Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

Nino, el de Moya


Nuestro personaje fue muy popular en la Villa de Moya, donde vivió. Falleció a finales del siglo pasado. A veces se ponía en su pueblo a dirigir el tráfico en medio de la calle y cuando alguien le decía alguna broma le soltaba un golpe con el puño en el techo del coche, abollándoselo. También hacía una mueca, como que se ponía nervioso con lo que le estaban diciendo y hacía como que se mordía la mano. Este era su gesto característico. Pues bien, la historia de hoy es esta:

Un día le apeteció a Nino darse una vuelta por Las Palmas. A primera hora de la mañana se subió en el coche de hora y a eso de las doce del día ya estaba mi hombre cansado de caminar. Sentado en un banco de la calle de Triana, levantó la cabeza y vió a un taxi. Corrió, le hizo señas, paró, se subió en la parte de atrás y le dijo al taxista:

-¡A Moya!.

Me parece ver al taxista mirando por el espejo retrovisor con el rabillo del ojo pensando:

- ¡A este le cobro yo cuatro mil pesetas por el viaje!.

* Para los que siempre están diciendo que la peseta no existe, les digo: ¡ Buéeno, vale, hoy serían 24 euros!. Pero tengan en cuenta que el euro se puso en circulación en Junio de2002, mucho después de la fecha del relato.

Sigamos con la historia. Un poco después, otra mirada por el espejo escudriñando la categoría del pasajero y pensó:

-¡Yo creo que con 3000 pesetas está bien. No se puede abusar!

Ya subiendo el Pagador, vuelve a pensar para sí, - para sus adentros- que diría Pepe María:

- ¡Hombre, yo creo que con 2500 está bien. Además parece un trabajador. Nada. Le pido 2500!.

Entrando al pueblo de Moya, Nino le dice al taxista:

-Pare por áhi. (Dijo por ái, no por ahí)

El taxista para junto a un callejón estrecho y en bajada. Nino se apea del coche, se acerca a la ventana derecha del taxista y le dice con gesto ambiguo y solemnemente:

- Los bobos no pagan.

Y acto seguido sale disparado como una bala trasponiendo por el callejón.

Se pueden imaginar la cara del taxista, viendo las risas de los vecinos que estaban mirando. Pensaría:

-¡Si me bajo igual me roban el coche. Y si corro igual no lo alcanzo. Siempre he oído decir que todos los días sale un bobo a la calle y hoy me tocó a mí.

Esto fue todo lo que acertó a decir:

¡Me cago en la madre que te parió, cabrón!.

Y con las orejas caídas, arrancó pá Las Palmas.

¡Ya hoy te hiciste el día, Manué. Fuerte meleguino estás hecho. Y tu que le ibas a cobrar 4000 pesetas!

Foto de Silvestre

En el día de hoy, 12/05/2008, Gustavo Santana Herrera me ha dejado esta foto de Silvestre. Mi agradecimiento por ello.

Candidito y el ministro Solís.


Esta historia ocurrió a finales de los años 50, cuando visitó la isla José Solís Ruiz, ministro de Franco, conocido como la “sonrisa del régimen”. Fue nombrado en 1951 Delegado Nacional de Sindicatos y, en 1957, Ministro Secretario General del Movimiento. Se reunió en la Casa Sindical, en la calle General Franco, hoy Primero de Mayo, con los Consejos Locales del Movimiento Nacional, el partido único. Estos representantes venían de todos los lugares de la isla, pero quiero dedicarme solo a los que venían de los pueblos del interior.

Allí, en el pueblo, mi Macondo particular, se organizaba de esta forma: El Alcalde, llamaba a unas cuantas personas significativas para invitarles al acto y, además a cuatro o cinco amigos que estaban libres porque no tenían trabajo, ni ocupación fija. Les decía que había que ir a Las Palmas, que venía el ministro y había invitación a almorzar. Se usaba una frase especial para animar al personal: “Gastos pagos y encima hay pitanza”.
Antes de salir, el alcalde le daba a uno de ellos el dinero para el coche y la comida, diciéndole: “Oiga, gastos a justificar, eh”.
Pues bien, pongámonos ya en Las Palmas, están los cinco amigos en la parada de los coches de hora, en Bravo Murillo –antes Camino Nuevo-. Van “empaquetados” con su terno y su corbata, los zapatitos abetunados, alguno como el personaje central de mi historia no lleva traje sino una guayabera crema. De allí, a dar una vuelta por la calle de Triana, cervezas y unas tapitas de tollos, en el bar de Las Lagunetas; almuerzo –rehogado (en canario, rebogao) de judías y carajacas - en un bar cerca del Mercado de Vegueta, con sus pizquitos de coñac y su cafetito. En fin, que se “jartaron” y, ahora pal salón de Actos de la Casa Sindical.
Cuatro de la tarde ¡mire Vd. qué hora!, cerca de mil personas dentro del local. Llega el ministro, acompañado por otros señores con chaqueta blanca y camisa negra – los jefes-, otros muchos con camisas azules –los menos jefes-. Ninguna mujer en la sala. Se va sentando la gente y empieza el acto. Solís Ruiz con el verbo encendido, habla que te habla. Poco a poco va bajando el tono mitinero. A los quince minutos de empezar, el personaje de mi cuento, vamos a ponerle ya un nombre –Candidito- empieza a quedarse dormido. A los dos minutos empieza a roncar, suavemente, bajito, bajito. Poco a poco va subiendo el tono hasta que se le escapa un ronquido fuerte. Su vecino para que se callara le empuja con el hombro. Se calla. Al ratito otra vez a roncar; otro empujón, no reacciona y el ronquido sigue subiendo; esta vez le da más fuerte, con el codo. La respuesta fue digna de una película italiana de Fellini o Bertolucci.
Ante el golpe, Candidito se pone de pie rápidamente y empieza a aplaudir. Se lo pueden imaginar. Todo el mundo en silencio, sentado escuchando al ministro y el solo, de pie aplaudiendo. La seguridad corriendo hacia él a detener al “comunista” que estaba reventando el acto.
Simplemente lo que ocurría era que el hombre había comido más de la cuenta aprovechando la invitación y que la hora no era la más apropiada para el evento.
El hecho es cierto.

