
Los dibujos de Alberto

la máquina de "solfatar"

Como diría con sorna el historiador, la llegada de la máquina fue un importante avance en las tareas agrícolas de la comunidad. El problema se planteó cuando todos los vecinos se la pedían prestada. Los menos se la devolvían limpia y en buen estado, los más eran poco cuidadosos con lo ajeno. A los dos meses parecía un cacharro viejo.
Mastro Juan se iba "calentando" más y más conforme se la pedían. Les decía:
-Señooores, cómprense una máquinita que me la están rompieeendo.
Isidrito era uno de los que entre bromas, decía:
- ¡Teniéndola tu, la tenemos todos, Juan!. ¡Tu no eres malo!
Un buen día Isidrito mandó a su hijo a pedirle prestada la máquina y...
- Mastro Juan, dice mi padre que si le presta la máquina de solfatar.
- Le dice Vd. a su padre que la máquina no se presta más a nadie. Que el otro día la dejé y me la trajeron con el pitorro "tupío". Juan, el mío, la llevó a arreglar y ahora no se presta. ¿Vale?.
Isidrito se tuvo que fastidiar y "solfatar" con una escoba de albeo. ¡Para que se hagan una idea, como el cura cuando en la procesión tira el agua bendita con el hisopo! Así mismo.
Un mes más tarde, Mastro Juan vió pasar por delante de la puerta de la zapatería al chiquillo de Isidrito que se llamaba como su padre:
-¿Vas pa tu casa, Isidrillo? ¡Díle a tu padre que me deje el macho que tengo la cabra "descompuesta" y me lo traes tu mismo! ¡Corre que te doy una peseta por el favor!
El chiquillo corrió a la casa privado. Se iba a ganar una peseta nada más por llevar el macho. Se lo pidió a su padre y esta fué su respuesta:
- Vaya Vd. a la zapatería y le dice a Mastro Juan que el pitorro del macho mío lo quiero pá solfatar las papas. ¡Mucho estaba tardando el caballero en pedir el favor! ¡ Donde las dan, las toman!
Las alpargatas
Años 50 y 60 del siglo pasado en el campo. ¿Qué niño llevaba zapatos a diario? Alguno habría, digo yo. Los hijos de los ricos. Los demás, es decir, nosotros, teníamos solamente unos de salir. Los días laborables, ibamos descalzos, o con zapatos viejos, raídos. Para ir al colegio, llevábamos alpargatas. Las había de varios tipos:Con la tela blanca reforzada, en la punta y el talón y piso de esparto. Muy caras. Como las de la foto.
Con la tela blanca reforzada, en la punta y el talón y piso de goma. Precio medio.
Con la tela blanca sin reforzar y piso de goma. Baratas.
Vamos a detenernos en estas últimas que eran las que yo llevaba. Al poco tiempo de estrenarlas, empezaban a estirarse y se salían por la parte del talón. Si se te mojaban por causa de la lluvia o al cruzar una acequia, adiós alpargatas, porque se estiraban de tal manera que no había quien las mantuviera dentro de la pierna. Para evitarlo, hacíamos un nudo en la parte trasera de la tela, junto al talón para que no se salieran, pero el “dichoso”nudo producía dolor al roce con la piel.
Las alpargatas solo nos las poníamos para ir al colegio. Si se armaba un partido de fútbol –con pelotas hechas de tiras de plataneras- lo primero que hacíamos era quitárnoslas y meterlas en el pantalón a la altura del cinto. Cualquiera las dejaba sueltas. Porque como se decía antes, si me las llegan a quitar, mi madre me mata.
La duración de un par de alpargatas está perfectamente definida en esta frase de la época:
30 días sanas, 30 días rotas
30 días esperando por otras.
Para las niñas, las alpargatas eran como las de los niños en cuanto a materiales: de tela, piso de esparto o de goma, pero con una diferencia fundamental. Eran de dos colores: rojo y azul, indistintamente la parte delantera y trasera. No se amarraban delante como las de los niños, sino que tenían unas cintas muy largas en la parte trasera y se ajustaban trenzando en la pantorrilla.
