Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

La barbería

Vamos a recordar la barbería de mi niñez, digo barbería –término casi en desuso- porque hoy somos más finos y decimos peluquería. Cuando mi padre estimaba que tenía el pelo demasiado largo y se me enrizaba”, decía:
-Vaya a casa de Mastro Pepe a cortarse el pelo.
Había que presentarse al maestro indicando que tenías permiso pues era un “fiado” y el que pagaba   era tu padre. Entrabas a la barbería y    decías:
- Mi padre dijo que viniera a pelarme.
- Espere y vaya leyéndose el periódico o una revistita que tiene dos personas alante.
Descripción de la barbería: dos sillas de barbero, una a cada lado de la puerta. Una para el maestro y otra para el aprendiz. En la pared del fondo un mueble-mostrador ocupaba, de lado a lado, toda la pared. Sobre el mismo, detallado de manera exhaustiva -he puesto a trabajar duramente a mi memoria en la búsqueda de recuerdos- había:

3 tijeras, 
varias navajas
máquinas de pelar de distintos tamaños, 
la colonia (Varón Dandy), 
el fijador, 
la brillantina, 
la polvera con sus polvos talcos, 
el cepillo y el peine, 
el jabón de afeitar, 
la brocha, 
la piedra pequeña translúcida con forma de lápiz (1) que se usaba para cerrar y desinfectar los cortes que hacía la navaja; 
trozos de papel de periódico cortado a tamaño octavilla, que se usaban para limpiar el filo de la navaja, quitando el jabón   durante el afeitado, 
una piedra de amolar, para afilar las navajas; 
y por último, un espejo de mano.
En los cajones, los paños grandes y pequeños doblados y las toallas. En un cajón lateral las barajas, el dominó, y en una latita de sardinas vacía, las piedras de la zanga.
Sobre ese mueble, un espejo también largo y estrecho, colocado en alto e inclinado de tal manera que mirando hacia él, desde cualquier sitio de la barbería veías la calle y las personas que pasaban. A un lado y colgando de la pared una correa de cuero para asentar las navajas y otro espejo grande y viejo en el que se veían las figuras algo cóncavas. En la pared de la izquierda varios almanaques con imágenes de mujeres ligeras de ropa -seguro que era verano- y una fotografía enmarcada de un equipo de fútbol. En la pared de la derecha, dos jaulones grandes con forma de catedral. Dos hermosos capirotes eran sus inquilinos, excelentes cantadores que nos volvían loquitos de la cabeza.
Las conversaciones en la barbería giraban en torno a dos temas: la política y el fútbol. El barbero empezaba a hablar de fútbol, si los clientes no entraban en la conversación, pasaba a la política y si tampoco daba fruto el intento, entonces el tema se centraba criticando al último cliente que se marchó o de cualquier persona que pasara por la calle. Mastro Pepe, además de su profesión, prestaba también servicios de practicante -ver foto de parte del instrumental- y sacamuelas, incluso a domicilio.
Sigamos con la historia, cuando me llegó el turno, el maestro le dijo al aprendiz:
-Vaya poniéndole el peinador (2) al muchacho y súbalo a la silla.
A la hora de sentarme, como era pequeño, el aprendiz sacó un pequeño banco que puso sobre la silla para elevarme y que el trabajo fuera más cómodo. Mastro Pepe me cogió la cabeza y preguntó como quería que me cortara el pelo. Yo le dije solemnemente:
-A la moda.
Cuando terminó, miré al espejo y ví que me dejó como a mi me gustaba con la raya a un lado y peinado hacia atrás. Salí contento para mi casa y  de repente, mi gozo en un pozo. Tuve la mala suerte de encontrarme con mi padre que me soltó:
- Oiga, quien le dijo a Vd. que se pelara así.
- El barbero. Yo no dije nada y me peló como él quiso..
- Vaya Vd. otra vez y le dice a Mastro Pepe que lo pele al     dos con la moña.
Este estilo era rapando toda la cabeza a dos milímetros y dejando solo el flequillo cortado horizontalmente sobre la frente. A todos los niños nos cortaban así el pelo, parecíamos militares, y está claro que fracasé en mi intento de parecer diferente.
. Fui otra vez a la barbería, le conté lo que pasaba y me dijo:
-Usted me dijo a la moda.
Le contesté, mintiendo, con la cara ruborizada por la vergüenza.
-Yo a usted no le dije nada.
Me volvió a cortar el pelo, la maquinilla me daba escalofríos cuando entraba rapando la cabeza y de vez en cuando Mastro Pepe caliente refunfuñando:
-¡Carajo con el níííño! ¿Que no me dijo que lo pelara a la moooda!. ¿Usted cree que me bebo el tino (3) o qué?. ¡Yo ahora,  pelo dos, cobro una y a reclamar al maestro armero!
-o-oOo-o-

(1) Piedra Alumbre.-La piedra de Alumbre es un sulfato mineral natural, de alúmina y potasio, que actúa increíblemente bien como desodorante y cicatrizante. Ha sido muy utilizada en las barberías como elemento desinfectante, después del afeitado.


(2) Peinador.- Ese paño grande cubridor que evita la caída del cabello cortado sobre la ropa, así como la introducción del mismo por el cogote, según mi amigo barbero, Benjamín Castro (+, tristemente fallecido), se llama
peinador.



(3)
Beberse el tino, en el campo, significa: Tu te crees que me olvidé o qué.


Molino de gofio con historia

Hace más de veinte años, todavía no había nacido Acoidán, fui con su abuelo Bartolomé Sánchez Santana (Bartolito), buen amigo, a la casa de la Montaña, en San Bartolomé.

Estaban regando las flores y observé que debajo de una maceta y con la intención de separarla del piso había una piedra redonda. Al mirarla más detenidamente me pareció una piedra de molino. Levanté la maceta y al intentar cogerla se me deshizo en las manos, partiéndose por la mitad debido a la humedad de tantos años. Un poco más allá y bajo otra maceta, estaba la otra piedra, la superior, ésta en mejor estado. Le pregunté a Bartolito y me contó algunas historias del pequeño molino de mano.

-Mire, Pancho, en esta casa vivíamos mis padres, Bartolo y Josefa, y cinco hermanos, cuatro varones y una hembra. El molino estaba aquí en la entrada y mis hermanos mayores dicen que siempre estuvo en este sitio, que fue de mis abuelos y por tanto tiene, como mínimo 100 años.

