Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

La evolución de la pelota de mi niñez

Allá cerca de los años sesenta, Pancho jugaba al fútbol con los chiquillos en las calles, solares y cercados. Las pelotas se hacían con tiras de plataneras, bien apretadas. Cuando las terminaban de hacer, las tiraban con fuerza contra el suelo y oiga ¡rebotaban hasta la altura del pecho!. Lo peor era cuando durante el juego caían al agua de una acequia. Las sacaban enchumbadas hechas una plasta, digo yo que la palabra vendrá de aplastada que es como quedaba. Dándole golpes, iba soltando el agua pero ya no volvía a coger la forma.

Otra pelota, la de trapo estaba hecha con una media o un calcetín viejo rellenos de trapos. En la foto tienen una hecha -mientras disfrutaba con el recuerdo- a propósito para esta historia.


Claro que, el tejido del calcetín es más fuerte que el de antaño y que no usé la típica media de mujer llena de agujeros. Se metían los trapos viejos en su interior. Eran difíciles de conseguir porque en épocas en que se aprovechaba todo, hasta los trapos viejos tenían su utilidad, especialmente para hacer traperas.

Para que las pelotas quedaran bien prietas se golpeaban contra el suelo y así se compactaban los trapos. Cuando tenían una buena medida –alrededor de 15 centímetros de diámetro- se hacía un torniquete en el calcetín y se daba una vuelta más para que se pusiera más fuerte y otra vez a golpear contra el suelo. Para que no se le quedara un moño, la media o el calcetín restante en la última vuelta se cosía. Recuerdo a mi madre cuando se la llevaba para que me la cosiera. Siempre me decía que no tenía tiempo.


Más tarde llegaron los balones ¿digo balones? El único balón de cuero, propiedad del niño rico del pueblo.

A ver si se lo describo. Una cubierta de cuero, compuesta de trozos cosidos con hilo de bramante ¡qué fino! ¡ se dice hilo carreto! Tenía una costura lateral -ver imagen- que servía para cerrar el balón una vez inflado y amarrado –para que no se saliera el aire de la cámara (entonces decíamos “gomático”). Vean la página: http://www.soccerballscollection.com/1930%20ball.htm que dice asi:

Las piezas: de cuero cosido.

La cámara: Se accede a ella por medio de una abertura que se ata con un cordón utilizando el mismo sistema de los zapatos. La boquilla no tenía válvula, una vez lleno se doblaba y se ataba con un simple cordón enrollado alrededor. Para inflarla, se usaba una bomba –se dice fuelle- típica para las bicicletas.

Estos balones no eran impermeables. Cuando llovía pesaban un kilo, y las piedras y el barro se pegaban a la cubierta. Cuando le dabas de cabeza, te hacías unos piquetes o te salían unos chichones de aquí, te espero. También recuerdo que los balones se engrasaban con sebo de animales para que durara el cuero.


Más tarde, al principio de los años sesenta llegó al barrio Antoñito Alvarez, posteriormente entrenador de fútbol de los juveniles de Las Palmas y padre de tres excelentes futbolistas: José Antonio, conocido por Alvarez. Jesús conocido por Susi y Carmelín, el que más lejos llegó de los tres y que fue un excelente jugador en Primera División con La Unión Deportiva Las Palmas. Los tres llegaron a jugar en la Selección juvenil, máximo escalón para su edad.

Pues bien, en vacaciones, salíamos de las casas por la mañana a llevar a las cabras a comer hierba y de paso a jugar a la pelota. Cada uno llevaba una o dos –y alguna baifa- e íbamos directos para la casa de Antoñito que también salía con su cabra suelta y al hombro dos sacos con balones, lo menos doce.

Mientras las cabras comían la hierba que entonces todavía había en cantidad en la barriada, nosotros jugábamos en uno de los tres estanques de barro que había en Schamann y que estaban situados al final de la calle Pedro Infinito, cerca del puente nuevo que une la Ciudad Alta con la Feria.

Hoy día, cada niño en esa edad tiene uno o más balones de las mejores marcas en su casa. Tiene equipajes en los que no falta nada; botas con diferentes tacos, espinilleras, medias, tobilleras, etc. Juega en campos de césped, está bien alimentado, posiblemente también está mejor preparado culturalmente, pero... ¿disfruta tanto como lo hacían los niños de aquel tiempo?



Mateo, lechero de Teror


Otra profesión que ha desaparecido en nuestra tierra es la del vendedor de leche a domicilio, de puerta en puerta, como se decía antes.
Los cabreros iban con sus ganados por la calle, paraban, ordeñaban directamente a la taza o a la lechera, cobraban y seguían rumbo, dejando tras de sí los excrementos como cuentas de rosario.. En otros sitios eran las vacas las que hacían el mismo recorrido, pero claro los regalos que iban dejando eran más grandes, las famosas “bostas” que perfumaban el ambiente. Hablando en broma, este sería el Comercio Local.
Para ir de pueblo en pueblo se pasó a las bestias de carga. Comercio Comarcal. Parece que estoy viendo al lechero subido en su burra dormido o durmiendo, la burra se encargaba de llevarlo y traerlo al trabajo. Detrás de él dos mulas, en la que se transportaban en cada una cuatro lecheras, dos por banda. En total ocho lecheras. Hoy aún quedan reminiscencias en el lechero del camión frigorífico que va recogiendo, por toda la geografía rural isleña la leche de los pocos animales que van quedando y la transporta hasta la central lechera, esa empresa que se llamó primero Coagro, luego Sandra, hoy creo que Sialsa. Este sería el Comercio Insular.
Pero entre el tiempo de los animales y el moderno camión frigorífico con cuba de acero inoxidable hubo otro tipo de reparto de leche. El del camión que llevaba la leche a la ciudad y la repartía también puerta a puerta. Sobre este tipo de comercio trata la historia de hoy.
El lechero es natural de Teror, vamos a llamarle Mateo y tiene un camión de la marca Dodge americano ¿se acuerdan del carnero que tenía como insignia?.

