Esta hoja no tiene más pretensiones que plasmar por escrito, para no olvidarme de aquellos momentos o situaciones que provocaron en mí una sonrisa, preferentemente historias relacionados con la socarronería del hombre o mujer del campo canario, o como decimos aquí, de los magos o maúros.

el jamón de York

Les voy a contar una historia que me vino a la memoria hace un rato. Me la contó asustado un niño, muy amigo mío. Quizás, con el que más mataperrerías hice en mis años de infancia. Ocurrió a finales de los 50 ¿de qué siglo va a ser? ¡Vaya pregunta!

Estaba quedándose en su casa un matrimonio regresado del extranjero por motivos de enfermedad del marido. En una de las visitas de éste al médico, le recetó comer jamón cocido. Ni mi amigo ni yo, ni casi nadie por aquellas fechas sabían lo que era eso. Hoy lo toma todo el mundo y, la mayoría de las veces al pasar dos días de comprado se lo echan al perro porque ¨huele mal”. ¡Qué finos nos hemos vuelto, los nuevos ricos!

Preguntado donde se vendía esta “medicina”, dijeron que en Las Palmas solo lo tenía Dolores Mayor, origen de los más tarde famosos Supermercados Cruz Mayor, en la calle General Bravo y que había que pedirlo como jamón de York.

Que también lo vendían en una charcutería, la del padre de Margarito, situada bajando a la derecha de la calle de San Bernardo. En aquellas fechas se la conocía como la Plaza de de San Bernardo.

A mi amigo le mandaron a comprar 100 gramos del preciado producto. Venía en una lata cuadrada y no recuerdo ahora la cantidad de pesetas que costó, pero fue carísimo.

El problema fue que el empleado le dio un poco a probar y le despertó los sentidos. ¡Como le supo! ¡Saladito y el olor a bueno que despedía! La tentación de volver a degustarlo se le fue metiendo entre ceja y ceja. Subido en la guagua que le llevaba a casa el demonio empezó a tentarlo. ¡Qué bueno es el jamón de York! Y así fue elaborando en su mente un plan que paso ahora a detallarles.

Entró en su casa y a la calladita, se metió en el baño. En el más absoluto silencio sacó una hoja de afeitar de la máquina del padre (marca, MSA acanalada) y armado con ella comenzó la operación quirúrgica. Poco a poco, fue cortando una tira de un par de milímetros alrededor de cada una de las lonchas, tal y como se ve en la figura de arriba. ¡Y cuanto más lo probaba, más le gustaba!.

Tuvo que parar. Las lonchas se estaban estrechando peligrosamente. Recogió todo y envolviendo bien la mercancía para que no pareciera manipulada, entró en el salón con el paquete en la mano. Lo entregó, le dieron las gracias y una propinita por el mandado.

Salió a la calle y se encontró con Pancho. Mientras le contaba la historia, el corazón le estaba saliendo por la boca del susto por si lo descubrían.

Antes, los abuelos decían: ¡Bien se pasa de niño! equivale a ¡Cuanto sufren los niños!

Y suculum, ¡se acabó la historia!.


Ahora, les toca a ustedes pensar….

El hocico de la uveja


Este fin de semana Pancho tuvo una conversación en la cumbre con Miguelito Moreno, el pastor.
Con el máximo respeto y cariño hacia él, con el afán de que disfruten de su forma de hablar y sabiduría se la transcribe totalmente y sin añadidos. Aquí empieza:
M.- ¡Mi abuelo Jiménez tenía un amigo en Artenara que se llamaba Guillermo. Ellos eran muy amigos. Mi abuelo estaba bajo Artenara con las uvejas!.
P.- En Artenara, ¿Dónde? ¿Paquí , pá Coruña?
M.- ¡Debajo Artenara! (Me dice un poco molesto porque no le gusta que le interrumpan)
P.- Pero, en Artenara, ¿Dónde? ¿Pá Juncalillo?
M.- No, hombre debajo de Artenara, debajo mismo de la Virgen de la Cuevita.
P.- Pero ¿mirando pal Bentaiga?.
M.- (Me mira con cara de disgusto, por las interrupciones). Siií. Y sigo con el cuento. ¡Ellos eran…., ellos eran muy amigos! Le dice un día:
-¡Jiménez, echa las ovejas pallá enfrente, pá la Jiguerrilla!
Hubieran plantado El Pajarcillo, de almendreros y La Jiguerilla también. Pero que los almendreritos estaban así. (Señalando con su mano, como un metro y medio de alto).
Pero que a los pocos días vuelven y se trompican.
-¡Coño, Jiménez, echa las uvejas pallá pa La Jiguerilla!
Mia que las echo Guillermo!
-¡No te estoy diciendo que las eches. Cuando yo quiera que tu las atajes, las atajas!
(Prosigue). Y tal.... Bueno..... Que echa mi abuelo las uvejas. Que… el público se alevantó. Porque las ovejas entraron a la huerta y no voy a decir que no comieron. ¡Las espirrafaron! ¡Espirrafaron los almendreros!. ¡Se guindaban encima de las piedras y se comieron la huerta!
Vamos a ver como se va a arreglar esto. (Con esta frase última indica que va a terminar la historia y la está ordenando en su cabeza)
-¡El Pajarcillo era por debajo del Roque (Se refiere al Bentaiga) y pacá era La Jiguerilla!
-¡Que el Pajarcillo no tuviera al siguiente año una almendra, ni una melecina y que La Jiguerilla no se supo las fanegas de almendra que dió… que las medían por fanegas!
¿Usted me oyó? ¡Porque las ovejas tiene el hocico bendecido y tienen…!
¡El mato que la oveja se come, lo bendice con el hocico! ¡La cabra no!.
Y con su sonrisa pícara, mientras me daba un golpe en la espalda, me despidió con estas palabras:
¡Y entoavía no le jago más reportaje porque usted dice que tiene que dirse!
Espero que les haya gustado. ¡Hasta otra, Miguelito!