Me hizo mucha gracia, cuando prosiguió:

-Cuando venía algún muchacho a “mosiar”a mi hermana Benita, élla que tenía mucha simpatía, les decía: ¿Mira, ya que estás ahí parado porque no te entretienes mientras hablamos y me ayudas a moler un poquito de gofio?. El muchacho queriendo demostrar su fuerza, empezaba a darle vueltas al molino con mucha velocidad y Benita le iba echando grano sin parar. Cuando estaba cansado y se paraba un poco, le decía: Hay que ver que brazo más fuerte tienes y le daba un pequeño apretón en el bíceps para comprobar lo fuerte que estaba. El hombre arrancaba otra vez a moler hinchado de orgullo. ¡Alguno molió mas de tres kilos de gofio en una tarde!, dijo Bartolito.

Me contó también como eran las “descamisadas” (reuniones colectivas de vecinos donde en medio de una habitación grande se ponían las piñas de millo (mazorcas de maíz, les llaman en la península) consistiendo el trabajo en quitarle las hojas que rodean la piña dejando a la vista el precioso color dorado del grano. La broma principal de las descamisadas estaba en tirarse disimuladamente piñas a la cabeza de una persona que estuviera despistada o hablando con otra. Allí se oía la frase: ¡Señores, respeten!

Luego de dejar secar las piñas, se invitaba a la siguiente reunión- fiesta: la desgranada o desgraná. Como su nombre indica consiste en separar el grano del caroso, según el diccionario:

Carozo. Corazón de la mazorca de maíz, pieza que queda tras desgranarla.

Este caroso servía como leña para el fuego aunque no era muy consistente, pero ha habido malas épocas en la economía isleña, especialmente después de la guerra civil. Recuerdo una frase de uso popular que se aplica a una persona que está pasando una mala racha económica, se dice: Está desgranando piñas por los carosos. O sea que hacía el trabajo de desgranar a cambio de que le dejaran la leña. Según me cuentan las desgranadas terminaban con baile de cuerdas o de taifas. Bastantes parejas se conocieron, enamoraron y formaron familia en esas desgranadas y descamisadas.

El millo una vez seco estaba preparado para tostar. En el caso de Bartolito y siendo un molino de mano, se tostaba lo justo para ir consumiendo (dos o tres kilos, cada vez). Lo hacían en una cazuela de barro colocada sobre un par de piedras, donde se hacía el fuego con leña. Un palo, llamado “meneador”, en cuya punta se amarraba un trapo grueso, servía para mover el grano tostándolo de manera uniforme.

Como al principio les expliqué la forma de moler y además tenemos la foto del molino, el proceso completo de hacer el gofio está descrito. Descamisar, desgranar, tostar, moler y…comer.

Bartolito me dijo que me llevara el molino si lo quería, que a usted le gustan esas cosas y que igual tenía arreglo. Se lo agradecí y, al día siguiente como el que lleva un enfermo, envueltos en una manta los dos trozos grandes y varios pequeños en que se quedó convertida la piedra del molino viajó hasta la nave Daniel, el marmolista, hoy tristemente fallecido, persona que me tenía bastante afecto. Aparqué a la puerta de la empresa y le dije: Daniel, mira que cosa más bonita. ¿Me la puedes pegar?. Daniel la miró, fue a buscar una carretilla y con todo mimo se la llevó para adentro. A la semana me llamó y dijo: ¡Esto quedó que da gusto! ¿Quieres que te la pique?. Picar es dejar rugosa la superficie para que parta mejor el grano, porque de tanto moler se queda lisa y el grano resbala y no se parte bien. Fui a recogerla, Daniel no me cobró nada y se veía contento de haberme arreglado la piedra. ¡Era muy buena gente, Dios lo tenga en la gloria!

Más tarde, lo arreglé, de hecho ya hace gofio, le hice su mueble y hoy espera – y el que espera, desespera- junto a otras cosas antiguas, quedar instalado en un lugar que permita su disfrute visual desde mi asiento y que traiga a mi memoria, recuerdos tan lindos como el que dos piedras atesoran.

El polígano

Esta anécdota es real. Ocurrió allá por los años 80. En esa época, la asistencia sanitaria de Pancho y su familia se dispensaba en el Servicio de Consultas Externas del Hospital Insular. Allí se encontraban las familias de todos los funcionarios del Cabildo, la Jiai, etc. De hecho las mujeres e hijos de los funcionarios se conocían de verse en el hospital. Eran tiempos en que todos nuestros niños padecían bronquitis asmática y pies valgos. Por cierto, que por ese motivo todos los niños llevaban botas correctoras porque, al parecer, ninguno nacía con los pies bien. A lo largo del tiempo resultó que era una práctica equivocada y hoy ya no se utiliza de forma tan masiva este tratamiento. Pues bien, al hospital se dirigió mi hombre a ver al médico. Una vez atendido por el galeno, le señalaron día y hora para nueva consulta. Para ello, había que hacer "cola" en una ventanilla grande, situada a la entrada del edificio y atendida por dos enfermeras.

En la fila delante de Pancho estaban dos señoras, al parecer amigas. Por la conversación que tenían, nuestro hombre sacó la conclusión de que eran “chacalotas”, nombre que también en masculino -“chacalotes”- se daba en Las Palmas a la gente del barrio marinero de San Cristóbal. Al llegar el turno de ser atendida la primera de ellas, la enfermera le pregunta su domicilio, a lo que contesta:

- En la calle Málaga, aquí en el “polígano”.

Al escuchar lo que dijo su amiga, la otra señora –más “cultivada”- le corrigió así:

- ¡Mi niña, qué cabezúa eres, por Dios! El “polígano” es el de Jinámar. El de aquí, el nuestro de San Cristóbal, es el “po-lí-ga-mo”. ¡A ver si te enteras, que ya te lo ha dicho más de cuatro veces y sigues con lo mismo!.

La mirada de complicidad entre la enfermera y Pancho fue tan grande que ambos a un tiempo empezaron a reírse, intentando disimular, del docto y sesudo comentario de la “maestra correctora”. ¡Todo, menos polígono!


El amigo Fidel


Fidel es un hombre de grandes bigotes que guarda en su memoria multitud de letras de puntos cubanos. Fueron aprendidos de su padre que emigró como tantos otros a Cubita, la bella. Llevo mucho tiempo detrás de él para conseguir grabar las letras. Lo peor es que cuando lo veo pasa una de estas dos cosas:

Que no estoy preparado y por tanto, no tengo lápiz, papel ni grabadora. Y cuando los tengo, él no tiene la “memoria” a punto y prefiere cantarme la canción mejicana: Con mi caballo retinto.