El reparto -para particulares y bares- estaba en la zona del Puerto, por los alrededores de la parada de las guaguas, al final de las calles Albareda y La Naval, casi dentro del Puerto de La Luz.
Mucho se ha hablado de que los lecheros, paraban en las acequias donde el agua pasaba clarita, clarita y añadían el líquido elemento a las lecheras, se dice “bautizaba”, cuidando especialmente que no aclarara mucho el color blanco para no delatarse y también con no echar mucha “porque cuando hervía, no subía la leche”. Como diría Natalita: ¡Si no sube es que está santiguá!.
Por la tarde, de vuelta de la ciudad, nuestro hombre paraba en la misma acequia, la de la Heredad de San Lázaro, para lavar las lecheras y tenerlas preparadas para el día siguiente. Sea a la ida o a la vuelta, el caso es que allí tuvo ser donde se coló un pasajero que tiene mucha importancia para el relato de hoy.
Estamos ya en Las Palmas, por la calle Andamana, despachando la leche. Los clientes, normalmente clientas, que se acercaban a comprar venían acompañadas de su lecheras de uno o dos litros de capacidad.
Una vecina le pidió litro y medio de leche. Estaba ya terminando de gastar el contenido de una de las lecheras y al hacer el trasiego de la medida de litro a la lechera de la señora, un sapo, ¿leyeron bien lo que escribí? ¡un sapo! pasó de un recipiente al otro. La mujer asombrada viendo al animalito en la lechera dijo:
-Lechero, ¿y eso que es?.
Mateo con una rapidez increíble contestó:
-¡Señora, señora!, ¡Traiga pacá cristiana, que ese es el submarino de la leche! ¡Menos mal que usted se dio cuenta porque sino la leche no sirve y se me pone toda mala! ¡Gracias, muchas gracias, señora!
Metió el sapo de nuevo en la lechera y siguió con la tarea como si nada hubiera pasado.

La jaula de don Saúl

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Esta historia le ocurrió a un amigo, le llamaremos José Angel, cuando corría el año 1978 en Gran Canaria. Hombre amante de los pájaros, es una de esas personas que pasan su tiempo atendiendo y cuidando a los animalitos.
Ustedes los conocerán porque tienen lenguaje propio, no sé si dialecto y dicen cosas como: Que el pájaro está emplumado; que si la hembra tiene huevos; que si le doy huevo duro para que las plumas cojan color; que si limpio la jaula, que si la cubro por la noche. Que si préstame el pájaro pinto que tengo una hembra echada; que si voy a ir a buscar quemones; que si escasea el alpiste, etc..

Está conversando con otro aficionado a la canaricultura y le comenta su gran ilusión: tener un pájaro cardenal venezolano.

En esto pasa don Saúl -personaje pintoresco- que al oir la conversación dice:

-¡Yo tengo en mi casa un montón de cardenales de esos. Tráigame una jaula y le regalo uno!.

José Angel le repite una y otra vez que eso no puede ser que esos pájaros no se pueden sacar de Venezuela. Y don Saúl, erre que erre:

-¡No voy yo a saber lo que es un cardenal. Yo toda la vida me he dedicado a los pájaros!.

En menos de tres días, José Angel -que es un “manitas” - hizo una jaula con forma de iglesia, que digo jaula ,¡un jaulón! . Y es que a un pájaro “de marca” de esos, no lo iba a poner en una jaula cualquiera. Se pasó el fin de semana haciéndola y el lunes se la entregó al generoso don Saúl a primera hora. El martes, mi hombre estaba deseando que aclarara el día y que el desprendido don Saúl llegara con el pájaro de sus sueños. Le vió venir y no llevada nada en las manos.

-¿Qué pasó, don Saúl?.

-¡Perdona José, pero se me olvidó, estoy tan ocupado con los negocios, pero no te preocupes que mañana te lo traigo!.

Y así pasan los días, y yo desesperando y tu siempre diciendo, mañana, mañana, mañana. La historia de la jaula fue un golpe gracioso más que sumar a la historia de don Saúl.

Ayer, más de treinta años después, se me ocurrió preguntarle a José Angel por la jaula:

-¿Oye, ya te trajo el pájaro don Saúl?

A lo que me contestó:

-¡Mira, Pancho, la jaula ya me la devolvió el caballero!

-¿Y el pájaro?.

-¡Un día le dije: Mano, o me trae usted el pájaro en su jaula o la jaula sola!. Me dijo que ya no se dedicaba a los pájaros y que no sabía donde estaba la jaula pero me iba a traer una igual.