Silvestre, pobre de Valleseco.


Corría el segundo tercio del siglo XX, época de penurias en las Islas Canarias. Había escasez de todo y en ese ambiente encontramos a un personaje popular en toda la isla de Gran Canaria: Silvestre Rivero Valerón, conocido como Silvestre.
Hombre de mediana estatura, alrededor de 1,65 m., jorobado, muy descuidado en su vestir. Muchas veces solo llevaba puesto como vestido un mugriento pantalón y chaqueta, sin camisa, tocado con un cachorro negro desgastado, raído, sin ala, al estilo de los que usa la gente de La Graciosa, brillando de sucio. Siempre descalzo. Era un mendigo que pasaba bastante tiempo fuera de Valleseco, pues iba a todas las fiestas de la isla.
En Tirajana cuentan que cuando le daban como limosna una perra -10 céntimos de peseta-, se la metía en la boca haciendo ver que se la comía y luego como en un juego de magia la sacaba de una oreja del donante o de la camisa del mismo. Era una forma de estimular la limosna. Don Vicente Montesdeoca, maestro que fue de Valleseco, excelente conversador, (q.e.p.d.) me decía que cuando llegaban las fiestas de Santa Lucía se marchaba caminando para la Caldera en los primeros días de Diciembre y no llegaba a Valleseco hasta mediados de Enero. Cuando llegaba Junio salía para las fiestas de san Juan y podía regresar a su casa para el mes de Noviembre.
Hay que rehabilitar la figura de Silvestre en el siguiente sentido:
Se ha escrito que era un desvergonzado, que se quitaba la ropa ante la gente. Pues bien, don Jesús Torrent, médico del pueblo, mantenía que no lo era y según explicaba, Silvestre padecía del corazón y cuando le daban ataques, los ojos se le perdían en las cuencas y parecía asfixiarse. Era en esos momentos cuando intentaba quitarse de encima la ropa que le oprimía.

Vivía solo en su casa de Lanzarote (Valleseco), cuyo piso era de tierra. Hacía su comida en un pequeño fogón de leña, se mantenía como mendigo de lo que le daban y alguna ayuda de alimentos que de vez en cuando le proporcionaban sus pocos familiares.
En Valleseco, los niños le tenían miedo, le cantaban cosas ofensivas, como:
“Silvestre Valerón, tira peos en un cajón..” y él salía corriendo detrás con un palo en la mano.

Siendo niño, mi amigo Hache, no le tenía reparos ni miedo, se paraba a hablar con él y le decía que estaba cansado de tanto caminar. Que padecía del corazón. No pronunciaba la erre ( r) y hablaba a borbotones, de forma que apenas se le entendía y lo poco que hablaba eran meras cuestiones de supervivencia: comer, descansar, dormir, el frío, el calor.
Alguna mala gente le dio fama de vampiro (chupasangre, se decía por aquí), por una costumbre suya que voy a relatar:
Cuando el carnicero llamado Benito mataba una vaca le daba a Silvestre la sangre y este la guisaba y freía comiéndose los “tumbos”. Miren Vds. que cosas: Hoy es un manjar exquisito que se sirve en los restaurantes de Nueva York. También cuando había matanza, por allí aparecía Silvestre y le daban la cabeza y las manos del cochino.Ya él se encargaba de quitarle las pezuñas y comerse la carne restante. También hoy es un plato de gourmets.
En el libro Valleseco, Crónicas de un siglo, de D. Nicolás Sánchez Grimón, publicado en el año de 2007, existe una cita de Silvestre que dice así:
“Silvestre:
Este año (*) el Ayuntamiento recibe un oficio del Sr. Juez de Instrucción de Vegueta solicitando un certificado de conducta del mendigo, vecino de este pueblo, Silvestre Rivero Valerón. Silvestre fue una persona que recorría la comarca pidiendo limosna y allí donde le cogía la noche, dormía, continuando al día siguiente su recorrido. Fue sepulturero en Valleseco”.


Cuando los jóvenes del pueblo iban a fiestas fuera del municipio lo hacían en un “pirata”, coche de alquiler ilegal y a la vuelta lo traían como una obra de caridad, pues todos comentaban que su olor era insoportable.
A título de reflexión: Seguramente él hubiera preferido tener una vida distinta, más cómoda, sin enfermedad. No olvidemos que cada persona tiene cosas buenas y malas y que todos somos fruto de las circunstancias. Todos.
Mi agradecimiento a Don H. Navarro por la aportación de sus recuerdos y por el dibujo hecho para mí y fechado en 1993 que se muestra más arriba. Asimismo a cuantas personas me han ayudado en esta pequeña historia.

(*) Se refiere a 1923.