Aquí van un par de ellos, quizás incompletos, con la promesa que si algún día los consigo completos, se los haré llegar.

Aquí va el primero

Estaba yo trabajando

tranquilo en mi barbería

Para el pan de cada día

Con mil angustias ganar

Un hombre se me acercó

Y en la puerta se paró

Y me dijo con voz clara

Preséntese en Santa Clara

Al primer juez de instrucción

Dígame, amigo Escobar

Que cosa encuentra más fácil

Casarse o ir a la cárcel

O en que va a determinar

Yo de eso que voy a hacer

De eso que voy a opinar

Sáqueme pruebas presentes

Señor juez de esta mujer

A ver si ha podido ser

el daño de un delincuente.

O esta otra del carpintero enamorado de su mujer

Al carpintero Narciso

Se le murió su mujer

Como era de su querer

Una de madera hizo

Fue tanto lo que la quiso

Que la metió en la alacena

Y ella sin culpa ni pena

Al carpintero mató

Por eso dice el refrán

Que la mujer,

Ni de madera es buena.

Tiene otra muy extensa sobre la suegra que voy a poner por tarea conseguir la letra. Finalmente una anécdota real sobre Fidel.

Ustedes saben que en el campo han aparecido últimamente unos nuevos virreyes, no les voy a dar el nombre de su oficio, que molestan a unas personas por coger hierba o reponer una teja y a otras haciendo lo mismo, no solo no le dicen nada, sino que además les rien la gracia. Pues bien, un día estaba Fidel cogiendo hierba (cerrillos, relinchones, malvas, tederas..) para sus cabras en el monte. De repente apareció uno de estos virreyes y sin darle las buenas horas, dijo:

¿Qué está haciendo Vd. ahí? ¡Eso está castigado y lo voy a denunciar!

Fidel, se levantó, le miró fijamente y con la hoz levantada en la mano, se le acercó diciendo:

¿Qué que estoy haciendo? ¡Estaba empezando a cortarle los co… a uno que me quiere dejar las cabras sin comer!

El virrey salió corriendo, se subió en el coche y tiró la capital. Ni ha habido denuncia ni ha vuelto a decirle nada.

Lo que sigue ahora es una reflexión fruto de la experiencia de muchos años en el campo. Oiga, tenga cuidado si tiene un cercado, porque un día le nace un cardo borriquero en medio del mismo y está perdido, ¡ya no podrá plantar las papas! porque el cardo es una especie protegida o eso dirá el virrey y se ganó Vd. la lotería.

Esta es una más entre las causas de los incendios en el monte.

La radio y la televisión


Recuerdo, cuando era pequeño, al aparato de radio (la arradio) como decía entonces. Nuestro peninsular de turno diría: el rezeptor de radio, ¡mire Vd. que diferencia!. 
No hay ningún error, lo puse con zeta. 
Las mejores marcas eran Grundig, Graetz, Philips, La voz de su amo.
Teníamos en casa uno de otra marca, Radiola. 
Allí junto a la radio, sentados en el suelo, mi madre sintonizaba Radio Catedral, con sus programas religiosos: el rosario, la misa, al padre Peyton, con el lema: La familia que reza unida, permanece unida. ¡Nosotros deseando que terminara para ir a jugar a la calle y ella añadiendo otra avemaría, otro credo, otro padrenuestro que no decía la emisora! ¡Y otra pá las ánimas benditas!.
La ronda, canciones dedicadas: Para Siona, por su próximo enlace matrimonial. Para Carlos, de Las Chumberas, por su incorporación al servicio militar. También había la parte más graciosa y divertida con Pepe Iglesias, El Zorro, locutor simpatiquísimo -creo que argentino- con su personaje, Fernández, y su melodía de entrada al programa cuya letra decía:
Yo soy el zorro, zorro, zorrito
para mayores y pequeñitos
Yo soy el zorro, zorro, señores
De mil amores vengo a contar…
Ya por la noche, mi padre ponía la Onda Pesquera, Radio Internacional, Radio Moscú, Radio Pekín, etc., pero la que más oía: Radio Andorra Independiente, “la radio de los comunistas” donde se daban las noticias contrarias al régimen.
Para el personal masculino, el programa estrella: Los partidos de fútbol radiados. Eran tan buenos los locutores que parecía que estabas viendo el partido. Nombres locales como Pascual Calabuig o nacionales como José Luis Pécker o Matías Prats eran dioses de la comunicación. La forma de estar informados de lo que pasaba era escuchando las noticias de Radio Nacional, conocidas como “el parte”, nombre venido desde la guerra que llegó hasta nuestros días.
Más tarde llegó la televisión. En las tiendas ponían en el escaparate un televisor encendido y los personas se ponían a verla desde la calle, obstaculizando la acera. Cuando ponían fútbol, había verdaderas aglomeraciones. Al poco tiempo se fue socializando el televisor y empresas como Quillet, con su lema -desde un alfiler a un elefante-, o Apavi, en Schamann, las vendían por miles. Vd. firmaba 24 letras y le llevaban el televisor a su casa, le ponían la antena y ¡a disfrutar!. Luego venía el problema ¿Cómo evitaba Vd. que todos los vecinos vinieran a ver la tele a tu casa mientras no tuvieran la suya?.
Otra cosa que recuerdo es esta. Los televisores eran en blanco y negro. Pero se podía comprar un rectángulo de plástico del tamaño de la pantalla que la convertía en color. La verdad era que se volvía la imagen de color amarillento.
Y esta última anécdota: Cuando una persona no podía pagar la letra, venían a llevarse el televisor. Entonces la vecina, muy previsora, se había cuidado mucho de comprar la antena aparte y pagarla al contado. Así, si no podía pagar el televisor no se llevaban la antena. Cuando estaban subiendo el televisor al furgón por impago, aparecía la vecina gritando desde la ventana:
¡Juanito , no tarde mucho en arreglármela que los niños no pueden estar sin la tele!

Los juegos de los niños


¡Qué tiempos aquellos! En verano salíamos a jugar a la calle desde primera hora. Parecía que los días no se acababan nunca. Boliches, trompos –a los que poníamos la púa tacha-, fútbol, la rueda –sacada de la quema de una rueda de coche-, el teje, la tángara…., eran los juegos de los niños. Las niñas, como hoy, jugaban a saltar la soga, los recortables, las muñecas, también marcaban el suelo con tiza y luego saltaban echando un tejo sobre los dibujos que hacían.