Como verán, los canarios también hemos pasado estrecheces a lo largo de nuestra historia. Cuando nos quejamos de "lo mal que está todo", debemos reflexionar sobre el uso consumista que hacemos de las cosas, y como un ejemplo claro: ¡Qué diferencia entre las alpargatas rotas de antes y las zapatillas deportivas de hoy!. Muchos pueblos -las 2/3 partes del mundo- viven aún en esa situación o peor. Y los canarios lo sabemos bien. ¡Cuántas personas están muriendo por intentar llegar a este mundo de lujo y despilfarro!
la oveja de Margot

Tengo un amigo del campo que es amante de las palabras nuevas. Su nombre, Francisco Bordón (iniciales FB). El hombre está al día, como diría el fino, de los anglicismos, galicismos y otros extranjerismos que se incorporan a nuestra lengua. Cuando una palabra empieza a ponerse de moda, por ejemplo puenting, piercing…etc. rapidamente él lo incorpora a la conversación cotidiana. El problema es que no pronuncia muy bien el inglés y lo traduce de oídas. Hace algún tiempo tuve con él esta corta conversación. Me paró en la carretera y dijo:
-Pancho, quisiera regalarle a mi nieto unas canciones para Reyes. Mi mujer me apuntó el nombre de un grupo de música que le gusta al niño. Usted que va todos los días pá Las Palmas porque no me trae, que yo se lo pago, un compartir de la oveja de margó. Aquí se lo tengo apuntado.
Cogí el papel, lo leí y dije:
-Perdone, ¿como me dijo usted?
Listo como el hambre, al notar que mi respuesta era socarrona, inmediatamente contestó:
-¿Está mal dicho? Seguro. ¿Cómo se dice, eh?
¿No lo entendieron?. Pues va por escrito.
Un compact-disc de la Oreja de Van Gogh. ¿Vale?
El cuadro
A Pancho le han gustado siempre las caminatas, esas que hoy se dicen “pateos”; en el franquismo, se decían marchas. Al término de una de esas caminatas se encontró sin agua para beber. A lo lejos se divisaba una casita de campo antigua, con techo de tejas a dos aguas. Hasta allí se dirigió mi hombre. Al llegar, dos perros “satos”- chicos, ratoneros - empezaron a ladrar sin tino, detrás de la cancela que cerraba la entrada a un patio lleno de flores.
Panchillo los calmaba hablándoles bajito, hasta que apareció una señora mayor, muy bien arreglada. Aprovechemos ahora para ponerle el nombre: Nonita.
-Señora ¿Me da Vd. un poco de agua?
-¡Sí hombre!. El agua no se le niega a nadie y mire ¿de quien es Vd.?
Empezó a darle explicaciones y ella sin abrir la puerta, observando recelosa. Cuando ya ganó su confianza, porque le nombró “ amigos comunes y conocidos varios”, abrió y dijo que pasara, conduciéndole hasta un “tallero” de agua fresca. También se le llama destiladera o la talla del agua.
Pancho calmó la sed y al rato de estar hablando de lo divino y lo humano, Nonita quiso enseñarle la casa. Estaba limpita como el oro. Cuando entraron en el dormitorio había una fotografía enmarcada de dos personas mayores. Pancho preguntó.
-Nonita, ¿Quienes son esos señores? ¿Sus padres?
-Ella sí, él no.
La respuesta le dejó perplejo. Siguió enseñando el dormitorio. La cama de hierro, pintada de negro y oro; una cómoda tallada de seis cajones en madera, preciosa. Pero la cabeza de Pancho seguía dando vueltas con la respuesta del cuadro.
-Perdone, Nonita. Me dijo Vd. que ella era su madre y él ¿Quién es?.
-Mire. Lo que pasó fue esto. Tenía dos fotos chicas, de esas de carnet, una de mi padre y otra de mi madre. Un día que tenía que ir al médico me las llevé pá Las Palmas. Fui a un fotógrafo, allí en la calle de León y Castillo y le encargué que hiciera una foto grande con los dos y le pusiera un marco con su cristal y todo.
Cuando fui a buscarlo, el hombre me lo enseñó. Su marco tan bonito, pero ¡se habia equivocado de foto! ¡Aquel no era mi padre!.