El carbono14


Esta anécdota le ocurrió a un amigo cuya profesión es la de arquitecto técnico. Corría la década de los setenta del siglo pasado y los hechos ocurrieron así:

El señor alcalde intenta por todos los medios fastidiar a un vecino. La razón: una casa que según él, es ilegal porque no tiene licencia de obras. Además, le ha dicho que pare la obra y no le hace caso maldito.

Por si fuera poco, el "caballero" -como dice el alcalde- le ha plantado cara diciéndole, a voz en grito en la calle, que la suya es tan ilegal como las de los demás y si se la tira a él, se la va a tener que tirar a todo el mundo. Cabreado, va a utilizar todos los medios del régimen para derribarla.

Se traslada a la capital en busca de apoyo ante el delegado de Vivienda. Éste le dice que si trae un informe del técnico indicando que la vivienda tiene menos de 20 años de antigüedad, le autorizará el derribo. De vuelta al pueblo, el regidor llama al técnico y le dice con aire amenazador:

-¡Quiero ahora mismo un informe de la vivienda de fulanito! ¡Que diga los años, meses, semanas, días y hasta las horas que tiene de antigüedad! ¡Y lo quiero para ahora mismo, oyó!

El técnico se dirige a la casa, observa la antigüedad en las paredes. La parte baja es de piedra seca, la siguiente capa de cantos unidos con cal y, la más elevada de bloques. A la vista de su percepción emite el informe y lo entrega al alcalde.

Éste lo recoge. Con la calentura y en su deseo de venganza, ni lo lee. Lo mete en una carpeta, llama al guardia que hace de chófer y le indica que tire para Vivienda, en la zona del parque Santa Catalina, en Las Palmas de Gran Canaria.

Entra en el departamento de Vivienda y entrega el informe al delegado provincial que abre el sobre, lo lee con detenimiento y de repente empieza a reír.

-¿Qué pasa? ¿Le hace gracia?

-¡Con este informe yo no le puedo autorizar nada! ¿Usted lo leyó, alcalde?

El alcalde lo toma en su mano y lee el siguiente contenido:

____________________________________________________________

El técnico que suscribe hace constar que

Trasladado al domicilio del vecino fulanito se ha comprobado que la vivienda situada en la calle tal, número cual, tiene una antigüedad estimada de 25 años.

En cuanto a la indicación de que informe sobre los años, meses, semanas, días y hasta horas, le informo que en este Ayuntamiento no se dispone de la prueba del Carbono14, única que pudiera confirmar estos extremos.

Firmado.

El Aparejador municipal.

________________________________________________________________________

No les cuento el detalle de lo que pasó entre el técnico y el alcalde, solo conozco que fue tal la persecución iniciada contra el mismo que terminó por operarse de la vesícula –sin estar enfermo- y, entre la recuperación y unos puntos criados pasaron una buena cantidad de meses de baja. Por entonces, se rumoreaba que iban a cesar al alcalde y el técnico rogaba a Dios esperando que ocurriera. Al darle el alta médica, mi hombre se tuvo que incorporar a sus tareas. Con la mala suerte que según entraba en el Ayuntamiento, se encontró en el pasillo con el alcalde que le preguntó:

-¿Qué, amigo, ya se incorporó?

-¡Sí, señor alcalde, ya estoy un poquito mejor!

Entonces fué cuando el mandamás sentenció con estas palabras:

¡Pues vaya ahora con mucho ojo, no sea que tenga que volver a operarse otra vez!


Les juro por Dios que es verdad.

Aprovecho para mandarle un abrazo fuerte al protagonista de la historia.