Frente a la casa de Pancho, en Schamann, había un terreno que le servía a él y sus amigos como campo de fútbol. Siempre que íban a jugar un partido, primero se ponían a prepararlo. Echando piedras fuera del rectángulo, el campo quedaba limpito, limpito. Piénsese en un terreno de tierra cernido, y todo lo que queda fuera del rectángulo de juego lleno de piedras pequeñas y alguna grande para sentarse. Lo marcábamos con cal. Las rayas siempre “cambadas”, que al parecer viene de combadas, o sea curvadas o con forma de comba. Las porterías eran tablas de madera finas para los postes, clavadas dos o tres para que alcanzaran la medida en altura. El larguero era un poste largo de flor de pita. Se amarraba con hilos y alambres (se dice: "verguillas") y alguna tacha grande. Para que se mantuviera verticalmente se ponían otras tablas de madera clavadas a cada poste y muchas piedras en la base, para que permaneciera erguida. Las redes eran en verdad los restos de una red de pesca. Sabe Dios de donde vino y quien la trajo. El caso es que cuando íbamos a jugar, nos creíamos los mejores jugadores del mundo y que aquello era el Estadio Insular. El balón “ahuevado”, la mayor parte del tiempo desinflado o a medio inflar porque tenía el neumático picado, –nosotros le llamábamos el gomático-. Lo malo cuando en el juego alguien le daba un chutazo fuerte a la portería y se caía "en peso" al suelo. No había problema. Se paraba y se arreglaba como se pudiera y se seguía.

A veces cuando estábamos jugando venían los gandules a echarnos del campo para jugar ellos. ¿Saben lo que hacíamos los chiquillajes? Empezábamos a echar piedras al campo de nuevo y así no podían jugar. Cuando se marchaban, vuelta a empezar. Otra vez limpieza de campo.

Solo me falta describir el calzado de los futbolistas: descalcitos, como Dios nos trajo al mundo. Porque lo primero que hacíamos para jugar era quitarnos y guardar las alpargatas o los zapatos -quien los tenía- para que no se rompieran. Hoy todo son equipajes de marca, campos de césped, tobilleras, canilleras, medias, botas de no sé cuantos euros, etc, etc.

Y les digo una cosa: los futbolistas de hoy serán más fuertes, más completos, etc. etc. Pero de la clase que teníamos los de mi tiempo, yo he visto pocos. Germán –el maestro-, Tonono, Guedes, Correa, Vera Palmés, Susi, Carmelín, Pepe Juan (el de Escaleritas). Su técnica era y es, insuperable. ¿Saben que también Pancho fue futbolista? Jugó en el Barranco Guiniguada en el Luz y Progreso, de San Juan. También en el Sagrado Corazón, en la Piscina de la Isleta. En el Juvenil Las Palmas A y B; y en el Aficionado, Artesano, San Roque y otros…... Era zurdo, habilidoso pero no muy valiente. Dicho de otra manera, no le gustaba ir al choque. Jugaba más por divertirse, echar balones en medio de las piernas y decirle al adversario: Cómprate una sotana. ¡Qué tiempos aquellos! No teníamos medios, pero ¡como nos las apañábamos para no tener desconsuelos!.

He puesto una foto del año de 1980 del equipo de la Jiai, entre ellos está Pancho con su eterna barba.

El paquete de picadura


Pancho nació y vivió su primera infancia en Tenoya, en Las Palmas de Gran Canaria, a mediados del siglo XX. Era un chico moreno, vivaracho, despierto al que le gustó estar siempre con su abuelo Antoñito Francisco quien le gastaba sus grandes “quintadas”. Pero eso, al fin y al cabo fue bueno para él, pues le fue modelando el carácter. Aquí va una anécdota de la socarronería del abuelo:
En la bajada desde la carretera general al pueblo de Tenoya, había y hay una casa cuyos propietarios eran de apellido Torón. Frente a esa casa y hacia la derecha, sale un camino que va al Almatriche, donde estaba la finca del abuelo. Allí en el cruce de caminos, había una piedra grande donde se sentaba el abuelo con sus amigos a conversar. Una de las veces que Pancho se acercó por allí, le dijo el abuelo:
           
- Panchillo, vete a casa de Pepito, el carero (1) y me traes un paquete de picadura. Mira, voy a poner una marca de saliva aquí en la piedra, si vienes antes de que se seque, te doy un perrillo (2).
Pancho salió como un loco –antes se decía “las patas le llegaban al culo”- para llegar a la tienda que estaba aproximadamente a un kilómetro de allí. Compró “fiado” la picadura: Apúnteselo a mi abuelo. Y partió a correr de vuelta. Desagallado, llegó a la piedra para ver la marca de la saliva. ¡Estaba seca!. Y fue entonces cuando habló el abuelo:
- ¡Ya coooño, Panchillo! ¡Se secó! Pero, porqué poquito perdites el perrillo. la próxima vez lo consigues.
Y no le dió moneda alguna. Lo que le fastidió a Pancho fueron las risitas de los amigos de su abuelo. Buscando como cobrárselas, solo llegó a decir llorando:
- Yo me voy pá mi casa y a mí no me mandes más, porque no voy.
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1.- Propietario de la tienda de comestibles.
2.- Moneda de 5 céntimos de peseta, llamada también “perra chica”.

Nino, el de Moya


Nuestro personaje fue muy popular en la Villa de Moya, donde vivió. Falleció a finales del siglo pasado. A veces se ponía en su pueblo a dirigir el tráfico en medio de la calle y cuando alguien le decía alguna broma le soltaba un golpe con el puño en el techo del coche, abollándoselo. También hacía una mueca, como que se ponía nervioso con lo que le estaban diciendo y hacía como que se mordía la mano. Este era su gesto característico. Pues bien, la historia de hoy es esta:

Un día le apeteció a Nino darse una vuelta por Las Palmas. A primera hora de la mañana se subió en el coche de hora y a eso de las doce del día ya estaba mi hombre cansado de caminar. Sentado en un banco de la calle de Triana, levantó la cabeza y vió a un taxi. Corrió, le hizo señas, paró, se subió en la parte de atrás y le dijo al taxista:

-¡A Moya!.