Otro par de meses esperando. Y yo todos los días le caía arriba. Yo creo que para evitar la paliza diaria, un día me vino con una jaula corriente. Y yo, cabreado, le dije:

-¡No hermano, usted me trae mi jaula o una mejor y además me la va a dar hoy!

Cuando salí del trabajo fui detrás de él hasta la casa y para abreviar el relato, le diré que me compró una jaula más grande de dos compartimentos.

Cuando me la entregó, me dijo estas palabras:

¡José, fuerte abusador eres!

Y yo me dije para mí, para mis adentros, como diría José María:

¡Fuerte cara, caballeros!

El gitano con bigotes de Ingenio-Agüimes



Este “sucedido” ocurrió a mediados del siglo XX, en el pueblo de Ingenio, en Gran Canaria.

Vicente era un gitano secarrón de poblado bigote que se instaló en Ingenio con su familia huyendo del hambre. Mi hombre iba “escapando” malamente porque los vecinos no le daban pega (trabajo). Eso de ser gitano no fue nunca buena carta de presentación. La gente temía por atávicos prejuicios que, si le daban tarea aprovecharía el día para “otear” el entorno y luego volver por la noche para robar. Esta visión –una desgracia para el pueblo gitano- aún continúa vigente en nuestra sociedad, especialmente en lugares con poco desarrollo cultural y social.

Pues una vez hecha la presentación, vamos con la historia.

Un agricultor se presentó en el cuartel de la Guardia Civil para denunciar que le habían robado un “baifo” y ésta sin hacer muchas investigaciones le “echaron el muerto” a nuestro gitano. Después de un proceso (sumarísimo) de varias semanas, Vicente ingresó en la cárcel de Barranco Seco para un período de seis años y un día.

Recuerdo en este momento a F. M., experto penalista (quiero decir que no tiene idea, pero pontifica y sabe de todo) que un día en mi presencia dijo:

¡los años se saben cuánto duran, pero el díiia, el día se sabe cuando empieza, pero no se sabe nunca cuando acaba.. !

Sin ánimo de hacer ninguna enseñanza y exclusivamente para quienes no conozcan el tema, explico:

A cada delito le corresponde un tipo de pena según la gravedad del hecho. El día se utiliza para separar una pena de otra:

Hasta seis años= prisión menor;

de seis años y un día a doce años, prisión mayor

Cerramos el aspecto cultural, diciendo como el canario del campo: ¡Ñóoo, el Pancho parece un abogao!


Sigamos pues, con el relato

Cuando Vicente llevaba dos años y tres meses hospedado a la fuerza en el hotel, la Guardia Civil investigando sucesivos robos de cabras en la misma zona, cazó al autor de los mismos. Confesó –entre sus múltiples fechorías- que también había robado el baifo que se le imputó –emputó- a Vicente, el gitano.

Está de sobra decir que, de inmediato, lo soltaron y volvió a su domicilio de Ingenio. Pasado un tiempo, el alcalde del pueblo se encontró con Vicente. Después de un gran saludo, le dijo el alcalde:

-¡Hombre! ¡Yo no entiendo cómo tu siendo inocente, no mantuviste la verdad ante la Guardia Civil!

Esta fue la respuesta de nuestro gitano:

-Señor alcarde, a mi me cogieron y me llevaron al cuartel de la Guardia Civil, me sentaron en el sillón del sargento, que era el jefe, me amarraron y cuando estaba bien sujeto me dice el sargento: ¡Vicente, si dices la verdad no te va a pasar nada…! ¿Tu fuiste el robó el baifo a Bartolito? ¡Yo no fui! Cuando ya me había hecho tres veces la misma pregunta, el sargento –caliente- llamó a la mujer.. ¡Teresa, alcánzame las pinzas que tu usas para las cejas!. El sargento siguió insistiéndome y, cada vez que me preguntaba, me arrancaba media docena de pelos del bigote. Así que:

-¡Señor Alcarde, si no le digo que soy yo, me deja sin bigote!





Mi agradecimiento a hnavcar.

De cuando Pancho estrenó un reloj de pulso


    De pequeño, Pancho siempre quiso tener un reloj. Cuando veía un niño con uno en su mano se le “saltaban los ojos”.

    ¡Cuánto deseaba tener uno en su muñeca y presumir con él, como un gato en un mondongo!. Pero las circunstancias y la economía familiar eran las que eran.

    Una de las cosas que más le gustaba antes y aún ahora, era hacer barquitos de madera en la carpintería de su Tío Paquito. Los hacía con una gran quilla y como la gente decía que les gustaban, pues allá estaba Pancho haciendo barquitos para que le adularan los oídos.

    La carpintería estaba situada en el piso bajo de la casa de sus padres. Era amplia, con su típico olor a engrudo, llena de puertas a medio hacer, alguna cuna para reparar y el suelo lleno de “serrín” y virutas. Un día mientras buscaba en una caja de madera donde se ponía material para reutilizar: tachas, bisagras, cerraduras, llaves y tornillos, entre otras cosas, se encontró un reloj viejo y roto. De presencia, estaba bueno y bonito. Tenía máquina, y sus manecillas nuevas. Le pidió a su tío que se lo diera. Y, como siempre empezó a tomarle el pelo y le dió tarea –barrer la carpintería- diciendo que hasta que no la terminara no le daba el reloj. ¡Menudo coñón¡ ¡Casi nadie el tío Paco, siempre riéndose de los chiquillos, con sus clásicas quintadas!