El mentidero de las Cuatro Esquinas. De mentiras y paraguas.


 Hace al menos cincuenta años, todo pueblo agrícola que se preciara tenía su mentidero, allí se reunía la gente mayor para hablar de la vida diaria y contar historias reales o inventadas. Se trataba de pasar el rato y, claro, son los momentos en que aparece en plenitud la socarronería y el sentido del humor de nuestra gente. 
Hoy, Tenoya, mi pueblo de nacimiento, ha pasado de ser totalmente agrícola -aunque quedan algunas fincas de plataneras- a casi urbano. Y, con ese cambio Las Cuatro Esquinas, nombre del citado “mentidero”, en el Lomo de San Pedro, ha perdido parte de su encanto.
Entre los muchos participantes de esa tertulia estaba mi abuelo y el amigo Macías. Su nieto Manolo, al que conocí esta semana nos relató dos historias breves del repertorio del mentidero que tienen la gracia suficiente, o al menos así me lo parece, para contarlas.
Ahí va la primera:
Está nuestro cazador en el campo descansando a la sombra, tomándose su "roncito" con aceitunas. Medio “endormilado” por el calor, de repente, se le para justo enfrente un conejo. Mi hombre tira de su escopeta. Se da cuenta de que no le quedan cartuchos. Más rápido que un avión coge una aceituna y con ella carga el arma. Dispara, está seguro de haberle dado pero el conejo echa a correr y desaparece.
Año siguiente. El abuelo de Manolo está otra vez cazando en el mismo sitio. Delante de él, ve moverse las ramas de un olivo. Lo observa con la escopeta preparada esperando que salga un conejo y ¡oh, sorpresa! El olivo sale corriendo. Extrañado mira fijamente y entonces se da cuenta ¿saben de qué? ¡era el conejo del año pasado! ¡ La aceituna había germinado en la piel del animalito! ¡Y, cacho olivo, hermano! No le disparó y pensó, como el amigo José María, para sí, para sus adentros:
¡Si yo estaba seguro de haberle dado!
 
¿Se la creyeron? ¿Noooó? Pues ahí va la otra:
 
Está oscureciendo. El personaje de la historia va caminando hacia el pago de El Toscón. La vereda es intransitable. En un mal paso, resbala con una piedra suelta y tras varios trompicones, fue a dar al fondo de un hoyo profundo a la orilla del camino. Intenta subir por las paredes, no encuentra donde agarrarse con las manos. La tierra que desprende intentando subir va cayendo sobre el fondo. Los dedos los tiene en carne viva. Así sigue durante un buen rato hasta que llegó el oscuro. Cansado, se sienta en el suelo y va acurrucándose para pasar la noche lo mejor que pueda.

Al alba, aterido de frío por el sereno y el rocío, va llegando la claridad. Al ratito, un rayo de sol finito, finito penetra en el agujero. Mi hombre, raudo se agarra del rayo con las escasas fuerzas que le quedan y trepando por él, escapó de la trampa.
¡Esta sí que se la creyeron! ¿Verdad?
 
Mi agradecimiento a Manolo Macías por el rato que nos hizo pasar mientras colaboraba con su pueblo en la romería de la Encarnación. ¡Y que siga cultivando esa claridad y precisión narrativa con que nos deleitó!

La Fotografía se denomina TENOYA. Ha sido tomada del Archivo de Fotografía Histórica de la FEDAC (http://fotosantiguascanarias.org)

El gato está en la talega

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Hoy voy a hablarles de algunas frases utilizadas especialmente en el ámbito rural y que incluso ahí, se están perdiendo por su escaso uso. En las ciudades lamentablemente solo se escucha y muy poco, en los barrios de solera, esto es, en los más antiguos (pongamos, la Isleta, El Risco, San José, San Roque, etc.). Es una pena que estas expresiones se pierdan. Debemos hacer un esfuerzo para seguir utilizándolas de forma natural en nuestra conversación, pues con ello contribuimos a mantener viva una parte importante de nuestro acervo cultural y también de nuestra forma de ser.
Vamos ahora a situarlas en una conversación :.
Pancho está hablando en la calle con Antonio de sus asuntos. Pasa caminando Juanillo y le dice:
- ¡Juan, como vas pa(ra) abajo mira ver si me consigues dos (de aquello) que tengo un compromiso!.
-Vamos a ver porque la cosa está jodida, Panchito.
Explicación: Le ha encargado algo y no quiere que Antonio sepa de que se trata.
Su contertulio le espeta:
-¡Si no quieres que me entere, mejor te callas.
-¡Al que mucho quiere saber, poco se le da a entender!.
-¡A mi me da lo mismo, pero parece que no está bien!. ¡Avemería, tanto secreto, coño!
Al darse cuenta que dos mujeres se han detenido disimuladamente para escuchar la discusión, lanza esta otra frase:
-¡Detrás de un mato, hay un gato!.
Pancho mira alrededor y viéndolas baja el tono de voz, para no ser escuchado.
También pudo haberse dicho:
-¡Hay ropa tendida! o ¡Hay moros en la costa!
El significado es el mismo. Pero estos últimos se usan, normalmente, cuando los oyentes son niños y la conversación gira sobre asuntos de personas mayores.
Sigamos con nuestra historia. Pasa un ratito. Juanillo vuelve por el camino andado y al pasar frente a Pancho, dice:
-¡El gato está en la talega!.
Le acaba de decir que el encargo lo tiene ya en su poder y dispuesto para la entrega.
Fin.