Me parece ver al taxista mirando por el espejo retrovisor con el rabillo del ojo pensando:

- ¡A este le cobro yo cuatro mil pesetas por el viaje!.

* Para los que siempre están diciendo que la peseta no existe, les digo: ¡ Buéeno, vale, hoy serían 24 euros!. Pero tengan en cuenta que el euro se puso en circulación en Junio de2002, mucho después de la fecha del relato.

Sigamos con la historia. Un poco después, otra mirada por el espejo escudriñando la categoría del pasajero y pensó:

-¡Yo creo que con 3000 pesetas está bien. No se puede abusar!

Ya subiendo el Pagador, vuelve a pensar para sí, - para sus adentros- que diría Pepe María:

- ¡Hombre, yo creo que con 2500 está bien. Además parece un trabajador. Nada. Le pido 2500!.

Entrando al pueblo de Moya, Nino le dice al taxista:

-Pare por áhi. (Dijo por ái, no por ahí)

El taxista para junto a un callejón estrecho y en bajada. Nino se apea del coche, se acerca a la ventana derecha del taxista y le dice con gesto ambiguo y solemnemente:

- Los bobos no pagan.

Y acto seguido sale disparado como una bala trasponiendo por el callejón.

Se pueden imaginar la cara del taxista, viendo las risas de los vecinos que estaban mirando. Pensaría:

-¡Si me bajo igual me roban el coche. Y si corro igual no lo alcanzo. Siempre he oído decir que todos los días sale un bobo a la calle y hoy me tocó a mí.

Esto fue todo lo que acertó a decir:

¡Me cago en la madre que te parió, cabrón!.

Y con las orejas caídas, arrancó pá Las Palmas.

¡Ya hoy te hiciste el día, Manué. Fuerte meleguino estás hecho. Y tu que le ibas a cobrar 4000 pesetas!

Foto de Silvestre

En el día de hoy, 12/05/2008, Gustavo Santana Herrera me ha dejado esta foto de Silvestre. Mi agradecimiento por ello.

Candidito y el ministro Solís.


Esta historia ocurrió a finales de los años 50, cuando visitó la isla José Solís Ruiz, ministro de Franco, conocido como la “sonrisa del régimen”. Fue nombrado en 1951 Delegado Nacional de Sindicatos y, en 1957, Ministro Secretario General del Movimiento. Se reunió en la Casa Sindical, en la calle General Franco, hoy Primero de Mayo, con los Consejos Locales del Movimiento Nacional, el partido único. Estos representantes venían de todos los lugares de la isla, pero quiero dedicarme solo a los que venían de los pueblos del interior.

Allí, en el pueblo, mi Macondo particular, se organizaba de esta forma: El Alcalde, llamaba a unas cuantas personas significativas para invitarles al acto y, además a cuatro o cinco amigos que estaban libres porque no tenían trabajo, ni ocupación fija. Les decía que había que ir a Las Palmas, que venía el ministro y había invitación a almorzar. Se usaba una frase especial para animar al personal: “Gastos pagos y encima hay pitanza”.
Antes de salir, el alcalde le daba a uno de ellos el dinero para el coche y la comida, diciéndole: “Oiga, gastos a justificar, eh”.
Pues bien, pongámonos ya en Las Palmas, están los cinco amigos en la parada de los coches de hora, en Bravo Murillo –antes Camino Nuevo-. Van “empaquetados” con su terno y su corbata, los zapatitos abetunados, alguno como el personaje central de mi historia no lleva traje sino una guayabera crema. De allí, a dar una vuelta por la calle de Triana, cervezas y unas tapitas de tollos, en el bar de Las Lagunetas; almuerzo –rehogado (en canario, rebogao) de judías y carajacas - en un bar cerca del Mercado de Vegueta, con sus pizquitos de coñac y su cafetito. En fin, que se “jartaron” y, ahora pal salón de Actos de la Casa Sindical.
Cuatro de la tarde ¡mire Vd. qué hora!, cerca de mil personas dentro del local. Llega el ministro, acompañado por otros señores con chaqueta blanca y camisa negra – los jefes-, otros muchos con camisas azules –los menos jefes-. Ninguna mujer en la sala. Se va sentando la gente y empieza el acto. Solís Ruiz con el verbo encendido, habla que te habla. Poco a poco va bajando el tono mitinero. A los quince minutos de empezar, el personaje de mi cuento, vamos a ponerle ya un nombre –Candidito- empieza a quedarse dormido. A los dos minutos empieza a roncar, suavemente, bajito, bajito. Poco a poco va subiendo el tono hasta que se le escapa un ronquido fuerte. Su vecino para que se callara le empuja con el hombro. Se calla. Al ratito otra vez a roncar; otro empujón, no reacciona y el ronquido sigue subiendo; esta vez le da más fuerte, con el codo. La respuesta fue digna de una película italiana de Fellini o Bertolucci.
Ante el golpe, Candidito se pone de pie rápidamente y empieza a aplaudir. Se lo pueden imaginar. Todo el mundo en silencio, sentado escuchando al ministro y el solo, de pie aplaudiendo. La seguridad corriendo hacia él a detener al “comunista” que estaba reventando el acto.
Simplemente lo que ocurría era que el hombre había comido más de la cuenta aprovechando la invitación y que la hora no era la más apropiada para el evento.
El hecho es cierto.

Silvestre, pobre de Valleseco.


Corría el segundo tercio del siglo XX, época de penurias en las Islas Canarias. Había escasez de todo y en ese ambiente encontramos a un personaje popular en toda la isla de Gran Canaria: Silvestre Rivero Valerón, conocido como Silvestre.
Hombre de mediana estatura, alrededor de 1,65 m., jorobado, muy descuidado en su vestir. Muchas veces solo llevaba puesto como vestido un mugriento pantalón y chaqueta, sin camisa, tocado con un cachorro negro desgastado, raído, sin ala, al estilo de los que usa la gente de La Graciosa, brillando de sucio. Siempre descalzo. Era un mendigo que pasaba bastante tiempo fuera de Valleseco, pues iba a todas las fiestas de la isla.
En Tirajana cuentan que cuando le daban como limosna una perra -10 céntimos de peseta-, se la metía en la boca haciendo ver que se la comía y luego como en un juego de magia la sacaba de una oreja del donante o de la camisa del mismo. Era una forma de estimular la limosna. Don Vicente Montesdeoca, maestro que fue de Valleseco, excelente conversador, (q.e.p.d.) me decía que cuando llegaban las fiestas de Santa Lucía se marchaba caminando para la Caldera en los primeros días de Diciembre y no llegaba a Valleseco hasta mediados de Enero. Cuando llegaba Junio salía para las fiestas de san Juan y podía regresar a su casa para el mes de Noviembre.
Hay que rehabilitar la figura de Silvestre en el siguiente sentido:
Se ha escrito que era un desvergonzado, que se quitaba la ropa ante la gente. Pues bien, don Jesús Torrent, médico del pueblo, mantenía que no lo era y según explicaba, Silvestre padecía del corazón y cuando le daban ataques, los ojos se le perdían en las cuencas y parecía asfixiarse. Era en esos momentos cuando intentaba quitarse de encima la ropa que le oprimía.