    Al día siguiente, era fiesta. Y en la procesión, iba Pancho privado “estrenando” su reloj de pulsera. Tan guapo, con sus zapatos de misa, calcetines caídos y el traje de salir: chaqueta y pantalón corto, de color gris, camisa blanca almidonada y corbata azul claro.

    Durante la procesión, iba acercándose a un grupo de niñas, entre las que había una que le gustaba y, sin que nadie le preguntara, mirando el reloj decía: ¡Son las cinco y diez!. Al ratito, disimuladamente, movía las manecillas del reloj y decía; ¡Son las cinco y cuarto!. Y así por lo menos tres veces más.

    En el grupo, había una niña alta, fea, desgarbada, la “jefa de la pandilla” que de repente, se para en seco y mirándolo de arriba abajo le suelta a Pancho, con voz chillona:

    ¡Mi niño, y a ti quien te ha preguntado la hora. Toda la tarde, arrea arrea con la hora!

    La muchacha lo despertó del sueño y lo puso en la cruda realidad. ¡Qué vergüenza! Pancho se ruborizó y desde que pudo se perdió del lugar con la mano en el bolsillo para que nadie le viera el reloj.

    ¡No se lo volvió a poner nunca más! La primera vez que el reloj sale al oreo desde el día de la procesión fue hoy, para hacer la foto. Como verán el secundero no se podía mover. ¡Siempre estaba en siete segundos!.

    Entierro en Barranquillo Andrés


    Hace muchos, muchos años cuando fallecía alguien en Mogán o en algún pago del mismo municipio había que llevarlo a enterrar a Tejeda. La historia de hoy relata un traslado desde Barranquillo Andrés hasta el pueblo del Bentaiga. Como siempre, unos irían delante con el cadáver para arreglar los papeles con el cura, la Guardia Civil y el juez de paz. Y, al día siguiente y de madrugada saldrían otros familiares, colindantes y gente de las cercanías para asistir al entierro. A la media tarde se arma la comitiva. Van sólo cuatro vecinos –los justos para el traslado- que llevan en parihuelas (1) el cadáver envuelto en una sábana. Cuando llegaran a Tejeda había que coger la “caja de los pobres”, colocar el cadáver en su interior y cuando fueran a enterrarlo, voltearían el cuerpo en la fosa, lo cubrirían con tierra, devolviendo la caja al juzgado. ¿O a la iglesia? . Ya no me acuerdo bien.

    Sigamos con el traslado. Llegando a la presa de Las Niñas se hizo la noche. Buscando un lugar algo abrigado encontraron varias cuevas. En una de ellas, dejaron el difunto, escondiéndolo bien adentro y en alto para evitar animales.

    En otra oquedad, al lado de la anterior se pusieron a dormir los “transportistas”. Aclarando el día se levantaron para proseguir con el traslado y acercándose a la boca de la gruta donde estaba el fallecido intentaron encender un fósforo para ver mejor en la oscuridad. Uno le decía al otro: ¡Entra tú!. A lo que contestaban los otros ¡Entra tú! Pues los cuatro eran necesarios para cargar y trasladar al muerto.¡Y el “jodido” fósforo sin encender!.

    Se repite la misma historia: ¡Entra tú!. Y los otros contestando ¡Entra tú, hombre!.

    De repente, se oyó una voz ronca y grave en el interior de la cueva:

    ¡O entran ustedes o salgo yo!

    Desalados, los cuatro hombres salieron corriendo que las patas le legaban al c…. Ya cerca del pueblo de Tejeda, se pararon y decidieron que lo mejor era decírselo a la Guardia Civil y que fueran ellos a comprobar.

    Los guardias no creyeron la resurrección, obligándoles a acompañarles a la presa. Era media mañana cuando llegó la pareja del tricornio a la guarida. Entraron con cierto recelo y ¿saben que encontraron?

    El cadáver en su lugar y un poco más adentro un vecino dormido: Samuel, conocido como el güevero que, al parecer, cuando llegó de madrugada medio enchispado por el vino que tuvo que tomar para matar el frío, no se dió cuenta que tenía visita en el aposento. Acostumbrado a dormir en cualquier sitio dijo que cuando oyó, de madrugada, gente en la puerta de la gruta creyó que eran cazadores que estaban haciendo ruido para molestarlo y contestó con la voz ronca para que le dejaran dormir tranquilo.

    El caso es que con estas o con otras, el cadáver llegó a Tejeda a sol puesto y el entierro solo se pudo hacer al día siguiente.


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    1.- parihuela

    Cama portátil o camilla. También pl.: llevaron al accidentado en parihuelas hasta el pueblo.

    Falleció Benjamín Castro


    Lamentablemente, ayer día 20 de Enero de 2009 falleció Benjamín Castro. Uno de los escritos del mes de Diciembre titulado: "El cartel de la Romería de Los Labradores" , estuvo dedicado a su persona.
    Su entierro será hoy a las 5 de la tarde en Santa Lucía de Tirajana. Descansa en paz una persona sencilla, socarrona como el que más, al que le gustaban las cosas de la tierra y el mantenimiento de las costumbres.
    ¡Hasta el día en que nos veamos en el otro barrio, amigo!

