Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

La tienda del machinal


Mariquita tenía una tienda de aceite y vinagre, de esas que ibas sin dinero y traías para la casa lo que necesitabas. Se apuntaba en la libreta y a final de mes –aquel que podía- liquidaba su deuda y el que no se escondía hasta el mes siguiente. Ella tenía un temperamento fuerte pero era muy buena persona.

El alcalde conocía la gran afición de los muchachos del pueblo a jugar al fútbol. Algunos habían pasado de la pelota de trapo -hecha con calcetines viejos y trambojos (1) bien apretados y cosidos- al balón reglamentario que había aparecido ultimamente en el parque. Este tenía una parte ajardinada, donde había unas flores preciosas y otra parte enlosada para el paseo. Ahí es donde jugaban los niños a la pelota, con graves consecuencias para las plantas.

Para evitarlo, el regidor municipal propuso alquilar un terreno colindante con el parque para que los muchachos jugaran allí, evitando el daño a las plantas y así lo aprobó la corporación. Uno de los lados del terreno lindaba con la casa y tienda de Mariquita, una pared de piedra y barro.

En principio, el cambio de campo le vino bien a la tendera. Cuando no le liquidaban la “droga” (interprétese como deuda) del mes, localizaba al hijo de los deudores y le decía:

-¡Mi niño, dile a tu padre que Mariquita tiene la cuenta preparada!

Cuando había pasado un tiempo del cambio de terreno, a Mariquita “se le fue llenando la cachimba” -quiere decir: se fue cabreando- porque a cada momento la pelota o el balón caían dentro del patio de la casa o en el tejado y los niños a pedírselo y ella a entregarlo.

Harta de tanta colaboración, un día decidió no devolverlas y las iba acumulando en la casa vieja. Mientras los niños tenían otras pelotas de repuesto, no reclamaron.

Cuando se acabaron los balones, decidieron hacer un hueco en la pared de la casa de Mariquita para entrar a buscarlas. Arrancaron con las pelotas y disimularon el agujero tapándolo con piedras.

Una de las veces el agujero se quedó abierto. Cuando la tendera se dio cuenta, toda alarmada fue en busca del alcalde y enseñándole la pared gritaba:

-¡Señor Alcalde, mire el machinal (2) que me abrieron en la pared! ¡Mire el machinal! ¡Mire el machinal!


Ustedes saben como son los pueblos y claro, a partir de ese día a la tienda se le conoció como la de Mariquita Machinal.

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(1) tramojo. (Que no trambojos)

  1. m. Ligadura de mies empleada para atar los haces de la siega.


(2) mechinal. (Que no machinal)

  1. m. Agujero cuadrado que se deja en las paredes cuando se fabrica un edificio, para meter el palo horizontal del andamio: las palomas han anidado en los mechinales de la iglesia.
  2. Habitación muy pequeña.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Pa nosotros; machinal: "se me tupió el machinal y se me llenó la casa de agua"...

Moisés dijo...

Siempre aprende uno algo, Pancho, siempre. Interesante relato.

Eligia Socorro Socorro dijo...

Muy simpático el relato.
Lo de trambojos hace mucho tiempo que no lo oía decir:)
Ah, y mis suegros tenían en Ingenio una tienda de las llamadas de aceite y vinagre y no una libreta llena de "drogas", sino unas cuantas libretas que se quedaron sin poder cobrar al cierre de la tienda.
La forma de comprar era:
-Nenita, dice mi madre que me de medio kilo de azucar y que se lo apunte en la libreta.
-Vale mi niño.