Cata de quesos en la Madrelagua


Este fin de semana Pancho participó en la Cata Insular de Quesos de Valleseco. Esta iniciativa municipal en colaboración con el Cabildo, está encuadrada dentro de las medidas de desarrollo de su sector primario. La Cata se llevó a efecto en la Asociación de Vecinos de Madrelagua, bajo la atenta mirada de Santa Rita, imagen que el día anterior se había trasladado a dicho barrio para presidir la fiesta anual de Los Paperos que se celebra en el citado barrio.
En la mesa de cata se sentó junto a un vecino de Valleseco, don Manuel Ponce Herrera, que regenta un bar, situado frente a la Caja de Ahorros, situado en la calle principal del pueblo. Al término de la misma entablaron conversación que derivó hacia la figura de Silvestre, del que hemos hablado en estas páginas con anterioridad. Ver: Silvestre, pobre de Valleseco y fotografía posterior. Manuel conoce muchas historias de nuestro personaje y tiene colgadas en las paredes de su establecimiento fotografías del mismo, entre ellas ésta que les ofrezco hoy y que he obtenido gracias a su amabilidad. Entre otras cosas, me contó que Silvestre fue sepulturero. Que en esos tiempos existía un ataúd de la beneficiencia, como servicio gratuito a las personas necesitadas. Cuando lo pedían, Silvestre lo llevaba a cuestas a la casa del difunto y una vez usado, lo devolvía al lugar de origen en el cuarto del cementerio. Como decía el amigo Ponce, si hasta Valsendero hay 3.800 metros en los que Silvestre iba cargado del ataúd. Luego tenía que volver andando. En total casi ocho kilómetros. También nos contó que nuestro personaje solía dormir dentro del citado ataúd, en ese cuarto del camposanto. Quizás por eso la fama que cogió y el temor de los niños a su figura. También que su casa estaba en Lanzarote y que la parte alta de la misma era propiedad de los conocidos Hermanos Rogelio, restauradores establecidos desde hace muchos años, en Las Palmas de Gran Canaria. Manuel comparte aficiones con Pancho. La de recuperar nuestra memoria a través de historias, de objetos antiguos, de los juguetes y sus vivencias; también de otras formas de vida ya desaparecidas o en trance de serlo.
Como ejemplo de su labor, nos enseñó una matraca de carrizo, juguete que se utilizó mucho en su tiempo y que está formada por un punzón de madera que se clava a una piña de millo madura y que se hace girar mediante una cuerda enrollada dentro de una nuez y, que al tirar de ella produce el giro de la mazorca (piña). Por cierto, una nuez gigante -nunca había visto una tan grande- y que según Manuel procede de un nogal del mismo Valleseco.
Buscando el teléfono de don Manuel Ponce en Internet me apareció esta noticia de la página web municipal fechada en el año 2008 y que dice así:



El empresario Manuel Ponce Herrera, será este Viernes 8 de agosto el encargado de dar el pistoletazo de salida a las fiestas en honor a Santa Rosa de Lima en el barrio vallesequense de Lanzarote, vinculado toda su vida al barrio ha sido el elegido por la Comisión de fiestas para llevar a cabo ese cometido, el mismo tendrá lugar el viernes a las 21 horas.
Por tanto, fue el pregonero de las fiestas del lugar donde siempre ha vivido (Lanzarote de Valleseco).

Felicidades, amigo Manuel, especialmente porque haya sido reconocido entre su gente. Y, siga usted con su afición -noble tarea- por recuperar lo nuestro (que es lo de todos).


Obras en el Doctoral

Como ustedes saben, Pancho estuvo un tiempito de concejal. En esa época había falta de todo, ni existía saneamiento –cada casa tenía su pozo negro- , tampoco había parques, ni jardines, escaso alumbrado público, había muchas infraviviendas –cuarterías, sobre todo- y solo había tres o cuatro carreteras asfarcadas, -que todavía hay gente que le dice asi al asfaltado-. Me estoy refiriendo a los primeros años de democracia municipal, en concreto a mediados de la década de los pasados años 80. En el escuálido plan de obras municipal tocaba asfaltar la zona de Doctoral, en el municipio de Santa Lucía.