De cuando Pancho fue a Las Palmas a arreglar la moto.


Una vez se le averió a Pancho su moto, una BSA del año del tango, y tuvo que bajar a Las Palmas para arreglarla porque el único amañado en el pueblo, Periquito el verguilla, no daba con la “vería”.

Aún con la falladera que tenía la moto, Pancho traía colgada su gallinita -con sus patitas amarradas y la cabeza colgando, la pobre- para agradar a Don Ambrosio, el abogado de la calle de la Peregrina, que le estaba llevando un pleito de lindes. También tenía pensado que si le arreglaban la moto se llevaría “p´arriba” un saquito de papas y un poco de millo para plantar.

Una vez entregó la gallina y conoció de su “asunto”, se fue para el barrio de Guanarteme y allí fue a dar con un taller que además de arreglar, vendía motos usadas y accesorios.

Al entrar, Pancho se quedó encantado con lo grande y limpio que era el establecimiento. Bien iluminado, a cada lado de la entrada un mostrador y en cada mostrador un empleado sentado en su mesa. Al final, seis u ocho motos ocupando todo el fondo del taller. A Pancho le quedó más cerca el mostrador de la derecha y allí se dirigió mi hombre.

De repente se pegó un leñazo contra algo y se quedó “tuntuniando”. Lo que más le molestó es que los dos empleados, tanto el de la derecha como el de la izquierda se estaban partiendo de la risa. Saben lo que había pasado, que Pancho se había golpeado contra un espejo que habían puesto para dar sensación de profundidad al taller porque era estrechito, estrechito y que allí no había más que un empleado y tres o cuatro motos. Se quedó colorado, "caliente como un macho", pero no dijo esta boca es mía. Para sus adentros, estaba bajando a todos los santos de las familia/s de los empleados. ¿O empleado?

Dedicado al lucero del alba.

Las brujas


Antes, o sea hace tiempo, se hablaba mucho de que habían brujas, que la gente las había visto, que salían por las noches envueltas en una sábana. Que tomaban forma de cabra u otro animal. A mi me han contado muchas historias de brujas. Sobre todo, personas mayores. Voy a detallarles alguna muy brevemente.

Un joven va a ver a su novia que vive en el pueblo limítrofe. A medio camino la burra en la que va montado se para en seco, retrocediendo como si algo le impidiera avanzar. No había forma de hacerla caminar. Tirones y más tirones y el animal no caminaba, al revés lo que hacía era retroceder. El joven saca una navaja que lleva en el bolsillo y le hace un corte a la burra en la oreja. Inmediatamente, el animal sigue caminando sin más. Al llegar a casa de su novia, toca en la puerta y le abre la futura suegra. Tiene un vendaje enorme ensangrentado en la oreja. Le pregunta que le pasó y ésta le echa una mirada que haría temblar a cualquiera y se marcha sin decir nada.

Al término de la historia, todos me lo explican diciendo: ¡Sabes, la suegra que se convirtió en burra porque no quería que fuera a ver a la hija!

En lo único que concuerdan todas las versiones es que las brujas se acabaron cuando llegó la luz eléctrica. Especialmente, cuando los ayuntamientos empezaron a poner alumbrado público en las calles. Todas las personas dicen que las brujas eran gente que salía a asustar a los demás, a coger fruta ajena, en fin a aprovecharse de la oscuridad para conseguir fines, a veces ilícitos. La penumbra era el estado ideal para las brujas. Pero, claro, cuando llegó la luz se veía la cara de la gente y las brujas desaparecieron.

Solo recuerdo de esa época que a los niños nos tenían asustados con las brujas y los chupasangres. Pero, estos últimos los relataré en otra historia.

Lechita escaldada


Tengo que poner rapidamente alguna historia porque los comentaristas se han vuelto locos.

Voy a contar hoy alguna anécdota de cuando Pancho estuvo de concejal del ayuntamiento:

1.- En el momento de conocer que había obtenido el acta de concejal, la gente venía a felicitarle diciendo:

¡Me alegro, Pancho lo conseguiste!

¿Que conseguí?

¡Que va a ser coño, salir de concejal!.

Y Pancho contestaba de coñas siempre lo mismo:

¡Como que salir, yo lo quería era entrar, pá salir siempre habrá tiempo!


2.- Un vecino al que llamaremos “Lechita escaldá” escribía de vez en cuando escritos al alcalde proponiendo medidas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Siempre se le contestaba desde el Ayuntamiento agradeciendo sus aportaciones, pero la verdad, es que algunas eran un poco “alocadas”.

Una de las veces hizo una propuesta consistente en que se pusieran palmeras a la orilla de la carretera general en una extensión de unos 18 kilómetros. Casualmente, coincidió con que en esos momentos el Ayuntamiento estaba adquiriendo 1500 palmeras para colocarlas en un tramo de esa misma carretera. Cuando el hombre las vió puestas, creyó que le estaban haciendo caso, y entonces inundó el ayuntamiento con sus propuestas diarias. Entre ellas, la siguiente:

Sr. Alcalde: Solicito de Vd. que quite la música del rock and roll de todas las emisoras de radio y de todas las fiestas, porque esa música está volviendo loca a la juventud y que pongan canciones mejicanas, que los dejan más tranquilos y relajados y además se entienden.

Me despido hasta la próxima amenazando con poner alguna historia más de ese tiempo de mi vida.

