Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

El pequeño turronero


En el pueblo del Juncal perteneciente a la jurisdicción de Tejeda, cuando llegaban las fiestas los vecinos preparaban un programa de actos que estaba compuesto por su partido de fútbol entre casadas y solteras, carrera de sacos, la piñata, la chocolatada –niños con los ojos vendados se dan mutuamente de comer chocolate y al mancharse la cara y las ropas provocan la risa y la alegría de los vecinos-. Seguimos. El baile de la víspera ¡vaya baile, cristiano! que duraba hasta las 2 de la madrugada. La verbena se paraba a las 12 de la noche para ver los fuegos artificiales, en los que destacaba la batalla entre el castillo y el barco. Voladores desde uno al otro y desde el otro al uno, hasta que se quemaran los dos.

Con la celebración del día siguiente, día del santo, fiesta mayor, en el que ocupaba el lugar central “la función”, que es lo mismo que decir la misa y la procesión que contaba con la asistencia de las autoridades civiles y militares. Era el día de estreno de ropa y zapatos nuevos. Si unimos la feria de ganado, desde siempre muy nombrada por la cantidad de animales que se compraban y vendían, antes se decía que se mercaban, está completo el conjunto de actos festivos.
Para el disfrute de los niños y calvario para los padres llegaba un feriante con unos remos con forma de barquilla y el tiovivo, con sus caballos de cartón piedra.
Pues bien, el día de la fiesta mayor, llegaban al pueblo el cura, el alcalde, algún concejal, la pareja de la Guardia Civil, los músicos (6), el turronero….
Ya celebrada la función y procesión, se convidaba a las autoridades a un vino español. ¡Vamos, unos vasos de vino, aceitunas, carajacas y carne fiesta con pan bizcochado. Se terminaba todo y todos los visitantes salían caminando, bajo un sol que rajaba las piedras, desde el barrio - pues no había carretera en esa época- hasta la intersección de la vía que une Ayacata con Tejeda donde estaba esperando el coche de alquiler. Era uno de aquellos coches que hacían de “piratas” y que llevaban colocadas de la siguiente manera 14/15 personas. En el asiento delantero, cuatro personas incluido el chófer. En la parte trasera otro sillón en el que se sentaban 4 personas y alguna más si eran poco voluminosas. En el medio entre un asiento y otro se colocaba una especie de banco de madera –de quita y pon- en el que se sentaban otras cinco personas. Las puertas se abrían la delantera hacia atrás y en el mismo eje la puerta trasera que abría hacia adelante. Queda aún por señalar el maletero, para los bultos: fruta, papas, paquetes…
En el viaje de ida la distribución de los pasajeros fue la siguiente: En el asiento delantero y junto al chófer, el cura y el alcalde. En el asiento trasero, un concejal, la pareja de la guardia civil y el maestro de la banda de música. En el asiento del centro, cinco músicos más (la banda eran seis).
En el de vuelta, exactamente igual. Todo el mundo a su sitio. Pero esta vez, a los cien metros de subirse al vehículo, les paró el turronero -que iba con su hijo Elías, de 10 años, caminando por la carretera- pidiéndoles que les llevaran hasta Tejeda. Habían salido primero porque a ellos no los invitó la comisión de fiestas al brindis. Metieron las cajas de turrones en el maletero. En aquel tiempo, las cajas no eran como las de hoy. Entonces se llevaban colgadas al hombro mediante un cinto de cuero ancho. También es verdad, que no había ni tanto dinero ni tanta gente para comprar. El turronero llevaba la caja grande y el niño una cajita más pequeña hecha a la medida. En el maletero junto a los regalos que le hicieron al alcalde, alguna fruta del tiempo y creo que también un baifo, se pusieron las cajas de turrón.
Empezaron a apretarse, estrechándose como pudieron. El concejal pasó a primera fila, con el sacerdote y el alcalde. Un músico pasó al asiento desocupado. Al turronero lo pusieron en medio y al pobre Elías, como no cabía lo “encasquetaron” y nunca mejor dicha la palabra, encajonado entre el guardabarros delantero y la rueda de repuesto. Vea el hueco en la foto, para que se hagan una idea.
Cuando él recuerda esta historia, cuenta el miedo que pasó en todas y cada una de las curvas y como, desalado, se asía fuertemente para no caerse. Y así hasta llegar a Tejeda, donde dieron las gracias por haberlos traído y cogieron el coche de hora para Teror, en esa época y ahora tierra también de turroneros, si bien es cierto que el más famoso de todos, antes y ahora, es La Moyera.
¡La señal de haber ido a la fiesta era traer un cartuchito de papel con los turrones¡
Y, sepa usted que una fiesta sin fuegos ni caja de turrones en una esquina, no es tal fiesta. ¡Hasta otra!

3 comentarios:

javi dijo...

eres un mostro, quiero me enseñes a hacer un blog, de verdad, y tienes que recoger todas estas historias y publicarlas en un libro. saludos

Antonio dijo...

Yo concozco a un señor Elías, turronero de Teror. ¿Será el del sucedido?

Anónimo dijo...

se acuerdan de la cocinilla en los fuegos