Vivía solo en su casa de Lanzarote (Valleseco), cuyo piso era de tierra. Hacía su comida en un pequeño fogón de leña, se mantenía como mendigo de lo que le daban y alguna ayuda de alimentos que de vez en cuando le proporcionaban sus pocos familiares.
En Valleseco, los niños le tenían miedo, le cantaban cosas ofensivas, como:
“Silvestre Valerón, tira peos en un cajón..” y él salía corriendo detrás con un palo en la mano.

Siendo niño, mi amigo Hache, no le tenía reparos ni miedo, se paraba a hablar con él y le decía que estaba cansado de tanto caminar. Que padecía del corazón. No pronunciaba la erre ( r) y hablaba a borbotones, de forma que apenas se le entendía y lo poco que hablaba eran meras cuestiones de supervivencia: comer, descansar, dormir, el frío, el calor.
Alguna mala gente le dio fama de vampiro (chupasangre, se decía por aquí), por una costumbre suya que voy a relatar:
Cuando el carnicero llamado Benito mataba una vaca le daba a Silvestre la sangre y este la guisaba y freía comiéndose los “tumbos”. Miren Vds. que cosas: Hoy es un manjar exquisito que se sirve en los restaurantes de Nueva York. También cuando había matanza, por allí aparecía Silvestre y le daban la cabeza y las manos del cochino.Ya él se encargaba de quitarle las pezuñas y comerse la carne restante. También hoy es un plato de gourmets.
En el libro Valleseco, Crónicas de un siglo, de D. Nicolás Sánchez Grimón, publicado en el año de 2007, existe una cita de Silvestre que dice así:
“Silvestre:
Este año (*) el Ayuntamiento recibe un oficio del Sr. Juez de Instrucción de Vegueta solicitando un certificado de conducta del mendigo, vecino de este pueblo, Silvestre Rivero Valerón. Silvestre fue una persona que recorría la comarca pidiendo limosna y allí donde le cogía la noche, dormía, continuando al día siguiente su recorrido. Fue sepulturero en Valleseco”.


Cuando los jóvenes del pueblo iban a fiestas fuera del municipio lo hacían en un “pirata”, coche de alquiler ilegal y a la vuelta lo traían como una obra de caridad, pues todos comentaban que su olor era insoportable.
A título de reflexión: Seguramente él hubiera preferido tener una vida distinta, más cómoda, sin enfermedad. No olvidemos que cada persona tiene cosas buenas y malas y que todos somos fruto de las circunstancias. Todos.
Mi agradecimiento a Don H. Navarro por la aportación de sus recuerdos y por el dibujo hecho para mí y fechado en 1993 que se muestra más arriba. Asimismo a cuantas personas me han ayudado en esta pequeña historia.

(*) Se refiere a 1923.



De cuando Pancho fue a Las Palmas a arreglar la moto.


Una vez se le averió a Pancho su moto, una BSA del año del tango, y tuvo que bajar a Las Palmas para arreglarla porque el único amañado en el pueblo, Periquito el verguilla, no daba con la “vería”.

Aún con la falladera que tenía la moto, Pancho traía colgada su gallinita -con sus patitas amarradas y la cabeza colgando, la pobre- para agradar a Don Ambrosio, el abogado de la calle de la Peregrina, que le estaba llevando un pleito de lindes. También tenía pensado que si le arreglaban la moto se llevaría “p´arriba” un saquito de papas y un poco de millo para plantar.

Una vez entregó la gallina y conoció de su “asunto”, se fue para el barrio de Guanarteme y allí fue a dar con un taller que además de arreglar, vendía motos usadas y accesorios.

Al entrar, Pancho se quedó encantado con lo grande y limpio que era el establecimiento. Bien iluminado, a cada lado de la entrada un mostrador y en cada mostrador un empleado sentado en su mesa. Al final, seis u ocho motos ocupando todo el fondo del taller. A Pancho le quedó más cerca el mostrador de la derecha y allí se dirigió mi hombre.

De repente se pegó un leñazo contra algo y se quedó “tuntuniando”. Lo que más le molestó es que los dos empleados, tanto el de la derecha como el de la izquierda se estaban partiendo de la risa. Saben lo que había pasado, que Pancho se había golpeado contra un espejo que habían puesto para dar sensación de profundidad al taller porque era estrechito, estrechito y que allí no había más que un empleado y tres o cuatro motos. Se quedó colorado, "caliente como un macho", pero no dijo esta boca es mía. Para sus adentros, estaba bajando a todos los santos de las familia/s de los empleados. ¿O empleado?

Dedicado al lucero del alba.

Las brujas


Antes, o sea hace tiempo, se hablaba mucho de que habían brujas, que la gente las había visto, que salían por las noches envueltas en una sábana. Que tomaban forma de cabra u otro animal. A mi me han contado muchas historias de brujas. Sobre todo, personas mayores. Voy a detallarles alguna muy brevemente.

Un joven va a ver a su novia que vive en el pueblo limítrofe. A medio camino la burra en la que va montado se para en seco, retrocediendo como si algo le impidiera avanzar. No había forma de hacerla caminar. Tirones y más tirones y el animal no caminaba, al revés lo que hacía era retroceder. El joven saca una navaja que lleva en el bolsillo y le hace un corte a la burra en la oreja. Inmediatamente, el animal sigue caminando sin más. Al llegar a casa de su novia, toca en la puerta y le abre la futura suegra. Tiene un vendaje enorme ensangrentado en la oreja. Le pregunta que le pasó y ésta le echa una mirada que haría temblar a cualquiera y se marcha sin decir nada.

Al término de la historia, todos me lo explican diciendo: ¡Sabes, la suegra que se convirtió en burra porque no quería que fuera a ver a la hija!