Juan de Toro


Cuando era más joven, Pancho estuvo de concejal. Conoció allí a un personaje simpático del que les voy a relatar esta anécdota:
Iba a llegar el tiempo de elecciones y se encontró con Juan de Toro, personaje popular, en esa época muy bebedor, con problemas de salud por sus cíclicas “chispas”; famoso por su simpatía y eterna sonrisa, mujeriego – aunque creo que solo de boquilla- e informador de todo lo que acontece en el pueblo. El diálogo fue así, delante de un guardia municipal, hoy fallecido, también famoso por su socarronería:
Juan: ¡ Pancho, sabe que me voy a presentar a las elecciones! Voy a ir en un equipo con fulano de tal. Ya me pidió el carnet de identidad y todo pá la lista. ¡Los vamos a mandar pál piso!
Guardia: ¿Y de qué vas a ser concejal, Juan?
Juan: ¡De parques y jardines! ¡Y prepárate porque te voy a tener todo el día de chófer. Lléveme allí, lléveme allá!
Guardia: ¡Pós, entonces no te voto!
Pancho: Como sé que van a sacar muchos votos, déjame aunque sea que salga yo solo.
Juan: ¡Nada, pál piso. A trabajar a la oficina, coño!
Pasaron unos días y en el periódico salen las listas de candidatos a las elecciones. Y efectivamente presentan una lista alternativa. Leyendo los integrantes, noto que Juan no aparece. Me dirijo a su casa y le cuento a Juan la desgracia.
-Juan, aquí está la lista que me dijiste, pero tu no estás en ella.
-¿Cómo que no estoy?. Haga el favor de dejarme el periódico, eso es lo que Vd. quisiera, porque no le voy a dejar ni un voto.
Al comprobar que no está en la lista, me dice que si lo llevo a ver al “líder de la formación”
-Porque este va a creer en Dios, con lo que voy a decirle. Se va a reir de mi este cachanchán.
Nos trasladamos en el coche y en presencia de su “jefe de filas”, sostuvo esta conversación:
Juan: Amigo Pepe. ¿Cómo es que yo no estoy en la lista?
Pepe, el líder: ¡Coño, Juan, perdona pero es que en ese tiempo tu siempre estabas bebío y luego me vienes con unos papeles!
Juan: ¿Cómo dice Vd? ¿Qué no me puso en lista porque yo bebía?
Y cogiendo la lista en la mano, le sentenció:
¡Pues si aquí están todos los borrachos del pueblo: Pedro, Antonio, Simplicio, Bienvenido, esetéra, esetéra quien es Vd. pá dejarme fuera. ¡Fuera de la lista de los borrachos! ¡Me hace Vd. el favor y mire, le voy a decir una cosita, eh: ni a mi entierro vaya!
Esta última frase es sinónimo de enfado eterno. Lo máximo.
Como final de la historia, la lista obtuvo 8 votos. Teniendo en cuenta que había 21 candidatos más 3 suplentes y que cada uno debería obtener, al menos, los votos de su familia, que alguno de ellos cuenta con familia numerosa, fue un sonado fracaso. Al término del escrutinio, Juan me vino a abrazar felicitándome por haber salido concejal y con su socarronería aprovechó para decirle a Pepe, el líder:
¡Esto te pasó por dejar fuera a los borrachos de verdad!
Hoy y desde hace más de 20 años Juan ha dejado de beber y está perfectamente de salud. Sigue siendo un enorme socarrón. Me despido amenazando con volver a contar alguna anécdota más de este simpático y encantador personaje.

"El dinero mejor ganado"

Esta historia, aunque un poco larga, quiero hacerla llegar a Vds. como homenaje a D. Salvador Gil Monzón, médico que fué de Santa Lucía de Tirajana en los años de la república a la guerra civil. Fué detenido, en unión del alcalde de esta localidad, D. Julián Caparrós, en Julio de 1936. Conducidos al Lazareto de Gando, huyeron a la entrada de Agüimes y durante algún tiempo se escondieron en la cumbre, cerca de Guayadeque. Su pecado: ambos eran comunistas. Son aún muy respetados en la memoria de los habitantes más antiguos de Tirajana. Hace algunos años el Ayuntamiento de Santa Lucía, les honró con la nominación de una calle a D. Salvador y otra a los Esposos Caparrós Delgado. La anécdota, un tanto escatológica, fué recogida de: Anales Canarios de Medicina y Cirugía, donde fué publicada en el año de 1930: 1:32-34.


"El dinero mejor ganado"
"Era un día del mes de Agosto, diez de la mañana y domingo por más señas. Un día de "levante", que asfixiaba. Como muy bien hace el caso, no dejaré de decir que estrenaba un traje de seda cruda, unos zapatos de lona blancos y mi buena camisa de sport; es decir, amanecí "de punta en blanco" o de "niño pera" como vulgarmente se dice hoy. Terminaba de ver mi último enfermo y cuando me despedía, se presenta un señor de unos treinta y cinco años, en su buena, bonita e inquieta "potranca", me larga un saludo kilométrico (no le conocía) le invito a que pase para que me expusiese el objeto de su visita, lo hace y ya en el despacho y algo receloso, me dice en grave misterio.

- Tengo a mi padre TUPÍO, "jace" hoy tres días y quisiera que lo antes posible fuese a verle; nadie lo sabe ni aún los vecinos.

- ¿No ha obrado nada?

- "Ná, naita", solo unas "agüillas" primero y después unas "granillas" que cuando caen en la basinilla, con perdón de Vd. hacen un "ruio" como si fueran piedras chicas.