    La mula de Rafaelito


    Rafaelito Santana, hombre bruto donde los haya, tenía varios oficios y entre ellos el que más le gustaba era el de arriero (1). Para ello, contaba con un par de buenas mulas.

    La casa donde vivía estaba sobreelevada de la carretera por lo que tenía muy buenas vistas sobre todo lo que ocurría en el pueblo. Lo que se conoce como unas casas muy “goledoras”. Cuando digo casas, me refiero a habitaciones o compartimentos, pues es así como el canario antiguo describía su propiedad.

    La frase: Mis casas del pueblo -hoy se entiende como que tenía más de una vivienda- venía a significar lo siguiente:

    -¡Tengo dos habitaciones, una cocina hecha con paredes de piedra seca, una estercolera (génesis del actual cuarto de baño) y un cuarto para las mulas!

    Sigamos pues, describiendo. Este alpendre para las bestias estaba situado en la parte más alta de la casa y se accedía por la parte de atrás. Era como un pequeño almacén con sus dos puertas grandes y como único respiradero, para cuando estuviera cerrada la puerta tenía un ventanuco pequeño desde el que Rafaelito -subido sobre un pequeño banco- vigilaba escondido, mejor dicho acechaba, a todo el que pasaba por la carretera. Su tendencia, de manera especial, era por las muchachas nuevas y por las parejas de novios que pasaban bromeando al creer que nadie les escuchaba. Porque ¿quién iba a pensar que habría alguien mirando o escuchando?

    Pues bien, estando una noche, siendo oscuro ya, en tan “noble tarea” recibió una patada de una de las mulas que lo dejó “bardado” en el suelo. Rafaelito gimiendo y en un susurro llamó a Antoñita, su mujer, con estas palabras:

    -¡ Antooonia, trae el “clinque” (2) y alumbra aquí, mujer, que la mula dió una patada. Y no sé si me la pegó a mí o a la pared. Porque como fuese a mí, me partió la pata!



    (1) arriero m. Persona que trajina con bestias de carga: los arrieros iban de un pueblo a otro con las mulas.

    (2) quinqué m. Lámpara portátil de petróleo o aceite con un tubo de cristal para resguardar la llama.

    ¿Me vas a cambiar?


     
    Esta historia me la contaron en Firgas. Los personajes son tres hermanos solteros, de profesión labradores. Tienen su dinero porque trabajan duramente la tierra. El otro papel corresponde a un rico venido a menos. Vamos a identificarlos sin que ello quiera decir que sean sus nombres verdaderos. A los hermanos le vamos a poner el apellido Báez y al rico, o mejor antiguo rico, Pepito Marrero. Les pongo estos nombres y no otros porque son apellidos de la villa de Firgas y parece que hacen más creíble la historia.
    También debo adelantarles -porque forma parte principal del cuento- que en la época en que ocurrió mi relato había poco dinero y que, por poner un ejemplo, con 5 pesetas se compraba un saco de papas y con 500 pesetas se podía comprar una vaca del país o dar la entrada para un buen solar.
    Proseguimos. Resulta que todos los sábados, al mediodía, cuando terminaban las tareas del campo se reunían mis cuatro hombres en un bar del pueblo. Allí se tomaban unas copitas con sus tapas correspondientes, aprovechando el tiempo para criticar a todo “quisque” que pasara por delante de la puerta.
    Pepito bebía güisqui de 12 años y los hermanos “ron del amarillo”. Los Báez pedían manises y chochos. Pepito, platos de caldero y alguna lata: de atún , de sardinas, de “armejillones” con la que luego hacían su ensalada añadiéndole cebollas, aceitunas y un tomatito. Hay que decir en honor a la verdad que todos comían de todo. Y mentar también que Pepito, de vez en cuando, invitaba a otros clientes una ronda.
    Después de tres horas echando copas, llegaba la hora de la despedida y el momento supremo, el del pago. Pepito Marrero siempre se adelantaba sacando de su cartera un billete de quinientas pesetas.
    Alfonsito, el del bar, le decía:
    -Pepito. ¿Y de dónde voy a sacar yo tanto dinero para devolverle?
    -¡Pós yo no tengo más suelto!
    Alfonsito cobraba entonces a los hermanos. La cuenta oscilaba siempre entre las 30 y cincuenta pesetas. Para que ustedes se hagan una idea, el equivalente hoy serían de 30 a 50 mil pesetas, o sea, de 180 a 300 eubros .
    Esta operación se repitió tres sábados seguidos y los Báez estaban ya un poco mosqueadillos.
    Hablando, hablando, diseñaron una estrategia. El sábado irían al banco por la mañana temprano a sacar quinientas pesetas cambiadas, por un si acaso Pepito apareciera otra vez con el dichoso billete. Dicho y hecho, antes de ir a beberretear, uno de ellos se llegó a casa de Alfonsito. Lo pusieron en antecedentes de lo que había y le dejaron el dinero cambiado.
    Llegó la hora de las copas. Esta vez, los que pedían caro eran los hermanos. Con decirles que hasta carne de conejo comieron, ya me entenderán ustedes.
    -¿Tienes coñac del Carlos I, Alfonso? decía Juan Báez. ¡Ponga tres copitas! ¿Usted quiere Pepito? ¡
    -Sí, hombre. Este es muy bueno!.
    No les canso más. Estén atentos ahora al pago.
    Dice uno de los Báez:
     