Se iba a pasar de tener veredas de piso polvoriento a calles asfaltadas con su alumbrado público, aceras y saneamiento –para quien no sepa, las cloacas-.

Para ello, se hizo una campaña informativa municipal animando al personal a conectar al saneamiento. Se utilizaron carteles, reuniones en las asociaciones de vecinos e incluso un coche con altavoz que iba recitando por las tardes el siguiente aviso:

Se van a asfaltar las calles. Deben contactar con el Ayuntamiento para conectarse al saneamiento. Se puede pagar la conexión hasta en plazos de quinientas pesetas. Una vez asfaltada la calle no se podrá conectar hasta pasados diez años, porque después no se va a romper la calle para conectar un solo vecino.

Primera parte. En estas estamos y las calles están preparadas para terminar la obra. Se han cubierto las tuberías, rellenado el piso con broza, compactado con la máquina china y cuenta con una capa fina de betún asfáltico pues mañana se terminan los trabajos con el pavimentado final. El domingo habrá la fiesta de inauguración de las calles.

Once de la mañana. Al ayuntamiento llega un vecino con la intención de que le den permiso para conectarse al saneamiento. En la Oficina Técnica (OT) le dicen que no. Que ya es tarde y ha tenido seis meses para hacerlo. De todas formas, que vaya a hablar con el alcalde. Este le dice que no puede ser. Pero que lo intente con el Teniente de Alcalde a ver que se puede hacer. Este le contesta que imposible que ha venido muy tarde y ahora tiene que esperar hasta que haya otro presupuesto. El vecino, alicaído, vuelve a la OT y pregunta por el aparejador. Le cuenta lo que ha hablado con los políticos y el técnico le ofrece una posibilidad:

-Vete a casa de Germán Medina, el de la ferretería y te compras una lata de betún asfáltico (piche le dices tú). Esta noche, al oscuro, abres una zanjita, metes un tubo y lo conectas a la tubería gorda, lo coges con mezcla y lo metes dentro de tu casa. Cuando termines, rellenas la zanja, nivelas la tierra y le echas por encima un poco de betún de la lata. Que parezca que allí no ha pasado nada. Ya mañana de puertas adentro, arreglas lo que falte.

Dicho y hecho. El hombre sigue los consejos al pie de la letra y termina su obra externa. Al día siguiente, las máquinas terminan el trabajo y la calle queda nuevita de estreno y la tubería puesta por debajo.

Segunda parte de la historia. Llega Septiembre, mes de la zafra del tomate. De repente, en la casa de nuestro vecino empieza salir agua de los baños, con tal violencia que los muebles salen flotando para la calle. Llegan los bomberos de Maspalomas y al final se corta el agua que entraba en la casa.

¿Quieren saber que pasó?

Nuestro vecino, con las prisas conectó su tubería a la de los Betancores que lleva el agua agrícola desde la Orilla de Sardina hasta el estanque de Casa Santa.

Quiero contarles el fin de la historia. El técnico municipal –asesor de la obra clandestina- le preparó al vecino la reclamación ante la compañía constructora – de las importantes- que respondió ante el informe del técnico municipal, reconociendo su error debido a una mala práctica, pagando los daños al reclamante que representó una buena cantidad de dinero.

Vaya mi mejor recuerdo para el técnico citado del que no quiero mencionar su nombre. Ahora bien ¿Cuántos de nosotros al leerlo sabemos de quien se está hablando?. Desde esas fechas hasta hoy al técnico en cuestión le llega desde El Doctoral todos los años un saquito de papas. ¿Le llamaría usted a este caso corrupción o se trata de un caso típico de las labores que tiene que realizar un aparejador? ¿O quizás debí decir-: un trabajador social del municipio?

Mehmet, el barbero de Estambul

Pancho estuvo estos días de viaje, con esas cosas del desarrollo rural. Tuvo reuniones en Sevilla, Madrid y ¡para que vean ustedes que hombre más viajado! ¡Se llegó hasta Turquía!
En la preciosa ciudad de Estambul, muy cerca de los monumentos de Hagia Sophia y Mezquita Azul, conoció a un barbero -allí se dice berber- de nombre Mehmet. Hombre agradable, de estatura mediana, tirando a baja, con su pelo blanco rizado. Sonrisa cómplice. Simpatizaron, que es lo mismo que decir, se cayeron bien. Primero tuvieron un período amplio de negociaciones sobre el precio, sin emplear una palabra de español ni de inglés, porque Mehmet habla el turco, como su idioma universal, sin ningún tipo de interferencias lingüísticas.