En lo único que concuerdan todas las versiones es que las brujas se acabaron cuando llegó la luz eléctrica. Especialmente, cuando los ayuntamientos empezaron a poner alumbrado público en las calles. Todas las personas dicen que las brujas eran gente que salía a asustar a los demás, a coger fruta ajena, en fin a aprovecharse de la oscuridad para conseguir fines, a veces ilícitos. La penumbra era el estado ideal para las brujas. Pero, claro, cuando llegó la luz se veía la cara de la gente y las brujas desaparecieron.

Solo recuerdo de esa época que a los niños nos tenían asustados con las brujas y los chupasangres. Pero, estos últimos los relataré en otra historia.

Lechita escaldada


Tengo que poner rapidamente alguna historia porque los comentaristas se han vuelto locos.

Voy a contar hoy alguna anécdota de cuando Pancho estuvo de concejal del ayuntamiento:

1.- En el momento de conocer que había obtenido el acta de concejal, la gente venía a felicitarle diciendo:

¡Me alegro, Pancho lo conseguiste!

¿Que conseguí?

¡Que va a ser coño, salir de concejal!.

Y Pancho contestaba de coñas siempre lo mismo:

¡Como que salir, yo lo quería era entrar, pá salir siempre habrá tiempo!


2.- Un vecino al que llamaremos “Lechita escaldá” escribía de vez en cuando escritos al alcalde proponiendo medidas para mejorar la calidad de vida de los ciudadanos. Siempre se le contestaba desde el Ayuntamiento agradeciendo sus aportaciones, pero la verdad, es que algunas eran un poco “alocadas”.

Una de las veces hizo una propuesta consistente en que se pusieran palmeras a la orilla de la carretera general en una extensión de unos 18 kilómetros. Casualmente, coincidió con que en esos momentos el Ayuntamiento estaba adquiriendo 1500 palmeras para colocarlas en un tramo de esa misma carretera. Cuando el hombre las vió puestas, creyó que le estaban haciendo caso, y entonces inundó el ayuntamiento con sus propuestas diarias. Entre ellas, la siguiente:

Sr. Alcalde: Solicito de Vd. que quite la música del rock and roll de todas las emisoras de radio y de todas las fiestas, porque esa música está volviendo loca a la juventud y que pongan canciones mejicanas, que los dejan más tranquilos y relajados y además se entienden.

Me despido hasta la próxima amenazando con poner alguna historia más de ese tiempo de mi vida.

Juan de Toro


Cuando era más joven, Pancho estuvo de concejal. Conoció allí a un personaje simpático del que les voy a relatar esta anécdota:
Iba a llegar el tiempo de elecciones y se encontró con Juan de Toro, personaje popular, en esa época muy bebedor, con problemas de salud por sus cíclicas “chispas”; famoso por su simpatía y eterna sonrisa, mujeriego – aunque creo que solo de boquilla- e informador de todo lo que acontece en el pueblo. El diálogo fue así, delante de un guardia municipal, hoy fallecido, también famoso por su socarronería:
Juan: ¡ Pancho, sabe que me voy a presentar a las elecciones! Voy a ir en un equipo con fulano de tal. Ya me pidió el carnet de identidad y todo pá la lista. ¡Los vamos a mandar pál piso!
Guardia: ¿Y de qué vas a ser concejal, Juan?
Juan: ¡De parques y jardines! ¡Y prepárate porque te voy a tener todo el día de chófer. Lléveme allí, lléveme allá!
Guardia: ¡Pós, entonces no te voto!
Pancho: Como sé que van a sacar muchos votos, déjame aunque sea que salga yo solo.
Juan: ¡Nada, pál piso. A trabajar a la oficina, coño!
Pasaron unos días y en el periódico salen las listas de candidatos a las elecciones. Y efectivamente presentan una lista alternativa. Leyendo los integrantes, noto que Juan no aparece. Me dirijo a su casa y le cuento a Juan la desgracia.
-Juan, aquí está la lista que me dijiste, pero tu no estás en ella.
-¿Cómo que no estoy?. Haga el favor de dejarme el periódico, eso es lo que Vd. quisiera, porque no le voy a dejar ni un voto.
Al comprobar que no está en la lista, me dice que si lo llevo a ver al “líder de la formación”
-Porque este va a creer en Dios, con lo que voy a decirle. Se va a reir de mi este cachanchán.
Nos trasladamos en el coche y en presencia de su “jefe de filas”, sostuvo esta conversación:
Juan: Amigo Pepe. ¿Cómo es que yo no estoy en la lista?
Pepe, el líder: ¡Coño, Juan, perdona pero es que en ese tiempo tu siempre estabas bebío y luego me vienes con unos papeles!
Juan: ¿Cómo dice Vd? ¿Qué no me puso en lista porque yo bebía?
Y cogiendo la lista en la mano, le sentenció:
¡Pues si aquí están todos los borrachos del pueblo: Pedro, Antonio, Simplicio, Bienvenido, esetéra, esetéra quien es Vd. pá dejarme fuera. ¡Fuera de la lista de los borrachos! ¡Me hace Vd. el favor y mire, le voy a decir una cosita, eh: ni a mi entierro vaya!
Esta última frase es sinónimo de enfado eterno. Lo máximo.
Como final de la historia, la lista obtuvo 8 votos. Teniendo en cuenta que había 21 candidatos más 3 suplentes y que cada uno debería obtener, al menos, los votos de su familia, que alguno de ellos cuenta con familia numerosa, fue un sonado fracaso. Al término del escrutinio, Juan me vino a abrazar felicitándome por haber salido concejal y con su socarronería aprovechó para decirle a Pepe, el líder:
¡Esto te pasó por dejar fuera a los borrachos de verdad!
Hoy y desde hace más de 20 años Juan ha dejado de beber y está perfectamente de salud. Sigue siendo un enorme socarrón. Me despido amenazando con volver a contar alguna anécdota más de este simpático y encantador personaje.

"El dinero mejor ganado"

Esta historia, aunque un poco larga, quiero hacerla llegar a Vds. como homenaje a D. Salvador Gil Monzón, médico que fué de Santa Lucía de Tirajana en los años de la república a la guerra civil. Fué detenido, en unión del alcalde de esta localidad, D. Julián Caparrós, en Julio de 1936. Conducidos al Lazareto de Gando, huyeron a la entrada de Agüimes y durante algún tiempo se escondieron en la cumbre, cerca de Guayadeque. Su pecado: ambos eran comunistas. Son aún muy respetados en la memoria de los habitantes más antiguos de Tirajana. Hace algunos años el Ayuntamiento de Santa Lucía, les honró con la nominación de una calle a D. Salvador y otra a los Esposos Caparrós Delgado. La anécdota, un tanto escatológica, fué recogida de: Anales Canarios de Medicina y Cirugía, donde fué publicada en el año de 1930: 1:32-34.