    -¿Qué se debe, Alfonso?
    -¡Todo, son 67 pesetas!
    Raudo, se adelantó Pepito Marrero sacando de su cartera el “famoso” billete de quinientas pesetas. Pero, ajá. Esta vez, ocurrió lo inesperado.
    Alfonsito tiró rápido del billete y se fue para la caja a cobrar. Pepito, balbuciente, solo acertó a decir, casi chillando esta frase que ha pasado a la posteridad:
    ¿Pero que vás a hacer?. ¿Me vas a cambiar?.
    Mientras los tres hermanos, de espaldas, se partían de risa, pareciendo decir: ¿Qué se va a creer el pollo éste? ¿A los Báez, con estas vainas?

    El bar de las tres puertas

    En la foto superior, la puerta de bajada estaba cerrada porque había tiempo suroeste.


    Esta historia está centrada en San Bartolomé de Tirajana, en Tunte. Cuando usted, viniendo desde Santa Lucía o Fataga, entra en el pueblo por la calle principal llega a un cruce desde el que se divisa la iglesia. Pues bien, a ese lugar se le conoce como Las Cuatro Esquinas. En una de las esquinas, la de la parada del Salcai, hoy Global, hay un bar, el de Tinita. Si usted llega a San Bartolomé no deje de visitarlo y pida allí una "guindilla", el rico y típico licor de la zona. ¡Una delicia! tiene una densidad parecida al jarabe para la tos. El citado bar tiene tres puertas, una a la calle de bajada y dos a la calle principal. Y ahora que estamos situados vamos a por la historia de hoy.

    Empezando a oscurecer, baja la calle un señor al que le gusta beber más de la cuenta, está un poquito pasado de copas. Al llegar a la altura del bar, piensa mi hombre en echarse “la última copita”. Entra por esa primera puerta, la de bajada. Dentro está Tinita que está terminando de fregar los vasos para cerrar.

    -¡Ponga una copita ahí!.

    -¡No. Ya no sirvo más porque voy a cerrar. Mañana será otro día!.

    -¡Venga mujer. Una copita ná más y me voy!.

    Tinita hace ademán de coger el cepillo de barrer y dice:

    -¡Coja camino, caramba con el borracho pesáo este!.

    Ante la amenaza nuestro hombre sale del bar refunfuñando. Dobla la esquina, ve una puerta abierta y se mete dentro. Obvio decir que era otra de las puertas del mismo bar, ésta una de las dos que da a la calle principal.

    -¡Ponga una copita ahí!.

    -¿Pero usted no oyó lo que le dije? ¡Piérdase de todo esto o le pego un palo en la cabeza. Lo que me faltaba a última hora!.

    Nuestro personaje sale trastabillando del bar y viendo otra puerta abierta se mete dentro.

    -¡Ponga una copita ahí!.

    Tinita al verlo, coge el cepillo y sale del mostrador tras él. Nuestro hombre se para mirando para ella y con tranquilidad le dijo:

    -¡Alto ahi!(sin acento). ¿Pero qué pasa?. ¿Es que en este pueblo todos los bares son suyos?.

    Paola, de fiesta


    Acabo de pasar tres entradas. Una, dice que nos dieron un premio. Muy bien.
    La segunda, una historia del bar de las tres puertas, creo que muy graciosa.
    Y ésta, esta es la mejor de todas. Es la foto de una niña que no va a salir de marcha esta noche de Año Nuevo pero que se ha puesto así de guapa. ¡No me digan que no les gusta! Es Paola.

    ¡Otro premio!

    A la hora de ir a poner la última historia de este año, Pancho se acaba de llevar otra sorpresa. Le han concedido al blog otro premio.
    -¡Debe ser alguien que nos quiere!, dijo.
    Este es la referencia y motivación que figura en premios blogs Gran Canaria:


    9.- A Don Pancho, por esa manera de contarnos, las historias de la socorraneria de estas tierras. Su blog http://canariodelcampo.blogspot.com/

    Como la otra vez: ¡Muchas gracias, amigo. Pero, usted sabe que no era la intención!. Mi agradecimiento especialmente por su lectura continuada. Me alegra que otras personas puedan disfrutar de las mismas cosas que yo. Y esto crea lazos invisibles. En mi modesta opinión, nuestro hombre del campo es una verdadera biblioteca andante y por ello debemos aprender, cuidar y aplicar sus virtudes a la vida cotidiana que seguro nos hará más felices.
    Buen año 2009 para todo el mundo, pero especialmente para mis amigos de siempre.

    Agaete: El fraile del tiempo



    Esta mañana, Pancho fue con su amigo Ismael a visitar a la familia en Agaete o Laguete. Que como ustedes saben tiene un refrán que rima con ete. La verdad es que no puedo dejar de decirlo y ahí va:
    Agaete, míralo y vete,
    porque como te metas,
    te ponen nombrete.