Buen caso, dije, bastante escamado para mi fuero interno. Me armo de inyectables (pantopón, morfina, cafeina, aceite alcanforado), un litro de aceite de ricino etc., etc., y un irrigador de 4 litros de cabida. Todo en un cesto, se lo entrego al que iba a ser mi compañero de viaje y rápidos marchamos al sitio, que aunque era cerca (tres o cuatro klmts.) no dejaba de ser un camino infame, sin faltarle los vericuetos, veredas, barrancos y por única sombra la que me daba mi flamante sombrerito de paja. ¿Quien no piensa, compañeros, cuando uno es llamado, en el caso que se le puede presentar?. Asi iba yo pensando y harto preocupadísimo. A pesar de ir "CABALLERO" (asi se dice en el campo, aunque uno vaya en pollino) sudaba por los cuatro costados.

Ya estoy en casa de mi enfermo. Este era un señor, de sesenta y cinco años más o menos y por toda indumentaria sus calzones blancos o calzoncillos y camiseta.

- ¿Qué le pasa? le dije.

- Ya Vd "pue" ver; los "tunos", que me comí el otro día me han "jecho" daño.

- ¿Comió Vd. muchos? insistí.

- De una cesta "pedrera" dejé pocos... (¿?) Mandé a hervir agua, de veinte a veinticinco litros y mientras, procedí a reconocerle detenidamente, aquel hombre no se dejaba tocar, tal era el dolor que sentía y deambulaba por su habitación con quejidos y ayes y preso de un tenesmo incesante.

- Ya está el agua, me dicen. Después de grandes esfuerzos y de frases convincentes, le coloco en posición genu-pectoral en pleno suelo, ya que en la cama no era posible por su altura, pues aún existen las "barras de cama" (que creo sea artefacto canario) y manos a la obra. Cargo mi irrigador con tres litros de agua templada y con medio litro de aceite de ricino. Con paciencia y sentado en un "medio" (medida de madera que sirve entre los labradores de un modo convencional, para medir los cereales), introduzco el índice y empiezo a extraer las pepitas o semillas de los higos chumbos, que como muy bien decia el hijo, caian en el orinal produciendo un ruido, como de piedras pequeñas; sin faltar como aditamento, los lamentos del pobre viejo. Este trabajo duró unos diez minutos, poco más o menos. Introduzco la cánula del irrigador y a gran presión, logré hacer salir muy poca cosa. Vuelvo a cargar nuevamente el irrigador y después de hacer un tacto rectal observo que aquella cantidad de heces fecales no quiere descender. Repito la operación y observo con alegría, que se abomba el "periné", pero no señor, no quiere salir. Vuelvo con el tercer intento extrayendo antes una buena cantidad de "heces-semillas" y cánula adentro. Nada. Descanso un poco y a todo esto, mis glándulas sudoriparas, dando copiosamente lo suyo. Se vuelve a cargar el irrigador por cuarta vez, cánula en mano derecha y con dirección al ano. No había llegado la cánula al sitio cuando aquel buen señor, "se destapona" y de no haber estado en un plano superior al suyo, con toda seguridad no dejo de saber decirle a los compañeros, el gusto que tienen los higos chumbos digeridos.

Una vez producido el "estacazo", se me desmaya el enfermo y me dije: ¿le pasará a este como a aquel jorobado del cuento que una vez derecho falleció? Desde mi camiseta hasta los zapatitos blancos como palomitas (blancas ¿eh?) estaba hecho una lástima y por cierto no con muy buen olor, que digamos, pues se había y en buena cantidad "zurrado" en mi. ¡¡¡Que encanto de carrera!!!... Le pongo una inyección de aceite alcanforado y logro reanimarle grandemente, pero sigo "zurrado", hasta que el hijo regresase con la ropa que en un apunte le decía a mi doméstica, le entregara. Se hizo un lío con toda aquella ropa y ya dispuesto a la marcha, me pregunta el de la obstrucción intestinal que cantidad era la que se me debía.

-¡¡¡Diez y seis duros!!!- le dije

- ¿Pero usted no viene aquí por diez?

- Si, señor, pero tenga usted en cuenta que llevo seis duros más por asistir un parto y le debía de cobrar más por que este es un parto de m...

Se levantó con gran trabajo y dándose masaje en el vientre, se dirigió a una caja de "cedro" y me dice.

- Tome Vd, su "onza" que bien se la ha "ganao". Desde aquel día cuando veo chumberas me recuerda el caso, pero no dejo de pensar también, el "panegírico" que él les soltará cuando se las echa a la cara".
Transcrito exactamente del original.
BIBLIOGRAFIA
1. García Nieto, V.: En el centenario de la "Revista Médica de Canarias". ACTA MÉDICA, 1996; nº 28: 22-24.
2. Gil Monzón, S.: El dinero mejor ganado. Anales Canarios de Medicina y Cirugía, 1930: 1:32-34.

Uno de animales


Tal como me lo contaron lo cuento. Don Antonio, de apodo el Gato, está esperando en la parada al único taxi del pueblo. Para que lo vea todo el mundo lleva en su mano una toalla -indicando que va a la playa- y gafas oscuras. De lejos, un amigo le pregunta:

-¿Qué, Antonio, pá la playa ?

Este, con gesto altivo, presuntuoso y autosuficiente, lo que nosotros conocemos como un echador, le contesta:

¡Sí, pasa algo! .