"El dinero mejor ganado"
"Era un día del mes de Agosto, diez de la mañana y domingo por más señas. Un día de "levante", que asfixiaba. Como muy bien hace el caso, no dejaré de decir que estrenaba un traje de seda cruda, unos zapatos de lona blancos y mi buena camisa de sport; es decir, amanecí "de punta en blanco" o de "niño pera" como vulgarmente se dice hoy. Terminaba de ver mi último enfermo y cuando me despedía, se presenta un señor de unos treinta y cinco años, en su buena, bonita e inquieta "potranca", me larga un saludo kilométrico (no le conocía) le invito a que pase para que me expusiese el objeto de su visita, lo hace y ya en el despacho y algo receloso, me dice en grave misterio.

- Tengo a mi padre TUPÍO, "jace" hoy tres días y quisiera que lo antes posible fuese a verle; nadie lo sabe ni aún los vecinos.

- ¿No ha obrado nada?

- "Ná, naita", solo unas "agüillas" primero y después unas "granillas" que cuando caen en la basinilla, con perdón de Vd. hacen un "ruio" como si fueran piedras chicas.

Buen caso, dije, bastante escamado para mi fuero interno. Me armo de inyectables (pantopón, morfina, cafeina, aceite alcanforado), un litro de aceite de ricino etc., etc., y un irrigador de 4 litros de cabida. Todo en un cesto, se lo entrego al que iba a ser mi compañero de viaje y rápidos marchamos al sitio, que aunque era cerca (tres o cuatro klmts.) no dejaba de ser un camino infame, sin faltarle los vericuetos, veredas, barrancos y por única sombra la que me daba mi flamante sombrerito de paja. ¿Quien no piensa, compañeros, cuando uno es llamado, en el caso que se le puede presentar?. Asi iba yo pensando y harto preocupadísimo. A pesar de ir "CABALLERO" (asi se dice en el campo, aunque uno vaya en pollino) sudaba por los cuatro costados.

Ya estoy en casa de mi enfermo. Este era un señor, de sesenta y cinco años más o menos y por toda indumentaria sus calzones blancos o calzoncillos y camiseta.

- ¿Qué le pasa? le dije.

- Ya Vd "pue" ver; los "tunos", que me comí el otro día me han "jecho" daño.

- ¿Comió Vd. muchos? insistí.

- De una cesta "pedrera" dejé pocos... (¿?) Mandé a hervir agua, de veinte a veinticinco litros y mientras, procedí a reconocerle detenidamente, aquel hombre no se dejaba tocar, tal era el dolor que sentía y deambulaba por su habitación con quejidos y ayes y preso de un tenesmo incesante.

- Ya está el agua, me dicen. Después de grandes esfuerzos y de frases convincentes, le coloco en posición genu-pectoral en pleno suelo, ya que en la cama no era posible por su altura, pues aún existen las "barras de cama" (que creo sea artefacto canario) y manos a la obra. Cargo mi irrigador con tres litros de agua templada y con medio litro de aceite de ricino. Con paciencia y sentado en un "medio" (medida de madera que sirve entre los labradores de un modo convencional, para medir los cereales), introduzco el índice y empiezo a extraer las pepitas o semillas de los higos chumbos, que como muy bien decia el hijo, caian en el orinal produciendo un ruido, como de piedras pequeñas; sin faltar como aditamento, los lamentos del pobre viejo. Este trabajo duró unos diez minutos, poco más o menos. Introduzco la cánula del irrigador y a gran presión, logré hacer salir muy poca cosa. Vuelvo a cargar nuevamente el irrigador y después de hacer un tacto rectal observo que aquella cantidad de heces fecales no quiere descender. Repito la operación y observo con alegría, que se abomba el "periné", pero no señor, no quiere salir. Vuelvo con el tercer intento extrayendo antes una buena cantidad de "heces-semillas" y cánula adentro. Nada. Descanso un poco y a todo esto, mis glándulas sudoriparas, dando copiosamente lo suyo. Se vuelve a cargar el irrigador por cuarta vez, cánula en mano derecha y con dirección al ano. No había llegado la cánula al sitio cuando aquel buen señor, "se destapona" y de no haber estado en un plano superior al suyo, con toda seguridad no dejo de saber decirle a los compañeros, el gusto que tienen los higos chumbos digeridos.

Una vez producido el "estacazo", se me desmaya el enfermo y me dije: ¿le pasará a este como a aquel jorobado del cuento que una vez derecho falleció? Desde mi camiseta hasta los zapatitos blancos como palomitas (blancas ¿eh?) estaba hecho una lástima y por cierto no con muy buen olor, que digamos, pues se había y en buena cantidad "zurrado" en mi. ¡¡¡Que encanto de carrera!!!... Le pongo una inyección de aceite alcanforado y logro reanimarle grandemente, pero sigo "zurrado", hasta que el hijo regresase con la ropa que en un apunte le decía a mi doméstica, le entregara. Se hizo un lío con toda aquella ropa y ya dispuesto a la marcha, me pregunta el de la obstrucción intestinal que cantidad era la que se me debía.

-¡¡¡Diez y seis duros!!!- le dije

- ¿Pero usted no viene aquí por diez?

- Si, señor, pero tenga usted en cuenta que llevo seis duros más por asistir un parto y le debía de cobrar más por que este es un parto de m...

Se levantó con gran trabajo y dándose masaje en el vientre, se dirigió a una caja de "cedro" y me dice.

- Tome Vd, su "onza" que bien se la ha "ganao". Desde aquel día cuando veo chumberas me recuerda el caso, pero no dejo de pensar también, el "panegírico" que él les soltará cuando se las echa a la cara".
Transcrito exactamente del original.
BIBLIOGRAFIA
1. García Nieto, V.: En el centenario de la "Revista Médica de Canarias". ACTA MÉDICA, 1996; nº 28: 22-24.
2. Gil Monzón, S.: El dinero mejor ganado. Anales Canarios de Medicina y Cirugía, 1930: 1:32-34.