    Allí en casa de un familiar que tiene casi un museo de antigüedades vimos un aparato (el que se ve en la foto) conocido como el fraile del tiempo. Muchos recuerdos vinieron a su mente, especialmente de pequeño en casa de su abuela. Allí teníamos uno que en verano, con los calores, se quitaba la capucha. Hasta le pareció oír a la abuela Frasquita, secándose el sudor de la frente:
    ¡Prepárense para el calor que vamos a tener este verano. Fíjense que hasta el fraile se quitó el gorro!
    Observen la imagen: el fraile se ha quitado la capucha.
    De pequeño, cuando el tiempo amenazaba lluvia o viento, íbamos a ver lo que decía el fraile y él con su varita señalaba con seguridad, de arriba abajo, los siguientes estados:
    Seco, revuelto, viento, bueno, inseguro, ventoso, húmedo y lluvia. En bueno o seco el fraile se quita la capucha, dejando la cabeza al descubierto.
    Oiga, que le digo yo que parece un milagro, pero el amigo del convento no se equivocaba nunca. Buscando, buscando, nos enteramos que el aparato de marras es un higrómetro. ¡Ñó, vaya palabra! Y dan esta explicación –en versión breve-:Un higrómetro es un instrumento que se usa para medir el grado de humedad del aire, del suelo, de las plantas o un gas determinado, por medio de sensores que perciben e indican su variación.
    Y más en concreto, sobre nuestro pequeño instrumento dice así:
    Higrómetro fraile del tiempo 
    Características
    El fraile del tiempo de "toda la vida" lleva fabricándose más de 100 años. Unos cabellos mueven la mano y la capucha en función de la variación de la humedad. Fabricado en cartón. Indicación ajustable. Para colgar en pared.

    Y seguimos en Agaete. Supimos que una vecina tenía uno de estos frailes del tiempo y por culpa del marido lo rompió y lo tiró a la basura. Me gustó la historia y aquí se la relato o se la cuento:
    Resulta que el marido era pescador, de bajura, y le gustaba “echarse sus pizquitos” más de la cuenta y que desde que lo puso, el hombre dejó de trabajar. Cada vez que le preguntaba:
    -¿Mira Lolo, y tú cuando vas a trabajar?
    El hombre se levantaba solemnemente, miraba para el fraile y decía:
    -¿Señora, usted ha visto lo que está marcando el fraile? ¡Revuelto!, y con ese tiempo la mar está muy mala.
    Mañana otra vez la pregunta y la respuesta era tan variada como la mano del fraile: Inseguro, revuelto, viento, ventoso, húmedo o lluvia y por lo tanto con ese tiempo la mar está muy mala y "no se puede dir a trabajar". Y "pá la calle, o sea, pál bar" a echarse las copas.
    La mujer dio con una solución radical:
    Cogió al fraile y lo rompió en mil pedazos. Así, al menos el marido tendría que buscarse otra disculpa.

    Saludos.

    El cartel de la Romería de Los Labradores


    Hoy les presento el cartel de la Romería de Los Labradores, en Santa Lucía de Tirajana. La persona que figura en el mismo, es don Benjamín Castro López, uno de los fundadores y participante, allá por el año 1968, de la Romería en ese año en que se instituyó. Benjamín es un personaje auténtico, distinto. Si no, díganme ustedes si conocen –en esta época- a alguien que dedique parte de su tiempo libre a buscar alcachofas o cardos. Conoce todos los terrenos, especialmente los de umbría, pues es ahí donde suelen encontrarse. Todos los días, se levanta y acompañado de su caña-bastón sale a caminar por los alrededores del pueblo y las vueltas de Temisas. Entre sus méritos:
    Que haya conseguido que sus tres hijos tengan estudios.
    Ser un excelente Actor, habiendo conseguido con el Grupo de Teatro Ansite el Premio regional de Teatro Costumbrista, celebrado en el Teatro Pérez Galdós.
    Su currículum puede ser este: Entró a trabajar al Ayuntamiento como lector de contadores y compaginaba este trabajo con el de barbero –un barbero zurdo- profesión que aprendió de su tío mastro Pancho. Aunque dicen que se parece más a su tio Brunito. Hoy jubilado del Ayuntamiento todavía “arregla” a algunas personas e incluso visita a clientes en el Ingenio Blanco o Rosiana.
    Comisionado de las fiestas, con un grupo de amigos, en el que estaban, Facundo López (+), Alfonso Pérez Silva, Tano Toledo (presidente), Miguel Ricarte, Paco Marrero y otros... se encargaba de todo lo relacionado con la feria de ganado, y de animarnos con su sentido canario del humor.
    Más joven, casi un niño, hizo de cabrero para ayudar a la casa. A veces me comenta, con aires de reproche:
    ¡Una noche de Diciembre hace muchos años, mientras ustedes estaban estudiando en Las Palmas yo me tuve que quedar con mis cabras en Adeje porque el barranco no me dejó pasar para el pueblo. Ustedes no saben lo que es pasar penas!
    A su padre Rafaelito Castro, (q.e.p.d.) le conocí también, de profesión arriero, gran conversador del que conozco algunas historias, relacionadas con la guerra civil, que amenazo con contarles en otra entrega.
    Ultimamente, no lo hacemos mucho pero recuerdo cuando salíamos de serenata y pedía cantar. No tenía buena voz, pero lo hacía con el alma. Lo primero que necesitaba para cantar era estar subido en algo: una silla pequeña, un tronco de pino, una piedra. Y si no se la conseguíamos decía que no podía cantar. Una de sus letras, a ritmo de isa, solo se la he oído a él. Es esta:

    Pájaro, que bien cantiste
    A la orilla de una sieca
    Pájaro que me gustiste
    Entra a cantar otra vuelta.