Al segundo personaje se le conoce como Luis, el Grillo que vuelve a la carga:

-¡Ya coño, y no me llevas gatito!.

Siempre han sido buenos amigos y compañeros de fatigas. Con una cierta dependencia del Grillo –siempre está fallo a oros, que quiere decir falto de dinero –.

Contesta don Antonio:

- ¡Mire, si se dá Vd. prisa, lo llevo!

En un soslaire llegó Luis, con su bañador puesto, de esos de pata larga, su toalla, chanclas y también sus gafas de sol.

Subieron en el primer taxi que llegó y Antonio ordena al chófer:

-¡Pál sur!.

Y se dirigieron concretamente a Maspalomas.

En aquel tiempo, allí junto al faro estaba, como hoy, el hotel Oasis, pero tenía un jardín lleno de palmeras que empezaba a más de 250 metros del hotel. Al llegar a la entrada del jardín había un letrero que decía:

Prohibido el paso a personas no alojadas.

Antonio siguió adelante como si nada.

Luis le dijo:

¡Mira Antonio, hay un letrero!

Antonio, imperturbable:

¡Siga palante. Eso no es pa nosotros!.

Siguen caminando un rato y de pronto se tropiezan con otro letrero, que dice:

Prohibido animales.

Fue entonces cuando Luis paró en seco y le dijo a Antonio la frase que tanta gracia me hizo:

¿ Gatito, los animales que dice el cartel que son: vertebrados o invertebrados ?

Mi abuelo

 
Hoy toca hablar de mi abuelo. Se llamaba Antoñito Francisco. Era agricultor platanero y tenía también vacas que le proporcionaban leche y estiércol. Me parece verlo picándoles la comida (los “rolos” y las piñas de plataneras) a las vacas.
Era socarrón, bromista y muy amante de los niños. Parece que le estoy viendo. Muy alto, moreno, calvo, siempre tocado con su cachorro gris.
Había estado en Cuba y me contaba historias muy bonitas de Cubita la bella, como él la llamaba.
Tendría seis o siete años, cuando iba por la mañana con mi lecherita - y aparte una escudilla pequeña, un poco de gofio envuelto en un papel y la cuchara - a casa de mis abuelos para traer la leche para mi casa y beber mi tacita de gofio y leche con la espuma caliente.
Mi abuelo cogía el banquillo, se sentaba junto al ubre de la vaca y me decía: “ven aquí, para que la ordeñes tú”. Quería que me acercara para cuando me tuviera a tiro, “chingarme” la cara con la leche y reirse del pobre chiquillo. Siempre me cogía y luego decía: “ya coño, ya te manchaste otra vez la cara de leche. Tienes que estar atento porque la vaca se vira”.
Otra cosa que recuerdo con cariño es esta. En la finca había una mina de agua. Para llegar a la boca de la cueva había que pasar por un tablón de madera sin ninguna medida de protección que pasaba sobre el agua del estanque. Era muy peligroso, máxime cuando en esa época yo tendría alrededor de 10 años. La cueva es muy profunda. No exagero si digo que tenía una profundidad de entre cincuenta y setenta metros. Por su suelo discurría un hilito de agua que al salir se precipitaba al estanque. Mi abuelo me llevó de mano un día para enseñármela. En su mano un candil para darnos luz. Después de llegar al sitio donde nacía el agua, mi abuelo me dijo: “Puedes ir a donde quieras en la finca o al barranco; a todos sitios menos a la mina porque te puedes caer al estanque y ahogarte”.
Ya sabemos como son los niños, el único lugar que me interesaba desde ese momento era ir a la mina. Cuando me metía dentro, mi abuelo se acercaba por la entrada y me llamaba. Yo me quedaba en silencio creyendo que tenía que estar oyendo los enormes latidos de mi corazón. Según se marchaba salía corriendo por el otro lado y llegaba antes que él a la casa. Al verme tan asfixiado me decía: ¿De donde vienes? ¿Sabes que me tenías preocupado y fui por si acaso a ver si estabas en la mina y te había pasado algo?
Su cara decía de verdad lo que estaba pensando. Que sabía claramente que venía de la cueva.
También estuve delante el día que dejó el tabaco. Entró tosiendo a la casa y mi abuela le dijo que dejara el tabaco que se iba a enfermar. Él, en un gesto de ira que nunca más le ví, tiró la cachimba por la ventana a las plataneras. Fui a buscarla para cogerla para mí y nunca la encontré. Solo puedo decir que él no fumó nunca más.
También recuerdo, cuando hablamos que el hombre iba a ir a la luna. Se reía y decía que como va a ser eso, tú no hagas caso de la televisión, que es un engañabobos. Murió el 19 de Julio, al día siguiente (20/07/1969) el hombre llegó a la Luna, o al menos, eso dijo la televisión.
Recuerdos, abuelo.
Nota: La imagen obtenida del Archivo de Fotografía Histórica de FEDAC -Cabildo de Gran Canaria- a quien muestro mi agradecimiento, no es en realidad de mi abuelo, pero su sola observación me inspira ternura.