Se lo dije al señor y buscando, buscando, no encontramos la foto por ningún sitio. Seguro que se la puso a otro. Miramos los cuadros ya hechos y mi padre no estaba en ninguno.
Como no podía devolverme mi foto - la única que tenía de mi padre- el hombre me pedía perdón y se empeñó en regalarme el cuadro, diciendo que me lo trajera, que no me lo cobraba.
-Me dije para mí, para mis adentros: ¿Qué vas a hacer, Nona?. Si la foto se perdió, suculum. No me puedo detener más tiempo que se me va el coche de hora. Ni tampoco voy a cortar a mi madre. Así que lo cogí, le dejé al hombre doce duros por sus gastos y arranqué con el cuadro.
Cada vez que voy a mi casa y veo el retrato de mis padres me acuerdo de Nonita y sin querer, miro de reojo la cara de mi padre por si me lo han cambiado.
Esta es una historia que ocurrió realmente. O dicho como antes se decía: Te lo juro por mi madre que es verdad. ..
El martillo hueco

Estaba un día Pancho arreglando una antigua cama de hierro y necesitó un martillo para ajustar las piezas. Se dirigió a uno de esos comercios tan comunes que antes se llamaban Noventa y Nueve porque la mayor parte de sus productos –chinos, sobre todo- se vendían a 99 pesetas. Hoy, con la llegada del euro se pasaron a denominar: Euro Económico, Todo a 1 Euro, Boutique del Regalo, etc.
Compró Pancho su martillo, tal como el de la figura y con sus prisas de siempre corrió a terminar de montar la cama. Armado de su martillo nuevo, dió un golpe suave y seco al larguero de hierro para encajarlo en la cabecera y se le rompió el martillo. Fue a recogerlo para arreglarlo y ¡qué sorpresa!. Como verán en la imagen el martillo está compuesto por dos elementos, el metálico de hierro y el cabo de madera. ¿A que no saben ustedes por donde se rompió el martillo?. Seguro que la respuesta de todos es la misma: Se partió el mango de madera y habrá que rebajarlo con un cuchillo para encajarlo otra vez en el hierro. Pues no. ¡Se rompió por el hierro!. ¿Cómo se puede romper el hierro? Había en el suelo dos trozos – dos mitades- y por dentro era hueco. El mango de madera , ileso. ¿Cómo puede haber un martillo de hierro hueco?.
Pancho se reía de sí mismo. Al día siguiente acudió con su coña y su martillo a la tienda donde lo compró. ¡Vaya ganas de fiestas! ¡El martillo había costado un euro!. Para hacer la reclamación fue acompañado por su amigo Antonio para que le sirviera de testigo. Llegados a la tienda, Pancho mostró a la empleada delante de varios clientes, el martillo roto, enseñando los trozos y pidió que se lo cambiara por otro producto. La empleada dijo que esperara pues tenía que consultarlo con su jefe. Llamó por teléfono y después de mantener con alguien una larga charla –no menos de 3 minutos- contestó que “el jefe dice que no se cambiaba porque son productos de baja calidad y no tienen garantía”. Pancho se dirigió a Antonio que estaba atendiendo la conversación y en voz baja le hizo algún comentario. Acto seguido le indicó a la señorita que quería hablar con el jefe. Ella volvió a coger el teléfono, la persona que había al otro lado del hilo debió echarle su bronca y todo, pero no quiso ponerse. Insistí en hablar con el señor, la chica azorada ya no sabía que hacer. Los clientes disimulaban, interesados en la solución del tema. Para quedar como un gallo, Pancho pidió el libro de reclamaciones. Otra vez el teléfono y otra vez el sufrimiento de la chica. Que si no tenían el libro, que si lo traían ahora. En resumen y para no cansarles, Pancho dejó la herramienta rota, mejor los tres elementos del martillo –mango nuevo y dos mitades del hierro hueco- en una bolsa a la empleada, diciendo que volvían más tarde cuando llegaran los impresos para hacer la reclamación.
