canarias y en el mundo, así como de aquellos otros que habiendo desaparecido se conserven documentos u otras fuentes seguras que avalen de forma indubitada su existencia. 

Situación de la captura de datos a 25/01/2014
Como avanzadilla, decirles que al día de la fecha (31 de Marzo de 2014) tengo identificados 84 intérpretes, con sus registros visuales y sonoros (videos) correspondientes.  Gran parte de este trabajo está ya contenido en un blog  con detalle de  isla de nacimiento  y lugar de residencia, que mantengo oculto  hasta que esté acabado y compilado. Mejor explicado: Cerraré la obtención de datos,  Magec mediante,  a finales de 2014, estén los que estén en ese momento.

La única pretensión es  que sirva de elemento de consulta a las personas que vienen detrás.
Un abrazo de Miguel Ricarte Afonso, (a veces Pancho)




El baile y el ajedrez


Finales de los años sesenta del siglo pasado. Hace por tanto años, muchos años.
Había baile en la sociedad del Marino, C. de F.,  allí en la calle Venegas. Eran bailes de media tarde, empezaban a las 7 y se acababan a eso de las 10 de la noche. El cartel que estaba por fuera decía así:  Esta tarde,  Baile de Juventud.  A las 7, Extraordinario Asalto

Pancho llegó acompañado de su amigo Juan Hoyos, al que he citado en otras historias. Juan es un bailarín de altura.  El que empezaba los bailes.

Entramos en el salón. Está sonando un pasodoble  con el que la orquesta  iniciaba el baile.
Nos dirigimos hacia la izquierda del salón y allí estaban sentadas, una señora y dos muchachas jóvenes. Juan invita  a bailar a una de ellas.  Acepta enseguida, y no es extraño, pues las muchachas se lo rifan para bailar con él.  La toma de la cintura  y  ufano,  la hace girar  sin parar en vueltas y revueltas a lo largo de todo el salón.

Pancho se queda allí y balbuceando invita a bailar a la otra chica que acepta. Empieza a bailar y, de repente, se acerca un muchacho bastante conocido. Es un boxeador, no quiero decir su nombre, solo que era campeón de España de su deporte.

Me toca en el hombro y dice:
-          ¿Que haces tú bailando con mi “piba”?
Balbuceando contesté
-          ¡No sabía que era tu novia! ¡Yo la invité y me dijo que sí! Si es tu novia, aquí la tienes…

La respuesta fue
-          ¡No. Usted sale ahora para la calle y nos partimos la cara!

Al ver que todo el mundo estaba mirando quise salvar mi orgullo y contesté:
-          ¡No, mi hermano, si yo salgo a pelear contigo ya sé el resultado, me partes la cara! ¿Porqué no vamos allí dentro al salón de juegos y echamos una partidita al ajedrez, y  a lo mejor te gano?
-          ¿Qué dices?  ¿Te vas a quedar conmigo? ¡Encima, vacilándome!(*)

Ese hombre cogió tal calentura que se me echó encima y tuvieron que agarrarlo entre varios.
 
Dijeron que me fuera y yo disimulando para no quedar como un cobarde ante todo el personal, me fui retirando poco a poco y como no tenía por donde salir, pues la puerta estaba “vigilada”, salté por una ventana que en aquella época daba a la marea e hice mutis por el foro.

Durante las dos semanas posteriores, no viví tranquilo temiendo la aparición de mi “verdugo”. Fui mandando mensajeros  de buena voluntad que surtieron efecto y  gracias a Magec (dios de los canarios) el hombre bajó la bandera y nos dimos la mano en el bar de la esquina, aunque me pareció que no estaba  muy conforme.