-¿Cuanto, pelado y afeitado de barba?, decía Pancho con señas.
-15 liras turcas.
- Muy caro. ¡Ocho!
-¡No, no!.
-¡Quince!, señalaba con los dedos.
Al final lo dejamos en 12 liras.
Nos entendíamos con papel y bolígrafo. Señalaba una foto colgada en la barbería en la que aparecía con pinta de hippy y escribió: 1950. Así adiviné que el hombre tiene 62 años.
- ¿De donde eres?
Yo le contestaba: kurdo. El decía: ¡Miii, kurdo!. Efectivamente, Mehmet es kurdo y está orgulloso de serlo.
Le escribí que era canario y le dibujé un mapa. Él estuvo trabajando en Alemania.
Como decía mi padre: Y en lo que el diablo se estregó un ojo ya estaba Pancho pelado. Le dije que rebajara un poco el escaso flequillo. Me dijo que no, moviendo la cabeza Que así estaba bien. Y ni por Dios cambió de opinión. ¡Qué vamos a hacer! ¿Cómo se dió cuenta que uno no tiene gusto para estas cosas?.
Siguió con la barba. Continuó prendiéndole fuego- ¡así como suena!- no menos de seis veces a los pelillos de las orejas. Para ello, impregnaba un bastoncillo de algodón con un líquido azul, parecido al alcohol. Prendía el bastoncillo, lo acercaba a cada oreja quemando y apagando rápido con las manos. ¡Fuerte olor a chicharrones, caballero!
También le cortó (emparejando) las cejas y le masajeó cara, frente, hombros y brazos.
La gran sorpresa llegó cuando le depiló el entrecejo ¡esto tampoco lo había visto nunca!. Sacó una carretilla de hilo de coser, estiró el hilo lo cruzó y manteniéndolo con dedos y boca hizo una especie de pinza que aplicando una y otra vez sobre la ceja, iba eliminando uno a uno los pelos mal colocados.
Al término de su trabajo, Pancho fue espléndido en el pago pues había realizado más trabajo del concertado. Y pareció que él ya lo esperaba. Que lo del trato no era más que una forma de jugar, entre personas mayores. Le regalé un llavero de las Islas Canarias y nos dimos un abrazo fuerte, sentido. Está claro que todos somos hermanos y que en todos sitios hay gente especial. A partir de ese momento, cada día cuando pasaba por su puerta , Mehmet saludaba con alegría levantando la mano y diciendo:
-¡Canario, amigo!.
Han pasado algunas fechas. Tengo las fotos para recordarle, pero en mi memoria solo quedó grabada su sonrisa de buena gente. ¡Amigo Mehmet, hasta la próxima pelada o afeitada!

Miguelito Moreno, de Caideros

En dos ocasiones anteriores he escrito sobre José María, una denominada El pastor de Caideros y Otra de José María, el pastor.
Es un personaje que me atrae y en busca de su estela, hace algunas semanas fuimos a Caideros. Allí me encontré con Miguelito Moreno, al que llaman el Jefe de los pastores. Le había conocido en Tejeda con motivo de una fiesta en la que se nombró a la Virgen del Socorro, patrona de los pastores y sin saber porqué simpatizamos. En la fiesta y procesión, mi personaje ocupó un papel principal dedicando unas palabras a la Virgen, en las que -recuerdo- decía que ningún pastor había sufrido un percance en la raya de Tejeda y eso es porque la Virgen les protegía.
El motivo de parar fue preguntarle si conocía algo sobre José María, el pastor. Anécdotas o sucedidos para contárselos a ustedes.
La sorpresa llegó cuando me dijo que José María fue su suegro, pues el está casado con la única hija hembra que tuvo, Francisca Moreno Díaz. Me presentó a su señora, por cierto, muy guapa y bien arreglada pues iba de visita a la costa. Nos invitó a probar queso ¡qué queso de flor hace!. De verdad, delicioso. Todavía se guardan en esas medianías las formas antiguas de hacer el queso de flor, parecidas al de Castelo Branco y la Serra de la Estrela, en Portugal o el del Casar en Cáceres.
La señora nos habló de su padre y me llevó al corredor de su casa donde mostró varias fotografías, en una de las cuales, enmarcada y colgada a la pared, están su padre José María y su madre. Nos permitió fotografiarla y es la que se muestra a la izquierda. Mírenla con detenimiento. Es un matrimonio de pastores, alrededor de su ganado. Pasamos un rato muy agradable en su casa, alrededor de un café con el que nos brindó y quedó claro que Miguelito es como Pancho, muy conversador. Como decimos nosotros, "dos alegantines iguales".
La esposa de Miguelito me relató la historia de cuando su padre fue a pelarse a Gáldar, confirmando lo que habíamos escrito. Mientras lo narraba, se le notaba orgullosa de su padre.
Su hija, es decir la nieta de José María, nos dijo que de niña, siempre estaba con su abuelo del que tiene grandes recuerdos y que aprendió de él muchos
"trucos", como ella dice.
Del porqué teniendo menos ganado que otro pastor, sacaba más leche y más queso que éste. Porque hay que tratar bien a los "alimales".
También contó como era su abuelo, al que describe bien esta historia: cuando tú quieres saber algo cierto hay que preguntarle a los niños, porque ellos nunca mienten. Cuando los padres decían una cosa y los niños otra. ¿A quien había que creer?.
Confirmó que José María era hombre de muchas lindes y por tanto, como se dice en el campo, "hombre de curia" o "de abogados". Al hilo, le dije el refrán : "Herencias y lindes, mondongo de abogados" y me salió con ésta: ¡Mi abuelo me decía que cuando iba a los abogados les quitaba los libros, para aprendérselos él! ¡Por eso, sabía más que los abogados!.
Quedamos en volver otro día para hablar de más sucedidos de José María y de los suyos propios. Cuando los tenga, prometo hacérselos llegar a ustedes.
Saludos