Ni Pancho ni Antonio volvieron más. La conversación que tuvieron al salir se puede resumir asi. ¡Pobre muchacha, lo siento por ella, pero el jefe que no quiso devolver se ha gastado más de un euro en llamadas! ¡Y ahora debe estar pensando mucho si volveremos o no, porque estoy seguro que la chica llama otra vez para decirle que dejamos el martillo y volveremos a hacer la reclamación!.
Hoy, varios años después, recordé:
¿Antonio, te acuerdas del martillo hueco? ¡Devolvernos el martillo, es verdad que no nos lo devolvieron pero mire, no me dolió mucho porque a mí me costó un euro el martillo y él le pagó mas de cinco en llamadas a la telefónica!
El pastor de Caideros

El cartel de Tunte
Al preguntar si la conocía, dijo Bartolito: ¿No la vió sentada aquí atrás, en la terraza del bar, con otras mujeres?. Nos acercamos hasta allí y entre las personas sentadas, además de la protagonista, estaba Carla, a la que conozco desde hace años. Recuerdo que era una especie de cónsul de la gente de Tirajana en el Hospital Insular. Buena gente Carla. Siempre dispuesta a ayudar y servir a los demás, con el problema que resulta, pues es sabido que la gente de campo tiene un “conocido” en todos sitios. Le pedimos fotografiar a la señora y enseguida se prepararon. A la izquierda de la mesa se sentó Bartolito que también quería salir en la foto. Foto 2.
Le pregunté a Carla por la señora del cuadro. Dijo que se llamaba María Luisa Guerra Sarmiento, que el cartel es el de la romería y además un homenaje por ser una mujer muy participativa - junto al grupo de mujeres mayores-, en todos las actividades del pueblo. Al saludarla se me quedaron plasmadas en mi memoria dos cosas: pese a la sencillez de la vestimenta lo bien arreglada que estaba, con sus labios pintados, su pañuelo, pañoleta, sombrero de palma y especialmente la cara de satisfacción que puso cuando le pregunté que si era la señora del cartel.
Recordé entonces haberla visto en la Ofrenda a la Virgen del Pino, en Teror. Iniciativas como ésta de la Comisión de Fiestas de Tunte deben ser aplaudidas pues representan un estímulo, reconocimiento y orgullo para estas mujeres que lo van dando todo en la vida y aún les queda tiempo para alegrar a los demás.
Más tarde las vimos, no menos de una docena de mujeres ataviadas con sus sencillos y a la vez hermosos vestidos, participando con alegría en una romería que cada vez destaca más por pregonar las virtudes de la gente tirajanera.
¡Felicidades!.
La barbería
Vamos a recordar la barbería de mi niñez, digo barbería –término casi en desuso- porque hoy somos más finos y decimos peluquería. Cuando mi padre estimaba que tenía el pelo demasiado largo y se me “enrizaba”, decía: 
3 tijeras,
varias navajas
máquinas de pelar de distintos tamaños,
la colonia (Varón Dandy),
el fijador,
la brillantina,
la polvera con sus polvos talcos,
el cepillo y el peine,
el jabón de afeitar,
la brocha,
la piedra pequeña translúcida con forma de lápiz (1) que se usaba para cerrar y desinfectar los cortes que hacía la navaja;
trozos de papel de periódico cortado a tamaño octavilla, que se usaban para limpiar el filo de la navaja, quitando el jabón durante el afeitado,
una piedra de amolar, para afilar las navajas;
y por último, un espejo de mano.

(2) Peinador.- Ese paño grande cubridor que evita la caída del cabello cortado sobre la ropa, así como la introducción del mismo por el cogote, según mi amigo barbero, Benjamín Castro (+, tristemente fallecido), se llama peinador.
(3) Beberse el tino, en el campo, significa: Tu te crees que me olvidé o qué.
Molino de gofio con historia
Estaban regando las flores y observé que debajo de una maceta y con la intención de separarla del piso había una piedra redonda. Al mirarla más detenidamente me pareció una piedra de molino. Levanté la maceta y al intentar cogerla se me deshizo en las manos, partiéndose por la mitad debido a la humedad de tantos años. Un poco más allá y bajo otra maceta, estaba la otra piedra, la superior, ésta en mejor estado. Le pregunté a Bartolito y me contó algunas historias del pequeño molino de mano.