    Las canciones que le gustaba cantar eran
    Boga, boga, barquita mía ,
    boga ligera cruzando el mar
    Boga, boga, barquita mía ,
    Hasta la orilla sin descansar

    ….

    o la última de la madrugada: Las mañanitas, cuya letra para que ustedes recuerden dice

    Estas son las mañanitas
    que cantaba el rey David
    a las muchachas bonitas
    te las cantamos a ti……


    En resumen, quería trasladarles este pensamiento: En la vida no solo son importantes, esas grandes cabezas pensantes, también lo son las personas sencillas, como Benjamín.
    Un abrazo, hermano, y me alegro, de verdad, que figures en ese cartel.

    En fin, me despido de ustedes invitándoles a que vayan a la Romería del Labrador, en la fecha que señala el cartel y disfruten la que es, al decir de los entendidos, una de las más auténticas que hay en Gran Canaria, y además por ser la última del año, en ese marco maravilloso que la naturaleza construyó en Gran Canaria: Santa Lucía y la Caldera de Tirajana.

    Fagagesto, en Gáldar


    El jueves estuvo Pancho en Tenerife para recoger un premio que le otorgaron a una entidad de la que forma parte: Aider Gran Canaria. Allí se encontró con dos personas (madre e hija) naturales de Fagagesto, en Gáldar, elaboradoras de queso artesanal que venían a recoger nada menos que dos premios regionales, otorgados por el Gobierno de Canarias en reconocimiento a la calidad de sus quesos. Hablamos un rato en el hermoso marco elegido por los organizadores para la entrega: el recién reinaugurado Teatro Leal de La Laguna y les conté la anécdota que figura al final del escrito. Me parecieron gente auténtica, de la nuestra. Gente de palabra. Me refiero a madera antigua, de tea. Hoy hay mucho pinzapo. Por eso, las distingo.
    La imagen pertenece al Queso premiado de Gran Canaria
              Vamos por partes. Primero hablamos del queso y después, la sonrisa.
    Tenemos en Gran Canaria, y en toda Canarias en general, un producto –el queso- que está reconocido en el mundo entero, por los expertos, como una excelencia. Cuatro quesos de Canarias acaban de obtener premio en el concurso mundial celebrado en Dublín el pasado mes de Septiembre de este año nuestro de 2008. De forma especial para mi gusto es aquel elaborado artesanalmente en todo o en parte con leche de cabra cruda, dada la ausencia en Canarias de enfermedades del ganado caprino. Y también el de mezcla de leche de cabra y oveja. Le llaman de ganado cuando llevan también de vaca.
    Quiero hablarles hoy de la mayor comarca quesera de Gran Canaria, no digo la única, desconocida para muchos de nuestros paisanos. Les hablo de la zona alta de los municipios de Gáldar, Guía y Moya. Tiene un clima diferente que hace que la mayor parte del año conozca la visita de la bruma con sus sinónimos - niebla, neblina o también (nublina)-. El frío, la lluvia fina y la humedad son los elementos que favorecen la aparición de la hierba -los pastos- principal alimento del ganado. Los nombres de alguno de los toponímicos de este territorio son: Caideros, Bascamao, Montaña Alta, Pavón, Lomo del Palo, Fontanales y otros, dejando para el final Fagagesto, por interés del escritor – ¡hay que quedarse bien con el nombre!-. Según el padrón municipal a fecha 1-1-2004 , en Fagagesto y su diseminado vivían 153 vecinos, 76 hombres y 77 mujeres.
    Cruce de caminos donde aparece la señal de Fagagesto
    Ahora sigo con la anécdota productora de la sonrisa :
    Están en un bar del Carrizal, bastante lejos del lugar señalado, dos amigos borrachitos, echando copas. Labor que ejercen a diario. Cada uno con su palillo en la boca. Yo les llamaría profesionales del ron, la cerveza y la tapita, (sea ésta de tollos, carajacas, ropavieja. etc.) . ¡Vamos, lo que aquí se llama un enyesque.! A estas -tapas calientes- le llamamos comida de caldero, cuando no se hizo comida se pasa a las socorridas aceitunas -para eso son los palillos-, un pizco de queso, y también podría haber unos pejines o manises….
    Llegó la noche y ya jartos de copas, se van a despedir cuando se produjo el diálogo que es corto y preciso:

    ¡ Yo ya me voy que la mora me va a volver loco cuando llegue! ¿Tu, pagas esto Juanillo?
    A lo que contestó Juan de manera fulminante:

         ¡Fagagesto está en Gáldar! ¡Coooño, lo que faltaba, Fagageeesto dice!¡Eso se lo dices tu a otro, pero a Juan Cancio de qué, nené! ¿Estás fallo a oros? ¡A echarme a mi la caárga!. ¡Pague usted lo suyo, carajo!