Recordando una frase


Hoy me contaron el origen de una frase utilizada en el ámbito de nuestras medianías y cumbres, aunque también la he oído en la ciudad. Ahí va.

Un campesino, Manuel, tenía un hermano en Venezuela que le mandaba (enviaba) de vez en cuando sus durillos, hoy se dice eubros.

En aquella época y dado que el dinero venía del país americano lo correcto era decir, los bolos, apócope ¿cómo dice? ¡Jesús, qué fino!. Apócope(1) repito, de bolívares, moneda del país venezolano.

Manuel estaba preocupado por no saber nada de su hermano desde hacía dos años, lo que le hacía pensar si le habría pasado algo. También porque echaba en falta el dinerito de las remesas de su hermano. Estaba desgranando por los carosos y lo necesitaba para seguir viviendo.

Mi hombre se fué amulando hasta el punto que evitaba a la gente para no hablar con ella. Se volvió sordo, o se lo hacía para no contestar a nadie y así vivir aislado en su mundo inferior, como decía Rosarito.

El día del cuento iba con su yunta de bueyes por la calle principal del pueblo. Los vecinos le saludaban y él ni se inmutaba. Otros le hablaban y nada de nada. Entonces fue cuando el palanquín socarrón que en todo pueblo hay, hizo señas para que se callaran la boca y, en voz más baja de lo normal, dijo:

¡Ay que ver como está Manuel. Más sordo que una caja! ¡Mira que lo está llamando el cartero y no se entera!.

Como respuesta Manuel paró en seco a los animales, al grito de


¡Quieeetas las vacas aaaahi! ¿Dónde está el cartero?


No sé si la historia es cierta. Al menos nos sirvió para dejar clarito que no hay más sordo que el que no quiere oir.


(1) Apócope. f. Gram. Supresión de algún sonido al fin de un vocablo; p. ej., en primer por primero.

El abuelo de Paola


Pancho tiene una nieta: Paola. Como buen abuelo está que se le cae la baba hablando de lo lista y guapa que es su niña.

Hace algún tiempo la llevó de excursión a conocer la Fortaleza de Ansite, lugar donde la tradición indica que Bentejuí y otros alzados, al grito de Atis Tirma, prefirieron lanzarse desde la cima al vacío, antes que rendirse a los conquistadores.


Fueron equipados con agua, bocadillos y chocolate. Cuando subieron a la gruta, la niña iba preguntando por todo y Pancho aprovechaba para entre bromas intentar explicarle lo que allí ocurrió, según la historia. Desde luego, obviando la tragedia citada que todavía no tiene la niña maduración suficiente para según qué cosas.


Entre sus bromas le contaba que los antiguos canarios eran muy altos, tan altos que apenas cabían en la cueva. Cada uno era más o menos como tres hombres de alto y dos de ancho. Como decía Pancho, eran como solares. Hoy somos todos enanos. Hablando desde el púlpito de piedra que allí existe parecía un maestro de escuela, mientras la niña escuchaba atentamente sus palabras .


Al salir de la gruta por la puerta norte y sabiendo que existe eco, el abuelo empezó a gritar:

- ¡Paoooola, Paola!

El eco respondía, hasta seis veces

-¡Oooooooolaaa, oooooola, oooola, oola!

La niña intentó hacer lo mismo gritando:

- ¡Paooola, Paola!

Pero incluso chillando su voz es muy bajita, y no llega a percibirse el eco.

- Abuelo ¿porqué a mí no me contesta?

- ¡Porque a mí me conoce desde hace mucho tiempo. Por eso me saluda y me dice hola.