-Mire, Pancho, en esta casa vivíamos mis padres, Bartolo y Josefa, y cinco hermanos, cuatro varones y una hembra. El molino estaba aquí en la entrada y mis hermanos mayores dicen que siempre estuvo en este sitio, que fue de mis abuelos y por tanto tiene, como mínimo 100 años.
Me hizo mucha gracia, cuando prosiguió:
-Cuando venía algún muchacho a “mosiar”a mi hermana Benita, élla que tenía mucha simpatía, les decía: ¿Mira, ya que estás ahí parado porque no te entretienes mientras hablamos y me ayudas a moler un poquito de gofio?. El muchacho queriendo demostrar su fuerza, empezaba a darle vueltas al molino con mucha velocidad y Benita le iba echando grano sin parar. Cuando estaba cansado y se paraba un poco, le decía: Hay que ver que brazo más fuerte tienes y le daba un pequeño apretón en el bíceps para comprobar lo fuerte que estaba. El hombre arrancaba otra vez a moler hinchado de orgullo. ¡Alguno molió mas de tres kilos de gofio en una tarde!, dijo Bartolito.
Me contó también como eran las “descamisadas” (reuniones colectivas de vecinos donde en medio de una habitación grande se ponían las piñas de millo (mazorcas de maíz, les llaman en la península) consistiendo el trabajo en quitarle las hojas que rodean la piña dejando a la vista el precioso color dorado del grano. La broma principal de las descamisadas estaba en tirarse disimuladamente piñas a la cabeza de una persona que estuviera despistada o hablando con otra. Allí se oía la frase: ¡Señores, respeten!
Luego de dejar secar las piñas, se invitaba a la siguiente reunión- fiesta: la desgranada o desgraná. Como su nombre indica consiste en separar el grano del caroso, según el diccionario:
Carozo. Corazón de la mazorca de maíz, pieza que queda tras desgranarla.
Este caroso servía como leña para el fuego aunque no era muy consistente, pero ha habido malas épocas en la economía isleña, especialmente después de la guerra civil. Recuerdo una frase de uso popular que se aplica a una persona que está pasando una mala racha económica, se dice: Está desgranando piñas por los carosos. O sea que hacía el trabajo de desgranar a cambio de que le dejaran la leña. Según me cuentan las desgranadas terminaban con baile de cuerdas o de taifas. Bastantes parejas se conocieron, enamoraron y formaron familia en esas desgranadas y descamisadas.
El millo una vez seco estaba preparado para tostar. En el caso de Bartolito y siendo un molino de mano, se tostaba lo justo para ir consumiendo (dos o tres kilos, cada vez). Lo hacían en una cazuela de barro colocada sobre un par de piedras, donde se hacía el fuego con leña. Un palo, llamado “meneador”, en cuya punta se amarraba un trapo grueso, servía para mover el grano tostándolo de manera uniforme.
Como al principio les expliqué la forma de moler y además tenemos la foto del molino, el proceso completo de hacer el gofio está descrito. Descamisar, desgranar, tostar, moler y…comer.
Bartolito me dijo que me llevara el molino si lo quería, que a usted le gustan esas cosas y que igual tenía arreglo. Se lo agradecí y, al día siguiente como el que lleva un enfermo, envueltos en una manta los dos trozos grandes y varios pequeños en que se quedó convertida la piedra del molino viajó hasta la nave Daniel, el marmolista, hoy tristemente fallecido, persona que me tenía bastante afecto. Aparqué a la puerta de la empresa y le dije: Daniel, mira que cosa más bonita. ¿Me la puedes pegar?. Daniel la miró, fue a buscar una carretilla y con todo mimo se la llevó para adentro. A la semana me llamó y dijo: ¡Esto quedó que da gusto! ¿Quieres que te la pique?. Picar es dejar rugosa la superficie para que parta mejor el grano, porque de tanto moler se queda lisa y el grano resbala y no se parte bien. Fui a recogerla, Daniel no me cobró nada y se veía contento de haberme arreglado la piedra. ¡Era muy buena gente, Dios lo tenga en la gloria!