La abuela Frasquita

Siempre recordaré la carta que me envió mi abuela describiendo lo que pasó el día de mi jura de bandera. Entonces estaba de moda, hacer la “mili” en Aviación, en Gando y así se evitaba que le mandaran a uno a la Península.
Lamentablemente, la carta se quemó en un incendio ocurrido en mi casa hace más de 30 años. Se quejaba en la misma –con su socarronería- que fue a verme al cuartel y yo, según me dijo, no le hice caso, que solo tenía ojos para mi chica.
Tenía en aquel tiempo, 19 años y una novia que me tenía loco. Y sin darme mucha cuenta cuando vino a saludarme, la besé, le pedí la bendición –cosa ya perdida hoy- y seguí “embebío” con ella.
La carta que me mandó ocupaba un pliego entero, es decir dos folios a doble cara. Estaba toda escrita en verso y, de verdad, me entró “sentimiento”. Me reprochaba, como si ella fuera en verdad mi novia.
Recuerdo de mi abuela sus manos largas, como de pianista y su sonrisa infinita, sus cuentos para entretener a los niños, sus bromas… Uno de los cuentos aún seguimos diciéndoselo a los nietos:
¿Quieres que te cuente el cuento del gallo morón?.
Sí.
¡Yo no te digo ni que si ni que no, sino que si quieres que te cuente el cuento del gallo morón!
No.
La misma respuesta y así hasta cansarnos.
Siempre haciendo labores: punto cruz, bordados, calados, etc. En su casa enseñaba a las niñas del pueblo a coser y bordar. Se llama la costura.
También los dulces que hacía: queques, buñuelos, bollos, dulce de calabaza, truchas de batata y dulce de angel, etc.. Nuestra ayuda consistía en partir almendras, yendo a comprar la harina o a coger leña, amasando.. Eso sí, su gran preocupación era que nos laváramos las manos y siempre nos lo estaba recordando. ¿Se lavaron las manos?.
En todas las casas había uno o dos abuelos. Antes acababan su vida en sus casas o en las de sus hijos y, a los niños nos gustaba escuchar sus historias, hacerles preguntas, en fin, estar con ellos. Ya hoy no tenemos la misma referencia de los abuelos.
Los tiempos modernos, las prisas, el trabajo, el dinero, el ocio, nos han cambiado tanto que hoy parece que sobran y solo se les utiliza para cuidar niños u otras tareas simples. El cambio en nuestra sociedad es total. Creo que tendríamos que aprovechar mucho más su experiencia.
En este aspecto, quiero mencionar aquí la hermosa y enorme tarea realizada en La Aldea de San Nicolás por el Grupo de Desarrollo Comunitario de dar valor a las personas mayores de ese municipio, mediante el fomento de la convivencia entre tres generaciones,- padres, hijos, abuelos - manteniendo fresca, al revivirla, la cultura popular. Se sienten valorados, son alegres, bromistas, participativos y siempre están preparados para contribuir a cualquier tarea que realce su historia y costumbres.

El reintegro

Vamos a recordar hoy los números de ciegos, ese sorteo tan metido en nuestra gente. Hoy todo se ha modernizado y Vd. puede pedir el número que quiere jugar y el vendedor de cupones saca un ordenador, manipula, lo imprime y se lo vende. Pues bien, antes los vendedores llamaban a comprar con la frase: ¡Los cuarenta iguales para hoy! a voz en grito. El “para hoooy”, muy estirado en la o.

Aquí va la historia de hoy:

Un día, nuestro Pancho se reunió con un trío de “bergantes solteros” y, guitarras y timple en mano, primero se fueron para Las Palmas y como sería esa juerga, señores, que recalaron en Tenerife. Pasaron una semana entera de tenderete y al final, como todo se acaba, aparecieron por sus casas.

La mujer, -vamos a bautizarla hoy como Clarita-, estuvo desesperada buscándolo por hospitales, Policía Local y Guardia Civil. Y cuando llegó a la casa, al encontrarse a su Pancho acostado – de zorrocloco - y hecho un poema, empezó a chillarle con gritos, gemidos, tratándole hasta de bandío. Éste con su finura habitual –dejarse dir pal pie, se llama en canario,- no plantó cara a su mujer, diciéndole apesadumbrado:

¿Y que voy a hacer, mujer, si Dios le da sombrero a quien no tiene cabeza?. Clarita, poco a poco, se fue calmando, echó su llantina y hasta su beso le dió.

A los tres días, y cuando el mar de la casa ya estaba en calma chicha, los amigos le invitan para volver de parranda el sábado.

Después de mucho cavilar, esto fue lo que le dijo Pancho a su mujer:

¿Clarita, sabe usted cuando estuve pá Tenerife? ¡Pues compré un número de ciegos y salió premiado con el reintegro! ¡Y ahora tengo que volver pallá pá poder cobrarlo! .

¡Señores, el sábado no hay machorra!

En un pueblo de la isla de Gran Canaria, existe la costumbre en los entierros que una vez enterrado el difunto, sube a un lugar elevado del cementerio –para ser visto- un señor con su terno azul oscuro y una corbata azul clara que al parecer es “el de la funeraria” y hablando en nombre de la familia dice:
” La familia agradece su asistencia y les comunica que el día y hora tal y en la iglesia cual, se celebrará el funeral por el alma de don fulano de tal….”
Este dato es necesario para la comprensión de la historia que sigue a continuación:
Estamos en el cementerio, esperando por el coche fúnebre y oigo a un señor que le dice a otro: ¡Oye, el sábado, por la mañana, Alberto mata una machorra, no me faltes!.
Jurado por Dios que a mí no me invitaron, pero si les puedo decir que esta conversación la oí casi todas las veces, -dicha por otros o por mí- mientras esperábamos.
Lo gracioso fue cuando ya terminaba el entierro, se sube el señor del traje oscuro para notificar y cuando va a hablar, se sube también Alberto cabreado por tantos invitados a su fiesta y a voz en grito, dice:
¡Señores, el sábado no hay machorra!
¿Qué pensarían las personas que estaban allí para un entierro y no tenían conocimiento de la fiesta de la machorra?. ¿Era un buen lugar y momento para anunciar una fiesta? ¿Saben quien invitaba a todo el mundo? ¿No lo sospechan? Saben que Pancho (PT) no se llevaba con Alberto?