Lo intentó un par de veces más y como no le contestaban dejó de llamar y seguimos caminando entre las cuevas. Ella se escondía y al pasar salía a asustar al abuelito, que se hacía el sorprendido. Después de merendar fuimos a ver la presa desde el Mirador de la Sorrueda y después de hacerle unas fotos nos fuimos para la casa. Al llegar a la plaza me dijo que parara. Lo hice y salió del coche hasta donde estaban los niños jugando. Desde lejos, escuché el comentario que orgullosamente les hacía:

- ¡Niños, ¿Ustedes saben una cosa? ¡Mi abuelo habla con las montañas! ¡Yo lo oí!

¡Qué linda es la inocencia!



¿Quién fué Chó Plomo?


Frase usada en la ciudad y en el campo de esta isla redonda. Desde la Isleta a Tirajana pasando por San Mateo, la Aldea de San Nicolás y el Risco de Agaete. En concreto, la oí esta semana en un bar de Las Lagunetas, en la Vega de San Mateo y en el siguiente contexto:
Juego de cartas a la zanga. La partida era buenísima con jugadores de edad, sabios por atravesados y socarrones, como los canarios del campo suelen ser. Jugador que pierde y, según termina la jugada, Mauricio, el clásico espectador "repugnante" que nunca falta, le recrimina que si hubiese jugado otra carta, habría ganado. No tiene en cuenta que él está viendo el juego de todos y, claro así cualquiera. La respuesta del jugador fue esta:
-¡Pá sajorín, chó Plomo!
Viene a significar: Si yo lo hubiera sabido, lo habría hecho de otra forma. O también: Para adivino (zahorí), Fulano.
Pancho hizo enseguida la pregunta del millón:
-¿Quien sería este Chó Plomo?.
Le contestó el mismo jugador con segundas intenciones
-¡Yo lo he oído toda la vida. Y seguro que fué un pesado del carajo, todavía más pesado que el Mauricio este que no se calla, coño, ni en misa!.
Me pareció gracioso y representativo de nuestra forma de ser. Aprovecho para pedir ayuda a cualquier persona que pueda aportar quien fué Chó Plomo.






El chupo


El domingo pasado Pancho, el del desarrollo rural, fué invitado a la fiesta vecinal de un pueblito cumbrero de Gran Canaria. El ambiente era de alegría, con su baile amenizado por dos guitarras, laúd y acordeón. Entre las parejas que danzaban, una le llamó especialmente la atención.

El hombre bastante alto, no menos de 1,80 mts. de estatura. La mujer bajita, quizás 1,60. Bailaba agarrada a su hombre con una mano, mientras en la otra sostenía un bastón que descansaba en el pecho de su marido. Al terminar la pieza, ella parecía cansada y él la acompañó a sentarse con ternura en su rostro. Tuve oportunidad de conversar con él y desgranando, desgranando, apareció la historia que hoy les ofrezco a ustedes.


Resulta que el amigo, vamos a llamarle Felito, estuvo mamando de su madre hasta la edad de cinco años. Hoy ronda los noventa y esa misma edad cumplirá en noviembre, su dama. Tiene gran simpatía personal y es de lo más expresivo con sus gestos de cara y manos.

Me lo contó así:

-Cuando tenía alrededor de cinco años, jugaba aquí mismito con mi primo Manuel que tiene la misma edad que yo. Al caer la tarde, mi hermana mayor me venía a recoger para llevarme para la casa.

-¡Felito, vamos casa que ya es de noche!.
Refunfuñando le contestaba:
-¡Que me dejes aquí jugando con mi primo!. ¡Vete tú, que yo voy cuando termine de jugar!.
Era el momento en que mi hermana aplicaba su truco de siempre para que le siguiera
-¡Mamá, que vayas darte un chupo!

Al oirlo, salía como un volador para la casa. Un chupo era justamente lo que ustedes suponen, darle un poco de teta al niño porque aunque tenía cinco añitos no lo habían despegado (destetado) todavía. ¡Äy, aquellos años de la escasez!


La historia me la contó poniendo cara de pícaro el protagonista y la remató con esta otra que hay que entenderla en su contexto y tratarla con el respeto y cariño que se debe a estas personas y a su edad.

Decía haciendo gestos explicativos con las manos

-Mi madre tenía unos pechos grandísimos. Recuerdo como si fuera ahora mismo que cuando terminaba de mamar de uno para pasar al otro, me quedaba enchumbado en sudor, como un baifito jarto de leche.

Y terminando de hablar se levantó, invitando a bailar, esta vez a mujeres nuevas. Quiero decir jóvenes, y ¡vaya arte, cristiano!. Al cabo de tres o cuatro piezas andaba mi hombre cansado y nos sentamos junto a su señora para tomarnos unos pizquitos, disfrutando la conversación que continuará cuando nos encontremos de nuevo. Hasta nos hemos puesto de acuerdo en la fecha. Adelantarles que Felito es una biblioteca de las buenas, buenas.