Más tarde, lo arreglé, de hecho ya hace gofio, le hice su mueble y hoy espera – y el que espera, desespera- junto a otras cosas antiguas, quedar instalado en un lugar que permita su disfrute visual desde mi asiento y que traiga a mi memoria, recuerdos tan lindos como el que dos piedras atesoran.
El polígano
Esta anécdota es real. Ocurrió allá por los años 80. En esa época, la asistencia sanitaria de Pancho y su familia se dispensaba en el Servicio de Consultas Externas del Hospital Insular. Allí se encontraban las familias de todos los funcionarios del Cabildo, la Jiai, etc. De hecho las mujeres e hijos de los funcionarios se conocían de verse en el hospital. Eran tiempos en que todos nuestros niños padecían bronquitis asmática y pies valgos. Por cierto, que por ese motivo todos los niños llevaban botas correctoras porque, al parecer, ninguno nacía con los pies bien. A lo largo del tiempo resultó que era una práctica equivocada y hoy ya no se utiliza de forma tan masiva este tratamiento.En la fila delante de Pancho estaban dos señoras, al parecer amigas. Por la conversación que tenían, nuestro hombre sacó la conclusión de que eran “chacalotas”, nombre que también en masculino -“chacalotes”- se daba en Las Palmas a la gente del barrio marinero de San Cristóbal. Al llegar el turno de ser atendida la primera de ellas, la enfermera le pregunta su domicilio, a lo que contesta:
- En la calle Málaga, aquí en el “polígano”.
El amigo Fidel

Que no estoy preparado y por tanto, no tengo lápiz, papel ni grabadora. Y cuando los tengo, él no tiene la “memoria” a punto y prefiere cantarme la canción mejicana: Con mi caballo retinto.
Aquí van un par de ellos, quizás incompletos, con la promesa que si algún día los consigo completos, se los haré llegar.
Aquí va el primero
Estaba yo trabajando
tranquilo en mi barbería
Para el pan de cada día
Con mil angustias ganar
Un hombre se me acercó
Y en la puerta se paró
Y me dijo con voz clara
Preséntese en Santa Clara
Al primer juez de instrucción
Dígame, amigo Escobar
Que cosa encuentra más fácil
Casarse o ir a la cárcel
O en que va a determinar
Yo de eso que voy a hacer
De eso que voy a opinar
Sáqueme pruebas presentes
Señor juez de esta mujer
A ver si ha podido ser
el daño de un delincuente.
O esta otra del carpintero enamorado de su mujer
Al carpintero Narciso
Se le murió su mujer
Como era de su querer
Una de madera hizo
Fue tanto lo que la quiso
Que la metió en la alacena
Y ella sin culpa ni pena
Al carpintero mató
Por eso dice el refrán
Que la mujer,
Ni de madera es buena.
Tiene otra muy extensa sobre la suegra que voy a poner por tarea conseguir la letra. Finalmente una anécdota real sobre Fidel.
Ustedes saben que en el campo han aparecido últimamente unos nuevos virreyes, no les voy a dar el nombre de su oficio, que molestan a unas personas por coger hierba o reponer una teja y a otras haciendo lo mismo, no solo no le dicen nada, sino que además les rien la gracia. Pues bien, un día estaba Fidel cogiendo hierba (cerrillos, relinchones, malvas, tederas..) para sus cabras en el monte. De repente apareció uno de estos virreyes y sin darle las buenas horas, dijo:
¿Qué está haciendo Vd. ahí? ¡Eso está castigado y lo voy a denunciar!
Fidel, se levantó, le miró fijamente y con la hoz levantada en la mano, se le acercó diciendo:
¿Qué que estoy haciendo? ¡Estaba empezando a cortarle los co… a uno que me quiere dejar las cabras sin comer!
El virrey salió corriendo, se subió en el coche y tiró pá la capital. Ni ha habido denuncia ni ha vuelto a decirle nada.
Lo que sigue ahora es una reflexión fruto de la experiencia de muchos años en el campo. Oiga, tenga cuidado si tiene un cercado, porque un día le nace un cardo borriquero en medio del mismo y está perdido, ¡ya no podrá plantar las papas! porque el cardo es una especie protegida o eso dirá el virrey y se ganó Vd. la lotería.