Mi agradecimiento al amigo Pepe Trujillo, de Telde.

¿Qué le pasa a los morales?

En una visita a la isla del Hierro, entré a una tienda de aceite y vinagre que estaba situada frente al Cabildo, en Valverde. Allí se vendían productos de la tierra, duraznos, higos, cebollas, etc..vamos lo que hoy se llama un establecimiento ecológico.
Había a la entrada un cartel donde se proponía la compra de licor de moras. Le dije al señor que estaba tras el mostrador, -una persona de lo menos 90 años, con unas gafas de las que llamamos de "culo de botella", por la gran cantidad de dioptrías que debe tener-, que quería una botella de licor y su respuesta fue la siguiente:
Tengo que quitar ese cartel de ahi. -Obsérvese que no dijo ahí, con acento, sino ahi-. ¡No tengo licor, cristiano, porque ya no hay moras!. ¡ Yo no sé lo que les pasa a los morales, debe ser por los tiempos que hay, pero se han vuelto como los políticos. Todo son flores, pero frutos ni uno!.
Quiero agradecer las respuestas de Vds. a los escritos anteriores, especialmente a esas personas imaginativas, con sentido del humor y rapidez mental que alegran la vida del que les escribe. Saludos de Pancho

Perfumería de la época.


Siguiendo con la venta de artículos en las tiendas de aceite y vinagre –hablo de la época del cólera, que es la mía- recuerdo, entre otros, algunos que estaban dedicados a la "guapura" del personal, tanto femenino como masculino:
El Visnú, era una crema lechosa para la cara de las mujeres, cuando lo usaban parecía que se habían puesto leche o una mezcla de agua y polvo blanco. Por alguna oculta razón en las arrugas de la cara no entraba el producto, permanecían sin pintar y se notaba muchísimo.
El Floid, para los caballeros: masaje para después del afeitado. Su olor en las barberías aún permanece en mi memoria.
La Bella Aurora: Crema para las manchas de la piel. Continúa vigente, - tiene su página web- ,y
El Dermogético, que se vendía mucho, y había en todas las casas. Creo que era un maquillaje. En estos días he tenido conversaciones donde las mujeres reconocían comprarlo y algunas que todavía lo usan. Claro, ahora lo comprarán en perfumerías, dado que se ha eliminado el comercio minorista de perfumes.
También desapareció el vendedor ambulante de colonias, fijador, brillantina, etc. Iba los sábados por las casas ofreciendo su mercancía.
Para comprar había que llevar los envases. Se usaban tarros pequeños de penicilina u otros medicamentos similares y el vendedor medía la cantidad comprada con unos tubos de cristal pequeños milimetrados y con un embudo pequeñito la introducía en el frasco.
Luego se cerraba con la tapa de goma a presión. Las marcas de colonia que más se vendían, eran
Maja, Maderas de Oriente, Embrujo y Heno de Pravia.
Recuerdo un vendedor -luego fue afamado escritor de Gran Canaria- que subsistía comprando al por mayor –una o dos botellas, de cada cosa- en una droguería del Puerto de la Luz y luego vendiendo estos productos por la zona sureste de Gran Canaria.

Josefita, déme un Veramón


Hace 30 o 40 años algunos medicamentos similares a la aspirina se vendían en las tiendas de aceite y vinagre. Tenían estos nombres comerciales: Veganín, Okal, Calmante Vitaminado, Optalidón, Aspirina inglesa -en un bote de cristal que contenía una gran cantidad de aspirinas pequeñas- y finalmente, Veramón.
El campesino de mis historias -voy a llamarle Panchito- está echándose una copita cuando ve llegar a otro que es famoso porque siempre está gritando. Cuando llega a la altura que puede oirle, dice a la señora del bar: "Josefita, déme un Veramón, ay mi cabecita". Es entendido por todos lo que está diciendo y especialmente por el gritón que le contesta: ¿Que pasa es que no puede uno hablar o qué?. La frase se usa cuando alguien hablando está molestando a otro o no quiere seguir oyéndole.

Ya la cabra me la mataron


Jugando a las cartas con tres personas mayores oí la siguiente frase: "Cuando yo ví el cuero encima de la albarda, me dije: Ya la cabra me la mataron".
El contexto fue un juego de zanga, típico juego de cartas de Canarias. Planteada la situación así:
Un señor tiene en su mano dos cartas, una buena (la 2ª mejor) y otra mala. Cuando tiene que servir (en el juego se llama "arrastrar"), ante el temor de perderla, no se atreve a echar la grande y sirve con la mala. En la siguiente jugada al haber dejado la grande sola, se la quitan con la mayor de todas. Es en ese momento cuando dijo la frase que a mí, particularmente me parece una muestra de la socarronería de la gente del campo.

ESCRITO DE PRUEBA.

Voy a publicar mi primer escrito en el blog. Le he puesto el nombre de CANARIO. espero publicar algunas reflexiones y establecer contactos con personas amantes del debate respetuoso.
saludos.