Hoy, con la distancia que el tiempo pone  por “en medio”, recordé la historia y les añado el final
Estando trabajando en un centro oficial, hace al menos 15 años, tuve que atender al citado boxeador reconvertido en empresario de éxito. Una vez terminadas las diligencias, fuimos a tomar un “cortadito”. Cuando le dije el miedo que había sentido en aquella ocasión y semanas siguientes, me dijo con estas mismas palabras:
-          ¡Es que tú, siempre fuiste muy listo!
-          ¿Listo? ¡Usted no sabe lo que discurre un hombre con miedo, cristiano! ¡Y lo que corre!
Y se despidió con un fuerte abrazo.  Eran ya otros tiempos, ¡pero vaya miedo que pasé en su día, cristiano….!

Saludos.

(*) He intentado que el lenguaje sea exactamente el de aquella época.

Andrés, el Ratón


Siendo pequeño, mi padre me llevó un día, mejor una tarde/noche. Creo que después de salir del Estadio Insular, donde habríamos visto un partido de la Unión Deportiva- a pasear por la calle de Triana, principal arteria comercial en aquella época y que sigue perdurando con cierto empaque hasta hoy día.


Puente de López Botas; de Palo o de Palastro.
Llegando a la subida a la calle de San Pedro, a mano derecha, existía una joyería, de nombre Pantaleón. Pues bien, mi padre se paró como si fuera a ver los relojes y anillos que se mostraban tras el escaparate. Me hizo señas, para que mirara a su izquierda y entonces, reparé en un hombre alto, casi un gigante, visto desde la altura de un niño de alrededor de 8 años. Estaba descalzo y tenía unos dedos y unas plantas de pie, enormes. Se cubría con un abrigo hasta debajo de las rodillas negro. En su pecho lucía unas medallas honoríficas. Dormía de pie, con la cabeza apoyada en el cristal del escaparate, balanceándose.

Con el susto en mi cuerpo, mi padre reanudó la caminata y dijo: ¡Ese señor es Andrés, es un pobre mendigo y le llaman de apodo, El Ratón. Se dedica a hacer recados por el Mercado de Vegueta. Vive allí debajo del Bar Polo, en el Puente de Palo. Esta es mi experiencia.
Trasera del Puente de Palo. A la derecha, está situado el Teatro Pérez Galdós.
Bajo este puente dormía Andrés. Desde luego, el día en que se tomó esta foto 
sería  imposible.
Hace algún tiempo, coloqué en mi blog una nota alusoria, acompañada de la foto que figura más arriba y cuyo texto es el siguiente:
Andrés Déniz, personaje popular que vivió en Las Palmas de Gran Canaria a mediados del siglo veinte. Hombre simple, sencillo y bueno, se le solía encontrar por los alrededores de Vegueta y su mercado. Vivía bajo el Puente de Palo, que unía Vegueta con Triana, hoy desaparecido. Alto, con los labios gruesos, pelo rizado. Siempre descalzo, con su chaqueta raída de la que colgaba medallas y condecoraciones.
El famoso Bar Polo, lugar de tertulias musicales, en el puente de Lopez Botas.
De ello, deduzco, ya que no miré la foto, que solo dejé de recordar sus labios gruesos, como decimos por aquí: era bembudo. ¡Ah, y también el pelo rizado!
En Internet, he encontrado  también una cita al personaje, es  ésta:

Andrés el Ratón figura en la memoria colectiva de Vegueta, y, así, se ha visto rememorado en una calle localizada detrás del mercado, por donde circula muy poca gente. La ratificación institucional de las figuras 'populares' ni es inmediata ni es políticamente neutra, dependiendo, en gran medida, del gobierno del momento. Figura en esta dirección: http://yaencontreloquebuscaba.blogspot.com.es

Saludos.

Y ahora, quiero hacer una dedicatoria especial a una señora canaria que vive lejos de su tierra, allá en Maracaibo (Venezuela) -donde hace patria- y a la que sé, le gustan estas historias. Su nombre: Feluca Doreste Padilla. Muchas gracias por ser una lectora asidua de los contenidos de este blog. 

Puente de Piedra 1890-1895