Esta es una más entre las causas de los incendios en el monte.
La radio y la televisión

No hay ningún error, lo puse con zeta.
Las mejores marcas eran Grundig, Graetz, Philips, La voz de su amo.
Allí junto a la radio, sentados en el suelo, mi madre sintonizaba Radio Catedral, con sus programas religiosos: el rosario, la misa, al padre Peyton, con el lema: La familia que reza unida, permanece unida. ¡Nosotros deseando que terminara para ir a jugar a la calle y ella añadiendo otra avemaría, otro credo, otro padrenuestro que no decía la emisora! ¡Y otra pá las ánimas benditas!.
¡Juanito , no tarde mucho en arreglármela que los niños no pueden estar sin la tele!
Los juegos de los niños

Frente a la casa de Pancho, en Schamann, había un terreno que le servía a él y sus amigos como campo de fútbol. Siempre que íban a jugar un partido, primero se ponían a prepararlo. Echando piedras fuera del rectángulo, el campo quedaba limpito, limpito. Piénsese en un terreno de tierra cernido, y todo lo que queda fuera del rectángulo de juego lleno de piedras pequeñas y alguna grande para sentarse. Lo marcábamos con cal. Las rayas siempre “cambadas”, que al parecer viene de combadas, o sea curvadas o con forma de comba. Las porterías eran tablas de madera finas para los postes, clavadas dos o tres para que alcanzaran la medida en altura. El larguero era un poste largo de flor de pita. Se amarraba con hilos y alambres (se dice: "verguillas") y alguna tacha grande. Para que se mantuviera verticalmente se ponían otras tablas de madera clavadas a cada poste y muchas piedras en la base, para que permaneciera erguida. Las redes eran en verdad los restos de una red de pesca. Sabe Dios de donde vino y quien la trajo. El caso es que cuando íbamos a jugar, nos creíamos los mejores jugadores del mundo y que aquello era el Estadio Insular. El balón “ahuevado”, la mayor parte del tiempo desinflado o a medio inflar porque tenía el neumático picado, –nosotros le llamábamos el gomático-. Lo malo cuando en el juego alguien le daba un chutazo fuerte a la portería y se caía "en peso" al suelo. N
o había problema. Se paraba y se arreglaba como se pudiera y se seguía.
A veces cuando estábamos jugando venían los gandules a echarnos del campo para jugar ellos. ¿Saben lo que hacíamos los chiquillajes? Empezábamos a echar piedras al campo de nuevo y así no podían jugar. Cuando se marchaban, vuelta a empezar. Otra vez limpieza de campo.
Solo me falta describir el calzado de los futbolistas: descalcitos, como Dios nos trajo al mundo. Porque lo primero que hacíamos para jugar era quitarnos y guardar las alpargatas o los zapatos -quien los tenía- para que no se rompieran. Hoy todo son equipajes de marca, campos de césped, tobilleras, canilleras, medias, botas de no sé cuantos euros, etc, etc.
Y les digo una cosa: los futbolistas de hoy serán más fuertes, más completos, etc. etc. Pero de la clase que teníamos los de mi tiempo, yo he visto pocos. Germán –el maestro-, Tonono, Guedes, Correa, Vera Palmés, Susi, Carmelín, Pepe Juan (el de Escaleritas). Su técnica era y es, insuperable. ¿Saben que también Pancho fue futbolista? Jugó en el Barranco Guiniguada en el Luz y Progreso, de San Juan. También en el Sagrado Corazón, en la Piscina de la Isleta. En el Juvenil Las Palmas A y B; y en el Aficionado, Artesano, San Roque y otros…... Era zurdo, habilidoso pero no muy valiente. Dicho de otra manera, no le gustaba ir al choque. Jugaba más por divertirse, echar balones en medio de las piernas y decirle al adversario: Cómprate una sotana. ¡Qué tiempos aquellos! No teníamos medios, pero ¡como nos las apañábamos para no tener desconsuelos!.
He puesto una foto del año de 1980 del equipo de la Jiai, entre ellos está Pancho con su eterna barba.






